jueves, 8 de octubre de 2026

Leindacia unpasajubo y Dianthusa unlapla, dos nuevos mamíferos fósiles descubiertos después de más de cuatro décadas de estar guardados.

 




El estudio de dos fragmentos mandibulares conservados durante décadas en colecciones científicas permitió reconocer dos especies hasta ahora desconocidas de pequeños ungulados nativos de América del Sur. Los animales vivieron en la Patagonia hace entre aproximadamente 29 y 18 millones de años y pertenecieron a linajes completamente extinguidos.

Durante décadas permanecieron prácticamente en silencio, guardadas entre miles de piezas paleontológicas. Eran dos pequeñas mandíbulas fósiles, incompletas y de apenas unos centímetros de longitud, conservadas en colecciones científicas de Argentina. Sin embargo, un nuevo análisis permitió demostrar que aquellos restos correspondían a dos especies que hasta ahora no habían sido reconocidas por la ciencia.

El trabajo fue realizado por Javier N. Gelfo y Guillermo M. López, investigadores y docentes vinculados a la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), con participación del CONICET. Los resultados fueron publicados en la revista científica Biological Journal of the Linnean Society, bajo el título Untangling the diversity of the South American native ungulates Adianthidae and Indaleciidae.

Las nuevas especies fueron denominadas Leindacia unpasajubo y Dianthusa unlapla. Sus nombres no fueron elegidos al azar: constituyen un homenaje a dos universidades públicas argentinas que conservaron los fósiles durante décadas, la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) y la Universidad Nacional de La Plata.

Uno de los ejemplares había sido hallado en la provincia del Chubut a comienzos de la década de 1980 y permanecía depositado en las colecciones de la UNPSJB. El otro procedía de la provincia de Santa Cruz y se encontraba en las colecciones del Museo de La Plata.

Los materiales habían sido incorporados a las colecciones mucho tiempo antes de que los investigadores volvieran a examinarlos con nuevas preguntas y herramientas. La revisión permitió detectar que los ejemplares estaban vinculados con dos grupos poco conocidos de los llamados ungulados nativos sudamericanos, mamíferos herbívoros que evolucionaron en América del Sur durante el Cenozoico y que no poseen representantes vivientes.

La historia constituye además un ejemplo de la importancia científica de las colecciones paleontológicas. Un fósil no pierde necesariamente su valor por permanecer durante años en un repositorio. Por el contrario, puede adquirir nueva importancia cuando es revisado a la luz de nuevos conocimientos, nuevas comparaciones y nuevas técnicas de investigación.  En este caso, las dos mandíbulas habían permanecido almacenadas durante décadas antes de revelar que representaban especies nuevas.

Aunque pertenecían a grupos relacionados con algunos de los grandes ungulados fósiles sudamericanos, estos animales eran considerablemente pequeños. Los investigadores estiman que tenían un tamaño comparable al de un conejo o un gato pequeño, aunque su anatomía no permite establecer una equivalencia directa con ningún mamífero actual. La comparación con ciervos o caballos sirve únicamente para transmitir que se trataba de animales con características propias de los ungulados, pero no significa que fueran antepasados directos de esos grupos modernos.

Ambos pertenecían al orden Litopterna, uno de los grandes linajes de mamíferos nativos sudamericanos que se desarrollaron durante el Cenozoico.

Los litopternos constituyen una de las historias evolutivas más particulares de América del Sur. Durante millones de años evolucionaron en relativo aislamiento y produjeron una diversidad extraordinaria de formas. Algunos alcanzaron tamaños considerables y desarrollaron cuerpos que recuerdan superficialmente a los de caballos, camélidos o tapires modernos, aunque esas semejanzas son producto de historias evolutivas independientes.

Otros, como los representados por las nuevas especies, fueron animales pequeños y mucho menos conocidos. Los estudios modernos muestran que los ungulados nativos sudamericanos ocuparon una gran variedad de nichos ecológicos y desarrollaron soluciones anatómicas diferentes de las observadas en los grandes ungulados que evolucionaron en otros continentes.

