miércoles, 29 de julio de 2026

Nuevas huellas de perezosos gigantes emergen en las playas de Pehuen Co tras la marejada costera.

 






Las intensas marejadas registradas durante los últimos meses volvieron a poner al descubierto un valioso capítulo de la prehistoria bonaerense. En Playa del Barco, dentro de la Reserva Natural Pehuen Co–Monte Hermoso, afloraron nuevas huellas fósiles atribuidas a un perezoso gigante, probablemente un milodóntido que habitó la región hace entre 30.000 y 12.000 años.

El hallazgo fue realizado por Guillermo Morelli, quien dio aviso a la paleontóloga Teresa Manera. Posteriormente, un equipo integrado por investigadores de la Universidad Nacional del Sur y guardaparques efectuó el primer relevamiento para documentar las pisadas, que presentan un notable estado de conservación. Los especialistas estiman que podrían corresponder a una decena de huellas, aunque su número definitivo se conocerá tras completar los estudios.

Este tipo de descubrimientos es posible gracias a la erosión provocada por las tormentas, que remueven la arena y dejan expuestas las antiguas superficies donde quedaron impresas las pisadas de la megafauna del Pleistoceno. Sin embargo, el mismo proceso natural puede volver a cubrirlas en poco tiempo, haciendo que estos registros aparezcan solo de manera temporal.

Pehuen Co es reconocido internacionalmente por albergar uno de los yacimientos de huellas fósiles más importantes del mundo. En sus plataformas rocosas se conservan rastros de perezosos gigantes, gliptodontes, mastodontes, macrauquenias y numerosas aves, ofreciendo una extraordinaria ventana al paisaje pampeano de finales de la última Edad de Hielo.

Los investigadores recordaron que las huellas son extremadamente frágiles y solicitaron a los visitantes no caminar sobre las superficies rocosas donde afloran estos valiosos testimonios del pasado, fundamentales para reconstruir la historia natural de la región.

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lunes, 27 de julio de 2026

Un estudio argentino revela cómo evolucionaron los cetáceos a lo largo de millones de años.

 



Las ballenas, delfines y marsopas son algunos de los mamíferos más especializados del planeta, pero su extraordinaria adaptación al ambiente marino fue el resultado de un largo proceso evolutivo. Un nuevo estudio encabezado por especialistas del CONICET reconstruyó esa historia desde una perspectiva ecológica, revelando cómo estos animales modificaron sus formas de vida y ocuparon distintos nichos a lo largo de más de 50 millones de años.

Para llevar adelante la investigación, el equipo analizó información de más de un centenar de especies fósiles y actuales, evaluando características como el tamaño corporal, el tipo de alimentación, la locomoción, los órganos sensoriales y el hábitat. A partir de estos datos pudieron reconstruir los cambios ecológicos que acompañaron la evolución del grupo.

Los resultados muestran que la historia de los cetáceos estuvo marcada por varias radiaciones evolutivas, es decir, períodos en los que surgieron rápidamente numerosas especies adaptadas a diferentes modos de vida. Estas transformaciones estuvieron impulsadas tanto por cambios ambientales globales como por innovaciones anatómicas que permitieron explotar nuevos recursos en los océanos.

El estudio también permitió distinguir con claridad tres grandes grupos ecológicos: los arqueocetos, las primeras ballenas que aún conservaban rasgos de sus ancestros terrestres; los misticetos, las actuales ballenas con barbas filtradoras; y los odontocetos, el grupo que incluye a delfines, orcas y cachalotes, caracterizados por poseer dientes y sofisticados sistemas de ecolocalización.

Según los investigadores, comprender cómo los cetáceos respondieron a grandes cambios climáticos y ambientales del pasado no solo ayuda a reconstruir su historia evolutiva, sino que también aporta herramientas para entender cómo podrían enfrentar los desafíos que imponen las transformaciones actuales de los ecosistemas marinos.

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Los colmillos del Smilodon eran mucho más resistentes de lo que se creía.




Un reciente estudio sobre fósiles de megafauna hallados en Argentina aporta nuevas pruebas sobre la forma en que el Smilodon populator, el célebre tigre dientes de sable sudamericano, utilizaba sus impresionantes colmillos. La investigación demuestra que estos dientes no solo servían para abatir grandes presas, sino que también eran capaces de perforar huesos de gran dureza sin romperse, desafiando una de las hipótesis más aceptadas sobre la biología de este depredador.

