Mariano Magnussen Saffer. Integrante del Laboratorio de
Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (Macn- Conicet) y de la
Fundación de Historia Natral Félix de Azara. marianomagnussen@yahoo.com.ar
Si hoy alguien
preguntara dónde viven los ornitorrincos, casi cualquier persona respondería
sin dudar: en Australia. Allí, junto con los equidnas, sobreviven los únicos
representantes de los monotremas, el grupo de mamíferos más antiguo que aún
existe sobre la Tierra.
Sin embargo,
durante gran parte del siglo XX los paleontólogos ignoraban que la historia
evolutiva de estos animales era mucho más compleja y que uno de sus capítulos
más fascinantes se había escrito miles de kilómetros al otro lado del planeta,
en la Patagonia argentina.
A fines del siglo
XVIII, en 1798, cuando los primeros exploradores británicos enviaron desde Nueva
Gales del Sur, Australia la piel y el
cráneo de un extraño animal a Europa, la comunidad científica quedó
completamente desconcertada. Aquel pequeño mamífero parecía desafiar todas las
leyes de la naturaleza: tenía el pico de un pato, el pelaje de una nutria, la
cola de un castor y patas palmeadas. Para muchos naturalistas de la época,
semejante combinación solo podía ser obra de un bromista que había cosido
partes de distintos animales. Algunos llegaron incluso a examinar
cuidadosamente la piel en busca de costuras ocultas, convencidos de que se
trataba de un engaño.
Con el tiempo se
comprobó que aquel insólito ejemplar era absolutamente real. El ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus) no solo
existía, sino que representaba uno de los mamíferos más extraordinarios
conocidos por la ciencia. Como si su aspecto no fuera suficiente, pronto se
descubrió que ponía huevos, producía leche para alimentar a sus crías, poseía
un sofisticado sistema de electrorrecepción en el pico para detectar presas
bajo el agua y, en el caso de los machos, espolones venenosos en las patas
posteriores. Cada nuevo hallazgo parecía desafiar las ideas establecidas sobre
cómo debía ser un mamífero.
Los monotremas
constituyen un linaje muy particular dentro de los mamíferos. Aunque producen
leche para alimentar a sus crías, ponen huevos, poseen una cloaca —una única
abertura para los sistemas digestivo, urinario y reproductor— y conservan
numerosas características anatómicas consideradas primitivas.
Estas
peculiaridades hicieron que durante mucho tiempo fueran vistos como un
"eslabón" entre reptiles y mamíferos, una interpretación hoy
superada, ya que en realidad representan un linaje muy antiguo que evolucionó
en paralelo con los marsupiales y los mamíferos placentarios desde hace más de
180 millones de años.
Hasta comienzos
de la década de 1990 existía una idea prácticamente aceptada: los monotremas
habían evolucionado exclusivamente en Australia. El registro fósil parecía
respaldar esta hipótesis. Los únicos fósiles conocidos procedían de ese
continente, donde géneros como Steropodon
y Obdurodon demostraban una larga
historia evolutiva que se remontaba al Cretácico Inferior. Todo indicaba que
Australia había sido el único escenario donde este extraño grupo había surgido
y permanecido aislado.
Esa visión
comenzó a cambiar radicalmente en 1992, cuando un equipo encabezado por el
paleontólogo argentino Rosendo Pascual describió un pequeño conjunto de dientes
fósiles provenientes de la Formación Salamanca, en Punta Peligro, provincia del
Chubut. Aquellos diminutos restos, recuperados en sedimentos de aproximadamente
62 millones de años de antigüedad, pertenecían a un animal completamente
inesperado, un monotrema. El hallazgo fue realzado por los investigadores
pertenecían al Departamento Científico de Paleontología de Vertebrados de la
Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata
(Museo de La Plata).