Las dos nuevas especies no vivieron al mismo tiempo. Leindacia unpasajubo habitó la actual provincia del Chubut durante el Oligoceno tardío, aproximadamente entre 29 y 24 millones de años atrás, según la información difundida por CONICET y la publicación científica. Dianthusa unlapla, en cambio, vivió en la actual provincia de Santa Cruz durante el Mioceno temprano, hace aproximadamente 18,8 millones de años.

Entre ambos registros existe, por lo tanto, una diferencia temporal de varios millones de años. Esta separación resulta especialmente interesante porque el estudio plantea la posibilidad de que los adianthidos —grupo al que pertenece Dianthusa— hayan ocupado posteriormente un papel ecológico similar al de los indaleciidos, grupo al que pertenece Leindacia. Los autores señalan esta posibilidad como una hipótesis relacionada con el reemplazo ecológico entre ambos linajes, y no como una relación de parentesco directo entre las dos especies.

La clave para reconocer a estos animales estuvo principalmente en sus dientes.  En los mamíferos fósiles, la dentición posee un enorme valor para la identificación taxonómica. La forma, disposición, número de raíces, altura de las coronas, patrones de las superficies de desgaste y otras características permiten establecer diferencias incluso entre especies estrechamente relacionadas. En el caso de Leindacia unpasajubo, la mandíbula es relativamente robusta y conserva una serie dental prácticamente completa. Sus dientes muestran un grado elevado de molarización, es decir, piezas anteriores que adquirieron características semejantes a las de los molares. También presenta dientes con coronas relativamente altas, descritas como moderadamente hipsodontes.

La información dental también permite realizar inferencias sobre la alimentación. De acuerdo con los investigadores, la morfología observada resulta compatible con animales adaptados al ramoneo, es decir, al consumo de hojas, brotes y ramas, más que al pastoreo de gramíneas. El segundo ejemplar, Dianthusa unlapla, presenta características diferentes. Se trata de un individuo juvenil, y parte de uno de sus molares todavía se encontraba en proceso de erupción. Precisamente por tratarse de una pieza que no había completado su desarrollo, los investigadores recurrieron a la tomografía computada para estudiar su estructura sin necesidad de alterar el fósil.

 

Sus molares presentan una configuración particular, con una morfología descrita como semejante a dos medias lunas, característica que contribuyó a diferenciarlo de otros integrantes conocidos del grupo.

Uno de los aspectos más llamativos del estudio está relacionado con las raíces de los dientes. En Dianthusa unlapla se observó una configuración de cuatro raíces en los dientes inferiores, mientras que en muchos otros mamíferos son más habituales dos. El estudio señala que una condición semejante aparece en los proterotéridos, otro grupo de litopternos cuyos integrantes presentaban, en algunos casos, una apariencia superficial semejante a la de pequeños caballos.

Esta característica constituye una pieza más del complejo rompecabezas utilizado por los paleontólogos para comprender las relaciones evolutivas entre estos grupos de mamíferos sudamericanos.

Las dos pequeñas mandíbulas habían sido recuperadas décadas atrás y preservadas en instituciones científicas. El paso del tiempo no modificó solamente los fósiles: también cambió las preguntas que los investigadores podían hacerles.

Con nuevas comparaciones anatómicas, tomografía computada y una revisión detallada de la dentición, aquellas piezas permitieron ampliar el conocimiento sobre dos familias poco conocidas de ungulados nativos sudamericanos. Y, al mismo tiempo, dejaron una enseñanza que atraviesa toda la paleontología: el descubrimiento científico no siempre consiste en encontrar algo nuevo en el campo. A veces consiste en volver a estudiar, con otros ojos, aquello que durante años permaneció guardado en una colección.

En este caso, dos pequeñas mandíbulas tuvieron que esperar más de cuatro décadas para "hablar". Cuando finalmente lo hicieron, revelaron dos especies que hasta ahora no tenían nombre.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


sábado, 26 de septiembre de 2026

Coloradosphenodon lahni, un nuevo esfenodontes del Triásico Superior de La Rioja.


