sábado, 25 de julio de 2026

Los primeros habitantes de América fueron cazadores de gigantes, según un nuevo estudio científico.




Durante décadas, los arqueólogos debatieron cómo lograron sobrevivir y expandirse los primeros grupos humanos que poblaron América hace más de 13.000 años. ¿Eran cazadores oportunistas que aprovechaban cualquier recurso disponible o especialistas capaces de perseguir y abatir enormes animales de varias toneladas?

Un nuevo estudio internacional aporta una respuesta contundente: la megafauna fue el pilar de su alimentación y una pieza clave en la rápida colonización del continente. La investigación, publicada en la revista *Science Advances*, reunió evidencias arqueológicas procedentes de 50 sitios distribuidos desde Alaska hasta la Patagonia y contó con la participación de investigadores del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) y la Universidad de Alaska.

Los resultados respaldan la hipótesis de que, entre hace 13.500 y 11.700 años, las primeras poblaciones humanas desarrollaron una estrategia de caza altamente especializada sobre los grandes herbívoros que dominaban los paisajes americanos. Esta conclusión también fortalece la idea de que la presión ejercida por los cazadores pudo haber contribuido al colapso y posterior desaparición de buena parte de la megafauna del continente al final del Pleistoceno. Hasta ahora, una de las principales controversias entre los especialistas consistía en determinar si aquellos grupos tenían una dieta generalista, basada en aprovechar cualquier recurso disponible, o si enfocaban gran parte de sus esfuerzos en capturar animales de gran porte.

Para responder a esta pregunta, los investigadores analizaron un amplio conjunto de evidencias arqueológicas utilizando un enfoque diferente al aplicado tradicionalmente. En lugar de limitarse a contabilizar la cantidad de huesos recuperados en los yacimientos, el equipo estimó el aporte energético que representaba cada especie cazada.

El método permitió calcular cuánta biomasa y cuántas calorías podía proporcionar cada animal, ofreciendo una imagen mucho más precisa de la verdadera importancia de cada presa dentro de la dieta humana. El cambio metodológico produjo resultados reveladores. Aunque en los sitios arqueológicos aparecen restos de numerosas especies pequeñas, como armadillos, roedores y otros animales menores, el análisis demostró que los grandes herbívoros aportaban entre el 83 y el 90 por ciento de toda la energía consumida por estas poblaciones. En otras palabras, la megafauna no constituía un recurso ocasional, sino el verdadero sostén de su subsistencia.

Luciano Prates, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, explica que durante muchos años se creyó que la megafauna había tenido un papel secundario en la economía de los primeros habitantes de Sudamérica. Sin embargo, las investigaciones desarrolladas por su equipo muestran un panorama muy diferente. Según el especialista, estos enormes animales fueron el eje central de la alimentación y de la estrategia de supervivencia de aquellas comunidades. El mismo grupo de investigación ya había demostrado anteriormente que existe una estrecha coincidencia temporal entre el comienzo del colapso de la megafauna, hace aproximadamente 12.900 años, y la aparición de las conocidas puntas de proyectil "cola de pescado", armas especialmente diseñadas para la caza de grandes mamíferos.

También habían identificado que perezosos gigantes, mastodontes y caballos figuraban entre las presas con mayor rendimiento energético en Sudamérica. El nuevo estudio amplía ese panorama al incorporar información procedente de todo el continente americano. Los investigadores analizaron sitios arqueológicos que abarcan desde Beringia —el antiguo puente terrestre que unía Asia con América durante las glaciaciones— hasta el extremo sur de la Patagonia, permitiendo comparar las estrategias de subsistencia utilizadas por distintas poblaciones humanas. Los resultados indican que las presas preferidas variaban según la región, aunque siempre correspondían a los animales de mayor tamaño disponibles.