El trabajo fue encabezado por la paleontóloga Yolanda Fernández-Jalvo y analizó restos fósiles procedentes del yacimiento de Salto de Piedra, en la provincia de Buenos Aires. Allí se identificaron perforaciones y surcos en huesos de mamíferos pleistocenos cuyas dimensiones y morfología coinciden con los colmillos de Smilodon. Las marcas incluso atraviesan el hueso cortical, la capa más compacta y resistente del esqueleto, lo que constituye una evidencia directa de la enorme fortaleza mecánica de estos caninos.

Durante décadas se consideró que los largos colmillos del tigre dientes de sable eran estructuras relativamente frágiles, adaptadas para penetrar tejidos blandos y evitar el contacto con el hueso. Sin embargo, los nuevos resultados indican que estos depredadores podían morder con suficiente potencia como para fracturar o perforar huesos, accediendo a la médula ósea y otros tejidos ricos en nutrientes. Este comportamiento amplía considerablemente lo que se conocía sobre su estrategia alimentaria.

El yacimiento de Salto de Piedra conserva una abundante fauna del Pleistoceno, integrada por perezosos gigantes, gliptodontes, mastodontes y otros grandes mamíferos que convivieron con el Smilodon. La excelente preservación de estos restos permitió reconstruir con mayor precisión las interacciones entre el gran felino y sus presas, aportando información clave sobre la ecología de los ecosistemas pampeanos durante la última Edad del Hielo.

Especialistas consultados destacan que este descubrimiento modifica la visión tradicional sobre la funcionalidad de los colmillos del Smilodon. En lugar de representar una limitación, estas estructuras habrían sido herramientas extraordinariamente resistentes, capaces de soportar elevadas cargas durante la alimentación. Además, las nuevas evidencias permitirán reconocer con mayor facilidad las huellas de depredación de este felino en otros conjuntos fósiles, mejorando la interpretación del registro paleontológico.

Para el paleontólogo Federico Agnolín, del Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires (Lacev – Conicet), este tipo de evidencias permite comprender con mayor precisión el comportamiento de uno de los mayores depredadores que habitó Sudamérica durante el Pleistoceno. El investigador sostiene que las nuevas marcas identificadas en los fósiles refuerzan la idea de que Smilodon populator no era un cazador limitado al uso delicado de sus enormes colmillos, sino un felino capaz de ejercer una fuerza considerable sobre las presas y aprovechar al máximo sus recursos alimenticios. A su juicio, estos hallazgos contribuyen a revisar antiguos modelos sobre la función de los dientes de sable y ofrecen una visión más completa de la ecología de este emblemático carnívoro.

En conjunto, el estudio ofrece una perspectiva renovada sobre uno de los mayores depredadores que habitaron Sudamérica y refuerza la idea de que el Smilodon populator fue un cazador altamente especializado, dotado de una anatomía mucho más robusta y eficiente de lo que se suponía hasta ahora.

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sábado, 25 de julio de 2026

Los primeros habitantes de América fueron cazadores de gigantes, según un nuevo estudio científico.




Durante décadas, los arqueólogos debatieron cómo lograron sobrevivir y expandirse los primeros grupos humanos que poblaron América hace más de 13.000 años. ¿Eran cazadores oportunistas que aprovechaban cualquier recurso disponible o especialistas capaces de perseguir y abatir enormes animales de varias toneladas?

Un nuevo estudio internacional aporta una respuesta contundente: la megafauna fue el pilar de su alimentación y una pieza clave en la rápida colonización del continente. La investigación, publicada en la revista *Science Advances*, reunió evidencias arqueológicas procedentes de 50 sitios distribuidos desde Alaska hasta la Patagonia y contó con la participación de investigadores del CONICET, la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) y la Universidad de Alaska.

Los resultados respaldan la hipótesis de que, entre hace 13.500 y 11.700 años, las primeras poblaciones humanas desarrollaron una estrategia de caza altamente especializada sobre los grandes herbívoros que dominaban los paisajes americanos. Esta conclusión también fortalece la idea de que la presión ejercida por los cazadores pudo haber contribuido al colapso y posterior desaparición de buena parte de la megafauna del continente al final del Pleistoceno. Hasta ahora, una de las principales controversias entre los especialistas consistía en determinar si aquellos grupos tenían una dieta generalista, basada en aprovechar cualquier recurso disponible, o si enfocaban gran parte de sus esfuerzos en capturar animales de gran porte.