 

Investigadores argentinos describieron una nueva especie de esfenodonte procedente de la Formación Los Colorados, en la provincia de La Rioja. El hallazgo aporta nuevas evidencias sobre la diversidad y evolución de un grupo de reptiles que tuvo una amplia distribución durante el Mesozoico.

Un nuevo capítulo se suma a la historia evolutiva de los reptiles que habitaron Sudamérica durante el Mesozoico. Un equipo de investigadores vinculado a Paleovertebrados de la Universidad de Buenos Aires (#PaleoverteUBA) desarrolló un estudio sobre una nueva especie de esfenodonte procedente de la Formación Los Colorados, en la provincia de La Rioja.

La especie fue denominada Coloradosphenodon lahni y corresponde a un grupo de reptiles conocido como esfenodontes o rincocéfalos, cuyos representantes tuvieron una presencia mucho más diversa y extendida en el pasado que la que poseen en la actualidad.

Los esfenodontes fueron un grupo de reptiles que alcanzó una importante diversidad durante el Mesozoico, período que se extendió aproximadamente entre 252 y 66 millones de años atrás. Aunque actualmente el grupo cuenta con un único representante viviente, el tuátara (Sphenodon), endémico de Nueva Zelanda, su historia evolutiva fue mucho más extensa.

Durante millones de años, diferentes especies de esfenodontes ocuparon distintos ambientes y se distribuyeron por amplias regiones del planeta. Sus fósiles permiten reconstruir parte de la historia evolutiva de un linaje que se remonta a tiempos muy antiguos y que logró sobrevivir a importantes transformaciones ambientales y ecológicas. En este contexto, el registro fósil sudamericano resulta especialmente importante para comprender la evolución de estos reptiles.

Coloradosphenodon lahni vivió durante el Triásico Superior, hace más de 200 millones de años, cuando los continentes presentaban una configuración muy diferente de la actual. La Formación Los Colorados, ubicada en la provincia de La Rioja, conserva un importante registro fósil de los ecosistemas continentales que existieron en esta región durante aquel período. Los restos encontrados allí permiten conocer la composición de las comunidades de vertebrados que habitaban los ambientes de la antigua Gondwana, el gran continente austral del que posteriormente se originaron, entre otras regiones, Sudamérica, África, Antártida, Australia e India.

El descubrimiento de esta nueva especie suma así una pieza más al complejo rompecabezas de la evolución de los reptiles mesozoicos de Gondwana. La identificación de Coloradosphenodon lahni no representa solamente el reconocimiento de una nueva especie. También proporciona información relevante para estudiar la evolución, diversidad y distribución geográfica de los esfenodontes.

Cada nuevo hallazgo fósil permite ampliar el conocimiento sobre la historia de estos reptiles y ayuda a establecer relaciones entre especies que vivieron en diferentes momentos y regiones del antiguo mundo. El registro sudamericano demuestra, además, que los esfenodontes formaron parte de las comunidades de vertebrados que habitaron este continente mucho antes de que Sudamérica adquiriera su configuración geográfica actual. El estudio de Coloradosphenodon lahni contribuye de esta manera a reconstruir una etapa temprana de la historia evolutiva de un grupo que, aunque hoy se encuentra representado únicamente por el tuátara neozelandés, tuvo en el pasado una historia mucho más extensa y diversa.

El hallazgo vuelve a poner en evidencia la importancia del patrimonio paleontológico argentino y, particularmente, de las formaciones geológicas del noroeste del país, que continúan proporcionando nuevos datos sobre los ecosistemas que existieron durante los primeros capítulos de la historia de los vertebrados terrestres.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


jueves, 24 de septiembre de 2026

Pampaluctor calibar, un nuevo metaterio dientes de sable para el Plio-Pleistoceno bonaerense.