El nuevo fósil
recibió el nombre de Monotrematum
sudamericanum, un hallazgo que provocó una verdadera revolución en la
paleontología mundial. Era la primera evidencia de un ornitorrinco fósil
encontrado fuera de Australia y demostraba que los monotremas habían habitado
también Sudamérica durante el Paleoceno temprano, pocos millones de años
después de la extinción de los dinosaurios.
Aunque el
material recuperado era escaso, principalmente molares aislados, estos dientes
resultaban extraordinariamente informativos. Su morfología coincidía con la de
los antiguos ornitorrincos australianos, pero presentaban dimensiones
considerablemente mayores. Diversos estudios sugieren que Monotrematum pudo haber alcanzado entre 80 centímetros y un metro
de longitud, siendo bastante más robusto que el ornitorrinco actual (Ornithorhynchus anatinus), que rara vez
supera los 50 centímetros.
Como el
ornitorrinco moderno, Monotrematum
sudamericanum probablemente llevaba una vida semiacuática, habitando ríos,
arroyos, lagunas y extensos humedales que caracterizaban la Patagonia de
comienzos del Paleoceno, hace unos 63 millones de años. El clima era mucho más
cálido y húmedo que el actual, y el paisaje estaba cubierto por exuberantes
bosques de coníferas, helechos arborescentes y las primeras plantas con flores.
En estos ambientes convivía con una variada fauna de mamíferos primitivos, como
el gondwanaterio Peligrotherium
tropicalis y el dryolestoideo Reigitherium
bunodontum, además de tortugas, cocodrilos, peces de agua dulce, rayas,
anfibios y numerosas aves primitivas. Estos ricos ecosistemas, que comenzaban a
recuperarse tras la gran extinción del final del Cretácico, ofrecían un hábitat
ideal para este antiguo ornitorrinco, que probablemente recorría las orillas y
los fondos fangosos utilizando su sensible pico para localizar insectos,
crustáceos y otros pequeños invertebrados.
La historia
volvió a sorprender a los investigadores en 2023. En sedimentos todavía más
antiguos, pertenecientes a la Formación Chorrillo de Santa Cruz, un equipo
internacional describió una pequeña mandíbula con un molar excepcionalmente
conservado. El nuevo fósil correspondía a Patagorhynchus
pascuali, un monotrema que había vivido hace aproximadamente 70 millones de
años, cuando los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas terrestres. Fue
descubierto por un grupo de investigadores del Laboratorio de Anatomía
Comparada y Evolución de los Vertebrados, con sede en el Museo Argentino de
Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia de Buenos Aires (Conicet) y de la Fundación
Azara.
Su descubrimiento
tuvo una enorme trascendencia científica porque retrasó varios millones de años
la presencia conocida de los monotremas en Sudamérica. Más importante aún,
demostraba que estos animales convivieron con los últimos dinosaurios no
avianos, mucho antes de la extinción masiva del límite Cretácico-Paleógeno.
El nombre del
género resume perfectamente su origen. "Patago" hace referencia a la
Patagonia, mientras que "rhynchus" deriva del griego y significa
"hocico" o "pico", una clara alusión a los ornitorrincos
modernos. El epíteto específico, pascuali, homenajea justamente a Rosendo
Pascual, pionero en el estudio de los mamíferos fósiles sudamericanos.
Aunque solamente
se conoce un pequeño fragmento mandibular, la anatomía de su molar revela que
se trataba de un monotrema primitivo, posiblemente similar en aspecto general a
un pequeño ornitorrinco, aunque conservando dientes plenamente funcionales durante
toda su vida, una condición que los ornitorrincos actuales pierden en la
adultez al reemplazarlos por placas córneas. Estos descubrimientos reavivaron
una antigua discusión sobre el origen geográfico de los monotremas. Durante
décadas predominó la denominada hipótesis australiana, según la cual el grupo
habría evolucionado exclusivamente en Australia para luego dispersarse hacia la
Antártida y Sudamérica cuando estos continentes aún permanecían unidos dentro
de Gondwana.