Para responder a esta pregunta, los investigadores analizaron un amplio conjunto de evidencias arqueológicas utilizando un enfoque diferente al aplicado tradicionalmente. En lugar de limitarse a contabilizar la cantidad de huesos recuperados en los yacimientos, el equipo estimó el aporte energético que representaba cada especie cazada.

El método permitió calcular cuánta biomasa y cuántas calorías podía proporcionar cada animal, ofreciendo una imagen mucho más precisa de la verdadera importancia de cada presa dentro de la dieta humana. El cambio metodológico produjo resultados reveladores. Aunque en los sitios arqueológicos aparecen restos de numerosas especies pequeñas, como armadillos, roedores y otros animales menores, el análisis demostró que los grandes herbívoros aportaban entre el 83 y el 90 por ciento de toda la energía consumida por estas poblaciones. En otras palabras, la megafauna no constituía un recurso ocasional, sino el verdadero sostén de su subsistencia.

Luciano Prates, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, explica que durante muchos años se creyó que la megafauna había tenido un papel secundario en la economía de los primeros habitantes de Sudamérica. Sin embargo, las investigaciones desarrolladas por su equipo muestran un panorama muy diferente. Según el especialista, estos enormes animales fueron el eje central de la alimentación y de la estrategia de supervivencia de aquellas comunidades. El mismo grupo de investigación ya había demostrado anteriormente que existe una estrecha coincidencia temporal entre el comienzo del colapso de la megafauna, hace aproximadamente 12.900 años, y la aparición de las conocidas puntas de proyectil "cola de pescado", armas especialmente diseñadas para la caza de grandes mamíferos.

También habían identificado que perezosos gigantes, mastodontes y caballos figuraban entre las presas con mayor rendimiento energético en Sudamérica. El nuevo estudio amplía ese panorama al incorporar información procedente de todo el continente americano. Los investigadores analizaron sitios arqueológicos que abarcan desde Beringia —el antiguo puente terrestre que unía Asia con América durante las glaciaciones— hasta el extremo sur de la Patagonia, permitiendo comparar las estrategias de subsistencia utilizadas por distintas poblaciones humanas. Los resultados indican que las presas preferidas variaban según la región, aunque siempre correspondían a los animales de mayor tamaño disponibles.

En Beringia predominaba el mamut lanudo, mientras que en América del Norte el principal objetivo era el mamut de Columbia. En Sudamérica, en cambio, sobresalían los perezosos terrestres gigantes y los gonfoterios, como *Notiomastodon* y *Cuvieronius*, parientes lejanos de los actuales elefantes. En un segundo nivel de importancia aparecían caballos y camélidos. Todos estos animales compartían una característica fundamental: proporcionaban enormes cantidades de alimento y energía. Muchos superaban ampliamente los cientos de kilogramos de peso e incluso alcanzaban varias toneladas, convirtiéndose en recursos altamente rentables para grupos humanos con tecnología relativamente simple. Los investigadores sostienen que esta especialización también explica la extraordinaria velocidad con la que los primeros pobladores ocuparon América.

Lejos de desplazarse sin rumbo, estos grupos habrían seguido la distribución de las grandes manadas, avanzando hacia regiones donde las presas eran abundantes y donde podían mantener una estrategia de caza para la cual estaban perfectamente preparados. Esto no significa que despreciaran otros recursos. Peces, pequeños mamíferos, aves o vegetales seguramente formaban parte de su alimentación cotidiana cuando las circunstancias lo requerían. Sin embargo, la evidencia arqueológica indica que los grandes herbívoros constituían el núcleo de su economía y el objetivo principal de sus actividades de caza.

Otro de los hallazgos destacados del estudio fue la notable movilidad de estas poblaciones. El análisis de las materias primas empleadas para fabricar herramientas y de las puntas de proyectil permitió identificar desplazamientos de hasta 600 kilómetros, una distancia sorprendente para grupos humanos que recorrían el continente únicamente a pie. Para los autores, comprender estas estrategias de subsistencia resulta fundamental para reconstruir la historia del poblamiento americano y evaluar el impacto que tuvieron los seres humanos sobre los ecosistemas del final del Pleistoceno.

Al mismo tiempo, el estudio abre nuevos interrogantes, como explicar por qué Sudamérica presentó una mayor diversidad de presas que América del Norte durante ese período. Cada nuevo descubrimiento ayuda a comprender mejor cómo aquellos primeros cazadores lograron adaptarse a un continente desconocido y conquistar, en apenas unos pocos milenios, algunos de los ambientes más diversos del planeta. La evidencia disponible sugiere que esa extraordinaria expansión estuvo íntimamente ligada a la caza de los gigantes que alguna vez dominaron los paisajes de América.

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jueves, 23 de julio de 2026

Hallan fósiles de un Gliptodonte en el Pleistoceno de Neuquén.

 



Un vecino de Mariano Moreno encontró un caparazón fosilizado de gliptodonte de entre 700.000 y 1 millón de años. Se trata de un hallazgo casi completo y sin antecedentes en la región. Será expuesto en un museo de la provincia.

En el Valle de Covunco en el centro de la provincia de Neuquén un hallazgo sorprende al mundo científico y paleontológico. Un vecino halló una estructura ovalada que resultó ser el caparazón casi completo de un gliptodonte de tamaño y espesor excepcionales.

Los gliptodontes eran mamíferos acorazados herbívoros que podían superar la tonelada de peso. Estaban protegidos por una gruesa coraza compuesta por placas óseas y contaban con estructuras en la cabeza y la cola. «Son muy abundantes en la zona de la llanura pampeana, no en Neuquén. En la Patagonia en general, si aparecen, aparecen de otra edad», explicó el geólogo Alberto Garrido, director del Museo de Ciencias Naturales “Prof Dr. Juan Olsacher” de Zapala.

Esto fue lo que más desconcertó a la comunidad, y al propio descubridor. El vecino pensó que era un huevo de dinosaurio y tras una cadena de consultas se constató que se trataba de esta especie prehistórica. «Se descartó enseguida que fuese huevo y dinosaurio por las dimensiones que tenía«, señaló el geólogo.

Sin embargo la confirmación llegó al arribar al lugar. Los investigadores pudieron corroborar la naturaleza del espécimen en el propio campo. «Apenas llegamos lo vi y sí, no había dudas», dijo Garrido.

Los registros habituales de gliptodontes en Patagonia corresponden a ejemplares de mayor antigüedad, más pequeños y con placas más delgadas. La morfología de este ejemplar sorprendió desde el primer momento: «Los que aparecen en Patagonia generalmente son del Mioceno, generalmente entre los 20 y 24 millones de años a 15 millones de años, y suelen ser un poco más pequeños, con su coraza mucho más reducida en espesor», describió.

«Cuando vi el espesor de la coraza de este descubrimiento, me di cuenta que no parecía ser en principio de las características de un hallazgo de lo que estamos acostumbrados a ver acá, que encima son muy fragmentarios, en plaquitas sueltas», afirmó el geologo. «Este sería uno de los primeros que aparecen con estas características aquí en Patagonia. Sería claramente uno de los más completos».

Los geólogos pudieron fijar un límite cronológico debido a la presencia de un estrato de origen volcánico justo por encima del nivel fosilífero. «Por encima había unas rocas volcánicas que están datadas y tienen 700.000 años. Entonces sabemos que este animal debe ser más antiguo que 700.000 años, pero creemos que no se extiende más allá de 1 millón de años. Por eso decimos que tiene entre 700.000 y 1 millón de años», expuso el investigador.

Es decir que hasta hoy, la ciencia creía que los gliptodontes eran animales tan grandes, pesados y rígidos que solo podían moverse por terrenos planos y despejados, como los de la pampa. Encontrar uno en el suelo rocoso de Neuquén podría demostrar que estos gigantes eran mucho más resistentes y adaptables de lo que se pensaba, capaces de habitar zonas donde jamás se esperó encontrarlos.

Por el momento, el fósil permanece en su posición original a la espera de las tareas de extracción. Lo que asoma en la superficie corresponde al contorno exterior del caparazón, que se encuentra volcado. «Lo que asoma es básicamente la coraza, está panza arriba», describió el geólogo. Fuente: Rio Negro.

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