 

Pampaluctor calibar, fue un formidable depredador de unos 100 kilos, vivió en el sudeste bonaerense durante la transición entre el Plioceno y el Pleistoceno.

Las barrancas costeras de Miramar vuelven a aportar una pieza extraordinaria para reconstruir la historia de la fauna prehistórica de América del Sur. Un equipo de paleontólogos acaba de describir formalmente una nueva especie de mamífero depredador: Pampaluctor calibar, un antiguo pariente de los marsupiales actuales que perteneció al grupo de los tilacosmílidos, conocidos por sus enormes dientes de sable. El material fue observado en 2013, y recuperado en 2016, debido a que se encontraba en una zona de difícil acceso. Pero, recientemente, y luego de ser estudiado, se determinó de que se trataba de un nuevo género y especie, lo que dificultado inicialmente su clasificación.

El nuevo animal fue dado a conocer en septiembre de 2026 en la revista científica Alcheringa: An Australasian Journal of Palaeontology, mediante el trabajo titulado “A new sabre-toothed thylacosmilid (Thylacosmilidae, Metatheria) from the Pliocene–Pleistocene of Southern Buenos Aires Province, Argentina”, firmado por sus autores: Eric N. del Campo, Federico L. Agnolín, Nicolás R. Chimento, Daniel Boh, Mariano Magnussen y Francisco De Cianni.

A primera vista, Pampaluctor calibar podría confundirse con un gran felino debido a sus enormes dientes de sable. Sin embargo, no pertenecía al mismo linaje que Smilodon, el famoso felino dientes de sable que habitó Sudamérica durante el Pleistoceno. Smilodon era un mamífero placentario, relacionado evolutivamente con los felinos actuales, mientras que Pampaluctor era un metaterio, perteneciente a un linaje de mamíferos más próximo a los marsupiales actuales. La semejanza entre ambos constituye un notable ejemplo de evolución convergente, es decir, dos grupos de mamíferos evolutivamente distantes desarrollaron, de manera independiente, grandes caninos o colmillos superiores y adaptaciones asociadas a la depredación. Por ello, aunque sus apariencias resultan sorprendentemente similares, Pampaluctor y Smilodon representan dos historias evolutivas diferentes que llegaron a soluciones anatómicas parecidas frente a formas de vida semejantes ambientales semejantes.

Los tilacosmílidos desarrollaron una de las formas más espectaculares de especialización depredadora conocidas entre los mamíferos. Sus característicos caninos superiores alargados, semejantes a cuchillas, les dieron el aspecto de auténticos "dientes de sable".

Dentro de este grupo, Pampaluctor calibar resulta especialmente interesante por su tamaño. Las estimaciones realizadas a partir del material fósil indican una masa corporal cercana a los 100 kilogramos, situándolo entre los grandes depredadores mamíferos conocidos para América del Sur.

En otras palabras, hace varios millones de años, las mismas tierras que hoy conocemos como el sudeste de la provincia de Buenos Aires estuvieron habitadas por un depredador de dimensiones comparables a las de algunos de los grandes carnívoros actuales.

El ejemplar que permitió reconocer esta nueva especie fue encontrado en los afloramientos de la Formación Vorohué (eun estrato geológico), en un acantilado costero situado al norte de Miramar, provincia de Buenos Aires.

El hallazgo es particularmente significativo porque no se trata simplemente de un hueso aislado. El ejemplar tipo está representado por un esqueleto postcraneal parcial, que conserva diferentes elementos anatómicos capaces de aportar información sobre las dimensiones y relaciones evolutivas del animal.

Entre los restos se encuentran las primeras seis vértebras cervicales, parte de la escápula derecha, el extremo distal del húmero derecho, parte del radio derecho, gran parte del fémur izquierdo, parte de la tibia izquierda, dos vértebras caudales y un pequeño fragmento de un hueso distal de la extremidad.