Sin embargo, la
presencia de Patagorhynchus en el
Cretácico Superior de Patagonia abrió nuevas posibilidades. Algunos
investigadores consideran que los monotremas pudieron haber tenido una
distribución mucho más amplia en Gondwana y que el registro fósil australiano
representa apenas una parte de esa historia. Otros incluso sugieren que la
Patagonia austral pudo haber desempeñado un papel importante durante las
primeras etapas evolutivas del grupo, aunque por el momento no existen
evidencias suficientes para afirmar que allí se originaron.
En realidad, el
escenario más aceptado actualmente propone una evolución gondwánica. Hace
aproximadamente 100 millones de años, Sudamérica, la Antártida y Australia
todavía mantenían conexiones terrestres que permitían el intercambio de
numerosas especies. Bosques templados se extendían desde la Patagonia hasta la
actual Antártida, ofreciendo corredores biológicos que facilitaron la
dispersión de numerosos grupos de vertebrados, incluidos los monotremas.
La separación
progresiva de estos continentes aisló las distintas poblaciones. Mientras
Australia conservó ambientes adecuados para su supervivencia, en Sudamérica los
monotremas desaparecieron posiblemente durante el Eoceno, afectados por
profundos cambios climáticos, modificaciones ambientales y la creciente
competencia con marsupiales y, posteriormente, con mamíferos placentarios.
Hace unos 70
millones de años, Patagorhynchus pascuali
habitaba los bosques, ríos y humedales de la Patagonia austral, en un mundo
donde los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas. Compartía su ambiente con
enormes titanosaurios, como Nullotitan
glaciaris, y con grandes depredadores, entre ellos el megaraptórido Maip macrothorax, además de pequeños
dinosaurios herbívoros, preptiles voladores, tortugas, cocodrilos, peces de
agua dulce, anfibios y diversos mamíferos primitivos.
Cuando Patagorhynchus y Monotrematum habitaron la Patagonia, el mundo era muy diferente al
actual. Durante el Cretácico tardío y el Paleoceno temprano, Sudamérica aún
mantenía conexiones terrestres con la Antártida, y esta, a su vez, con
Australia. Los tres continentes formaban parte del antiguo supercontinente
Gondwana o conservaban puentes terrestres remanentes de su fragmentación. Estas
conexiones permitieron el intercambio de numerosos animales y plantas, entre
ellos los ancestros de los actuales ornitorrincos.
Lejos de las
estepas áridas que hoy caracterizan gran parte de la Patagonia, hace entre 70 y
62 millones de años la región presentaba un clima templado a cálido, con
abundantes precipitaciones. El paisaje estaba dominado por extensos bosques,
ríos de aguas lentas, lagunas y amplios humedales. Coníferas, araucarias,
helechos arborescentes y las primeras plantas con flores conformaban una
vegetación exuberante que brindaba refugio a una gran diversidad de
vertebrados.
La historia de
los monotremas sudamericanos demuestra cómo unos pocos dientes fósiles pueden
transformar nuestra comprensión de la evolución. Lo que comenzó con pequeños
restos hallados en las costas patagónicas terminó modificando las hipótesis
sobre la biogeografía de Gondwana y sobre el origen de uno de los grupos de
mamíferos más singulares del planeta.
Hoy sabemos qué
hace más de 70 millones de años, mientras enormes dinosaurios recorrían los
bosques australes y poco después cuando estos gigantes desaparecieron, pequeños
parientes de los ornitorrincos nadaban en ríos y lagunas patagónicas. Aquellos
discretos mamíferos, preservados apenas en unos pocos dientes y fragmentos
mandibulares, constituyen uno de los testimonios más sorprendentes de la
extraordinaria historia natural de Argentina y recuerdan que la Patagonia fue
mucho más que la tierra de los dinosaurios: también fue el hogar de algunos de
los mamíferos más enigmáticos que haya producido la evolución.
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