En Beringia predominaba el mamut lanudo, mientras que en América del Norte el principal objetivo era el mamut de Columbia. En Sudamérica, en cambio, sobresalían los perezosos terrestres gigantes y los gonfoterios, como *Notiomastodon* y *Cuvieronius*, parientes lejanos de los actuales elefantes. En un segundo nivel de importancia aparecían caballos y camélidos. Todos estos animales compartían una característica fundamental: proporcionaban enormes cantidades de alimento y energía. Muchos superaban ampliamente los cientos de kilogramos de peso e incluso alcanzaban varias toneladas, convirtiéndose en recursos altamente rentables para grupos humanos con tecnología relativamente simple. Los investigadores sostienen que esta especialización también explica la extraordinaria velocidad con la que los primeros pobladores ocuparon América.

Lejos de desplazarse sin rumbo, estos grupos habrían seguido la distribución de las grandes manadas, avanzando hacia regiones donde las presas eran abundantes y donde podían mantener una estrategia de caza para la cual estaban perfectamente preparados. Esto no significa que despreciaran otros recursos. Peces, pequeños mamíferos, aves o vegetales seguramente formaban parte de su alimentación cotidiana cuando las circunstancias lo requerían. Sin embargo, la evidencia arqueológica indica que los grandes herbívoros constituían el núcleo de su economía y el objetivo principal de sus actividades de caza.

Otro de los hallazgos destacados del estudio fue la notable movilidad de estas poblaciones. El análisis de las materias primas empleadas para fabricar herramientas y de las puntas de proyectil permitió identificar desplazamientos de hasta 600 kilómetros, una distancia sorprendente para grupos humanos que recorrían el continente únicamente a pie. Para los autores, comprender estas estrategias de subsistencia resulta fundamental para reconstruir la historia del poblamiento americano y evaluar el impacto que tuvieron los seres humanos sobre los ecosistemas del final del Pleistoceno.

Al mismo tiempo, el estudio abre nuevos interrogantes, como explicar por qué Sudamérica presentó una mayor diversidad de presas que América del Norte durante ese período. Cada nuevo descubrimiento ayuda a comprender mejor cómo aquellos primeros cazadores lograron adaptarse a un continente desconocido y conquistar, en apenas unos pocos milenios, algunos de los ambientes más diversos del planeta. La evidencia disponible sugiere que esa extraordinaria expansión estuvo íntimamente ligada a la caza de los gigantes que alguna vez dominaron los paisajes de América.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

jueves, 23 de julio de 2026

Hallan fósiles de un Gliptodonte en el Pleistoceno de Neuquén.

 



Un vecino de Mariano Moreno encontró un caparazón fosilizado de gliptodonte de entre 700.000 y 1 millón de años. Se trata de un hallazgo casi completo y sin antecedentes en la región. Será expuesto en un museo de la provincia.

En el Valle de Covunco en el centro de la provincia de Neuquén un hallazgo sorprende al mundo científico y paleontológico. Un vecino halló una estructura ovalada que resultó ser el caparazón casi completo de un gliptodonte de tamaño y espesor excepcionales.

Los gliptodontes eran mamíferos acorazados herbívoros que podían superar la tonelada de peso. Estaban protegidos por una gruesa coraza compuesta por placas óseas y contaban con estructuras en la cabeza y la cola. «Son muy abundantes en la zona de la llanura pampeana, no en Neuquén. En la Patagonia en general, si aparecen, aparecen de otra edad», explicó el geólogo Alberto Garrido, director del Museo de Ciencias Naturales “Prof Dr. Juan Olsacher” de Zapala.

Esto fue lo que más desconcertó a la comunidad, y al propio descubridor. El vecino pensó que era un huevo de dinosaurio y tras una cadena de consultas se constató que se trataba de esta especie prehistórica. «Se descartó enseguida que fuese huevo y dinosaurio por las dimensiones que tenía«, señaló el geólogo.

Sin embargo la confirmación llegó al arribar al lugar. Los investigadores pudieron corroborar la naturaleza del espécimen en el propio campo. «Apenas llegamos lo vi y sí, no había dudas», dijo Garrido.

Los registros habituales de gliptodontes en Patagonia corresponden a ejemplares de mayor antigüedad, más pequeños y con placas más delgadas. La morfología de este ejemplar sorprendió desde el primer momento: «Los que aparecen en Patagonia generalmente son del Mioceno, generalmente entre los 20 y 24 millones de años a 15 millones de años, y suelen ser un poco más pequeños, con su coraza mucho más reducida en espesor», describió.

«Cuando vi el espesor de la coraza de este descubrimiento, me di cuenta que no parecía ser en principio de las características de un hallazgo de lo que estamos acostumbrados a ver acá, que encima son muy fragmentarios, en plaquitas sueltas», afirmó el geologo. «Este sería uno de los primeros que aparecen con estas características aquí en Patagonia. Sería claramente uno de los más completos».

Los geólogos pudieron fijar un límite cronológico debido a la presencia de un estrato de origen volcánico justo por encima del nivel fosilífero. «Por encima había unas rocas volcánicas que están datadas y tienen 700.000 años. Entonces sabemos que este animal debe ser más antiguo que 700.000 años, pero creemos que no se extiende más allá de 1 millón de años. Por eso decimos que tiene entre 700.000 y 1 millón de años», expuso el investigador.

Es decir que hasta hoy, la ciencia creía que los gliptodontes eran animales tan grandes, pesados y rígidos que solo podían moverse por terrenos planos y despejados, como los de la pampa. Encontrar uno en el suelo rocoso de Neuquén podría demostrar que estos gigantes eran mucho más resistentes y adaptables de lo que se pensaba, capaces de habitar zonas donde jamás se esperó encontrarlos.

Por el momento, el fósil permanece en su posición original a la espera de las tareas de extracción. Lo que asoma en la superficie corresponde al contorno exterior del caparazón, que se encuentra volcado. «Lo que asoma es básicamente la coraza, está panza arriba», describió el geólogo. Fuente: Rio Negro.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


sábado, 18 de julio de 2026

Miramar fue sede de una capacitación de campo de la Fundación Azara sobre biodiversidad marina y patrimonio natural.




Durante nueve días, estudiantes e investigadores participaron de actividades de observación de fauna marina, monitoreo con drones, educación ambiental y toma de muestras y procedimientos en colecciones científicas, fortaleciendo la formación y el conocimiento del patrimonio natural de la ciudad.

Entre el 5 y el 13 de julio, la ciudad de Miramar recibió a un grupo de estudiantes voluntarios de las carreras de Medicina, Medicina Veterinaria, Agronomía, Ingeniería Ambiental y Biología de distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la Universidad Maimónides (UMAI), junto a investigadores de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, quienes desarrollaron una intensa agenda de actividades de capacitación, investigación y educación ambiental centradas en la biodiversidad marina y costera.

Las jornadas estuvieron dirigidas por la Dra. Marcela Junín, especialista en Biodiversidad Marina de la Fundación Azara, y tuvieron como principal objetivo capacitar a los participantes en técnicas de observación, identificación, registro y documentación de especies que habitan los ambientes costeros bonaerenses, promoviendo además una mirada interdisciplinaria sobre la conservación de estos ecosistemas.

Durante su permanencia en Miramar, el grupo se alojó en las instalaciones donde próximamente comenzará a funcionar el Centro de Estudios de Ciencia, Educación y Cultura Marina Bonaerense”, un nuevo espacio impulsado por la Fundación de Historia Natural Félix de Azara destinado a la investigación científica, la formación de estudiantes y el desarrollo de actividades de divulgación y educación ambiental.

Como parte de las actividades de campo, se realizó una recorrida por el sector costero y la zona intermareal de Miramar, coordinada localmente por Nadia Parente. Allí, los participantes llevaron adelante tareas de observación y registro de organismos característicos de este ambiente, incorporando herramientas para su identificación y documentación, al tiempo que profundizaron en la importancia ecológica de uno de los sectores con mayor biodiversidad del litoral bonaerense.

La capacitación incluyó además una recorrida interpretativa por el área paleontológica ubicada en las inmediaciones del muelle de Miramar, guiada por Mariano Magnussen Saffer, integrante de la Fundación Azara, Universidad Maimonides y vecino de la ciudad. Durante la actividad se abordó la historia geológica de la región, la formación de los acantilados costeros y la extraordinaria riqueza paleontológica que caracteriza al sudeste bonaerense, reconocido internacionalmente por los numerosos hallazgos de fauna fósil del Cenozoico.

Posteriormente se desarrolló un conversatorio sobre la historia científica de Miramar y los principales descubrimientos paleontológicos realizados desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. También se compartieron experiencias relacionadas con la preparación y conservación de material biológico destinado a colecciones científicas, técnicas empleadas en anatomía comparada, toma de muestras orgánicas y procedimientos de laboratorio, generándose un enriquecedor intercambio entre estudiantes e investigadores de distintas disciplinas.

Como parte del programa de actividades, los estudiantes e investigadores también visitaron el Bosque del Vivero Municipal "Florentino Ameghino", donde fueron recibidos por el guardaparque Argentino Montagni. Durante el recorrido, ofreció una charla sobre la historia del bosque, su proceso de forestación, la diversidad de especies que lo componen y su importancia ecológica para la región. La visita propició, además, un enriquecedor intercambio de conocimientos y experiencias entre los participantes, fortaleciendo el vínculo entre la investigación científica y la gestión de los espacios modificados por el ser humano.

Aprovechando las condiciones meteorológicas favorables, se realizaron además ensayos para la puesta a punto de técnicas de monitoreo de mamíferos marinos mediante el uso de drones, actividad coordinada por Ignacio Núñez, estudiante de Medicina Veterinaria de la Universidad de Buenos Aires. Las pruebas permitieron efectuar vuelos de aproximadamente 500 metros mar adentro, a una altura de entre 30 y 40 metros, obteniéndose resultados muy positivos para futuras tareas de observación y registro de grandes vertebrados marinos.

Como cierre de las actividades, el grupo tuvo la oportunidad de observar y registrar un conjunto de cinco ejemplares de ballena franca austral (Eubalaena australis) que permanecieron durante varias horas a aproximadamente un kilómetro de la costa de Miramar. El avistamiento constituyó una experiencia de enorme valor para la formación de los estudiantes y aportó información relevante para el conocimiento y seguimiento de la biodiversidad marina local.

La visita reafirma el creciente interés de instituciones científicas nacionales por Miramar como escenario para el desarrollo de investigaciones, prácticas de campo y actividades de formación, integrando biodiversidad marina, paleontología, historia de la ciencia, educación ambiental y conservación del patrimonio natural. Este tipo de iniciativas fortalece los vínculos entre la comunidad científica y el territorio, al tiempo que contribuye a poner en valor la riqueza natural y cultural que distingue a la ciudad bonaerense.

Myrmecophaga carolaameghinoi, un oso hormiguero en el Plio – Pleistoceno del sur bonaerense.

 


Se trata de un integrante extinto de la familia Myrmecophagidae, correspondiente al Plio-Pleistoceno bonaerense. Se lo conoce a partir del hallazgo de un metacarpiano procedente de la localidad de Monte Hermoso, de tamaño algo menor al de los ejemplares actuales.

Por analogía con su representante viviente, Myrmecophaga tridactyla, Myrmecophaga caroloameghinoi habría poseído un hocico alargado y convexo, especialmente adaptado para su tipo de alimentación. Presentaba una cola prensil, peluda en la base y desnuda en el extremo, cuatro garras largas y poderosas en las extremidades anteriores y cinco más pequeñas en las posteriores. Un ejemplar adulto pudo haber alcanzado 1,5 metros de longitud total, con una lengua de hasta 50 centímetros.

Su visión habría sido débil, compensada por sentidos más desarrollados, aunque estas inferencias son hipotéticas debido a la escasez de restos. Carecía de dientes y se alimentaba de hormigas y termitas. Sus parientes filogenéticos más cercanos son los armadillos y los perezosos arborícolas.

La presencia de un oso hormiguero en el sur de la provincia de Buenos Aires indica condiciones climáticas muy distintas a las actuales, probablemente templadas a cálidas, con ambientes abiertos similares a los del Chaco paraguayo. Esta especie fue descripta originalmente en 1934 por Lucas Kraglievich bajo el nombre Nunezia caroloameghinoi, siendo posteriormente reasignada al género Myrmecophaga en 1976 por Sue E. Hirschfeld, quien destacó su menor tamaño respecto de la especie viviente.

Más información en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/plioceno.htm