El nombre científico también guarda una historia particular. El género Pampaluctor combina una referencia a la región pampeana, donde fue descubierto el fósil, con la palabra latina luctor, que significa "luchar" o "forcejear". El nombre específico calibar hace referencia a Calibar, un gaucho del siglo XIX conocido por su actividad como rastreador de ladrones en la Argentina. De esta manera, el nombre científico vincula al animal fósil con la geografía pampeana y con un personaje de la tradición histórica argentina.

El estudio también permitió establecer la posición evolutiva de Pampaluctor dentro de los tilacosmílidos. Los análisis filogenéticos realizados por los autores recuperaron a Pampaluctor calibar como el taxón hermano de Thylacosmilus, el célebre "marsupial dientes de sable" que habitó América del Sur durante el Neógeno y que se convirtió en uno de los ejemplos más llamativos de evolución convergente entre mamíferos depredadores.

Esto significa que Pampaluctor y Thylacosmilus comparten un antepasado común más reciente entre sí que con otros tilacosmílidos conocidos. El descubrimiento amplía, por lo tanto, el conocimiento sobre la diversidad y evolución de estos singulares depredadores sudamericanos. A diferencia de su pariente más famoso, el Thylacosmilus, el Pampaluctor poseía extremidades anteriores sumamente poderosas y desarrolladas para el agarre, combinadas con patas traseras más cortas. Esto sugiere que adoptó una estrategia de caza similar a la del felino placentario Smilodon, especializada en someter y forcejear fuertemente a sus presas en el suelo antes de morder.

Hay otro aspecto que hace particularmente importante al nuevo fósil. Por su antigüedad geológica, Pampaluctor calibar es actualmente considerado el tilacosmílido más joven conocido. Sus restos proceden de niveles asignados a la Formación Vorohué, correspondientes al intervalo entre el Plioceno tardío y el Pleistoceno temprano, es decir, unos 2,5 millones de años antes del presente.

Esto coloca a este gran depredador en un momento fundamental de la historia faunística sudamericana: una época de profundos cambios ambientales y de transformación de las comunidades de mamíferos. Durante este período se desarrollaba además el proceso conocido como Gran Intercambio Biótico Americano, mediante el cual numerosos animales provenientes de América del Norte ingresaron a Sudamérica y, en sentido inverso, distintos grupos sudamericanos se desplazaron hacia el norte.

La presencia de un gran tilacosmílido en este contexto resulta especialmente interesante para comprender cómo coexistieron los antiguos depredadores metaterios sudamericanos con los nuevos grupos de mamíferos que comenzaban a incorporarse a las faunas de la región. El descubrimiento de Pampaluctor calibar vuelve a poner en primer plano la extraordinaria importancia de los acantilados y barrancas del litoral bonaerense para el estudio de la evolución de los mamíferos sudamericanos.

La región de Miramar conserva un registro fósil excepcional que documenta una sucesión de faunas que se extiende durante millones de años. En sus sedimentos han quedado preservados restos de grandes herbívoros, pequeños mamíferos, aves, reptiles y numerosos depredadores.

Ahora, a esa larga lista se incorpora un nuevo protagonista: un gigantesco metaterio de dientes de sable que habitó estas tierras mucho antes de que existieran las ciudades, las rutas y las playas turísticas que conocemos actualmente. Su hallazgo demuestra además que el patrimonio paleontológico de Miramar continúa proporcionando información científica de relevancia internacional.

Pampaluctor calibar no es solamente un nuevo género y una nueva especie para la lista de mamíferos fósiles argentinos. Es también una nueva pieza para reconstruir el complejo escenario evolutivo de los grandes depredadores sudamericanos y una evidencia más de la extraordinaria historia natural que permanece registrada en las barrancas del sudeste bonaerense.

Debido a su antigüedad geológica, representa el tilacosmílido y el esparasodonto más joven conocido por la ciencia hasta la fecha. Su supervivencia hasta el Pleistoceno temprano demuestra que estos depredadores nativos llegaron a convivir temporalmente con los carnívoros placentarios que migraron desde Norteamérica durante el Gran Intercambio Biótico Americano.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm