viernes, 4 de septiembre de 2026

Gasparinisaura cincosaltensis, un pequeño dinosaurio de ojos enormes revela cómo sobrevivía en la Patagonia hace 83 millones de años.



El estudio de un cráneo excepcionalmente preservado de Gasparinisaura cincosaltensis permitió conocer nuevos aspectos de la anatomía, evolución y posible adaptación de este pequeño dinosaurio herbívoro que habitó Río Negro durante el Cretácico.

Hace aproximadamente 83 millones de años, durante el Cretácico Superior, un pequeño dinosaurio herbívoro recorría los ambientes que hoy forman parte de la provincia de Río Negro. No alcanzaba grandes dimensiones: Gasparinisaura cincosaltensis medía alrededor de 80 centímetros de longitud. Sin embargo, detrás de su reducido tamaño se escondía una característica anatómica particularmente llamativa: unas enormes órbitas oculares.

Un nuevo estudio realizado por investigadores del CONICET junto con especialistas internacionales permitió revisar en detalle el cráneo de esta especie y aportar información novedosa sobre su anatomía y sus relaciones evolutivas. El trabajo fue publicado en la revista científica Cretaceous Research y estuvo encabezado por el paleontólogo Paul-Émile Dieudonné, junto con Ariana Paulina-Carabajal y Penélope Cruzado-Caballero.

Los restos estudiados pertenecen al holotipo de Gasparinisaura cincosaltensis, identificado como MUCPv 208. El ejemplar conserva un cráneo casi completo, acompañado por parte del esqueleto poscraneal. De acuerdo con los investigadores, se trata del único material craneano casi completo conocido hasta el momento para un ornitópodo no hadrosauriforme del hemisferio sur.

El estado de conservación del cráneo permitió aplicar técnicas de estudio que no requieren destruir el fósil. Mediante microtomografía computarizada se obtuvo un modelo tridimensional del cráneo, lo que permitió analizar tanto sus estructuras internas como las deformaciones que sufrió durante el proceso de fosilización.

El análisis resultó particularmente importante porque la posición evolutiva de Gasparinisaura había sido discutida desde su descripción. Los nuevos datos anatómicos permitieron confirmar su pertenencia al linaje de los elasmarianos, dentro de los Dryosauridae, y establecer nuevas relaciones con otros pequeños ornitópodos de Gondwana.

Uno de los aspectos más interesantes del estudio está relacionado con las grandes órbitas de Gasparinisaura. Los investigadores determinaron que este rasgo no era consecuencia de que el ejemplar estudiado fuese una cría o un individuo juvenil. Por el contrario, las características del cráneo indican que el gran tamaño de las órbitas constituía una condición propia de los adultos.

El tamaño de los globos oculares habría tenido consecuencias sobre la propia arquitectura del cráneo. Según la interpretación propuesta por los investigadores, durante el desarrollo del animal las grandes estructuras oculares habrían influido en la disposición de los huesos de la caja craneana, desplazándolos hacia atrás. Al mismo tiempo, algunos elementos del hocico se habrían elevado para generar espacio para las grandes órbitas.

Esta particular anatomía resulta especialmente interesante cuando se la relaciona con otros dinosaurios cercanamente emparentados.

Investigaciones anteriores sobre Leaellynasaura amicagraphica, un pequeño ornitópodo conocido de Australia, habían señalado un importante desarrollo de las estructuras cerebrales relacionadas con la visión. En este contexto, los nuevos resultados sobre Gasparinisaura refuerzan la posibilidad de que algunos integrantes de este linaje estuvieran especialmente adaptados a ambientes donde la disponibilidad de luz podía ser limitada.

Gasparinisaura habitó la Patagonia durante el Cretácico Superior, en un momento en que las masas continentales de Gondwana todavía presentaban condiciones ambientales muy diferentes de las actuales.

Los fósiles proceden de la Formación Anacleto, en las proximidades de Cinco Saltos, en la provincia de Río Negro. Esta formación corresponde al Campaniano temprano a medio y conserva una importante diversidad de vertebrados del Cretácico.

La presencia de pequeños ornitópodos en estas regiones resulta especialmente significativa porque permite conocer cómo los dinosaurios herbívoros de pequeño tamaño se diversificaron en Gondwana.

El nuevo análisis propone además la existencia de un nuevo clado dentro de los dinosaurios gondwánicos, denominado Dysalotosaurinae, que incluye a Gasparinisaura y establece relaciones con formas conocidas de otras regiones del antiguo Gondwana. Entre ellas se encuentran Dysalotosaurus lettowvorbecki, procedente del Jurásico Superior de Tanzania, y Leaellynasaura amicagraphica, del Cretácico de Australia.

Esta relación resulta particularmente interesante porque permite observar que determinados grupos de pequeños dinosaurios herbívoros tuvieron una distribución mucho más amplia de lo que podría sugerir el registro fósil de cada continente por separado.

Gasparinisaura cincosaltensis no es una especie recientemente descubierta. Fue descrita científicamente en 1996 por Rodolfo Coria y Leonardo Salgado a partir de materiales procedentes de Cinco Saltos. El CONICET la reconoce como un pequeño dinosaurio ornitisquio de alimentación herbívora, de aproximadamente un metro de longitud.

Lo novedoso del trabajo actual es la posibilidad de volver sobre uno de sus fósiles más importantes utilizando herramientas modernas y nuevas interpretaciones anatómicas.

La paleontología no consiste únicamente en descubrir especies nuevas. También implica revisar fósiles que llevan décadas depositados en colecciones científicas y estudiarlos con técnicas que, al momento de su descubrimiento, todavía no existían o no estaban disponibles.

En este caso, un cráneo descubierto hace décadas volvió a convertirse en una pieza fundamental para comprender la evolución de un grupo de dinosaurios que habitó Patagonia durante el Cretácico.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

jueves, 3 de septiembre de 2026

Origen de la Vida: En búsqueda de nuestro propio origen.

 

No siempre existió la vida sobre la Tierra. El tremendo calor de los primeros tiempos destruía todo posible germen vital. Cuando se formó la corteza terrestre y la temperatura descendió por debajo de los 1 000° C las nubes de vapor de agua pudieron descargarse y comenzó la circulación del agua sobre la Tierra; fue entonces cuando se hizo posible la vida.

Lo comprueban los fósiles hallados, es decir, los restos de animales y vegetales petrificados, o los rastros o improntas dejados por esos organismos en diversos terrenos geológicos antiguos.

Dado que a lo largo de los siglos la flora y la fauna cambian de carácter, se han podido establecer fósiles de la misma especie y edad para señalar la sucesión de las capas geológicas. Este hecho sirve a la Paleontología para estudiar la historia de los organismos vivos, que se remonta hasta las primeras edades geológicas en las que comenzara a circular el agua.

Desconocemos el aspecto de los primeros seres. Tres quintas partes de los terrenos están cubiertas de agua y es imposible buscar fósiles que permanecen aún ocultos en el fondo de los mares.
Las primeras huellas parecen haber sido borradas por la transformación de las capas más antiguas en granito y en gneiss. Un hecho es cierto: la vida sobre la Tierra, con los primeros seres que la poblaron, solamente pudo aparecer después de¡ comienzo de la circulación de las aguas.

¿Es posible creer en la existencia de gérmenes de vida en el espacio bajo la forma de cosmozoos o biogenes que desde allí hayan llegado a la Tierra?

La muy baja temperatura en el espacio 2730° C lo imposibilita, aunque recientemente un grupo de científicos señalaron el origen de la vida del planeta tierra a través de restos fósiles hallados en un meteorito que probablemente es del planeta Martes. Los últimos ensayos para conservar alimentos orgánicos a temperaturas similares a la señalada, probaron que la sustancia coloidal es definitivamente destruida sin reconstrucción posible. El mismo calor provocado por la velocidad de cada meteoro en movimiento, hubiera quemado los gérmenes vitales del espacio. La ausencia completa de humedad y de oxígeno, imprescindibles para la vida en el espacio cósmico, indica la imposibilidad de existencia de los soñados cosmozoos.

Por lo antedicho, la célula primera no pudo proceder por evolución estrictamente material; pero, ¿el cuerpo humano pudo haber evolucionado directamente de un cuerpo formalmente animal? El dato principal nos lo proporciona la unidad de función y de estructura, tanto en la escala micro como macroscópica vegetal y animal; esta unidad de estructura sólo se explica por un origen común. Los seres que a simple vista parecen muy diferentes están conformados según planes y a expensas de compuestos iguales.

Allí, donde los caracteres morfológicos visibles son poco notables, basta con recurrir a la Embriología (ciencia que estudia el desarrollo del ser vivo desde, el huevo hasta la formación del nuevo individuo).

La Embriología muestra los innegables lazos de parentesco que un desarrollo demasiado especializado o que una metamorfosis hacen desaparecer en el ser adulto; no sólo descubre una unidad de desarrollo, sino también de organización. Desde el punto de vista funcional cada fenómeno vital (digestión, movimiento, excreción, etc.) parece ser la suma de una serie de fenómenos físicos y químicos idénticos a los que podemos provocar en el laboratorio; sin embargo no es así: estos fenómenos se desarrollan con una complejidad y coordinación tan avanzada que no sería científico declarar que la vida es el producto solamente de la suma de fenómenos físicos y químicos. La Paleontología tiene un argumento más espectacular. El estudio de los fósiles prueba cómo la fauna se sucede en el transcurso del tiempo, respetando en su organización el ir de lo simple a lo complejo.

Ver más en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/origen.htm


sábado, 29 de agosto de 2026

Hallan unos 90 esqueletos de reptiles marinos en la Patagonia chilena con participación de investigadores argentinos.



En el hallazgo participaron Investigadores de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides documentaron los fósiles del Glaciar Tyndall.

El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo austral de Chile, dejó expuesto uno de los conjuntos de ictiosaurios más extraordinarios conocidos para el Cretácico temprano. Más de 90 esqueletos permiten reconstruir aspectos de la vida, alimentación y reproducción de estos reptiles marinos. Entre ellos apareció Fiona, una hembra embarazada con un feto en su interior.

El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo sur de Chile, dejó al descubierto más de 90 esqueletos de ictiosaurios, reptiles que dominaron los océanos durante la era de los dinosaurios, hace 131 millones de años. «Permiten reconstruir con un nivel de detalle inédito para el hemisferio sur cómo vivían, cazaban, se reproducían y morían los ictiosaurios», afirmó Jonatan Kaluza, técnico en paleontología de la Fundación Azara, la Universidad Maimónides y el Conicet.

El equipo que estudió los fósiles reúne a especialistas de la Argentina, Chile, Alemania y el Reino Unido. Kaluza fue el primer autor de la investigación, que publicó la revista «Desde la Patagonia, Difundiendo Saberes», volumen 23. Las campañas identificaron desde individuos recién nacidos hasta adultos y convirtieron al Tyndall en un sitio clave del Cretácico Temprano.

Hace 131 millones de años, mucho antes de que existieran los Andes tal como hoy los conocemos y cuando los dinosaurios dominaban los continentes, una parte de la actual Patagonia austral estaba cubierta por un mar. En aquellas aguas nadaban los ictiosaurios, reptiles marinos extraordinariamente adaptados a la vida en el océano. Tenían cuerpos hidrodinámicos, grandes ojos, aletas y una anatomía que, a primera vista, recuerda a la de los actuales delfines.

Pero aquellos animales no eran mamíferos ni tenían relación directa con ellos. Su semejanza es uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: organismos pertenecientes a linajes diferentes desarrollaron formas corporales similares al enfrentarse a condiciones ambientales semejantes.

Hoy, 131 millones de años después, el retroceso del glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, está dejando nuevamente al descubierto aquel antiguo océano.

En las proximidades del glaciar Tyndall se han localizado más de 90 esqueletos de ictiosaurios, muchos de ellos articulados y excepcionalmente preservados. El conjunto reúne ejemplares de diferentes edades, desde individuos juveniles hasta adultos. El descubrimiento comenzó mucho antes de que el lugar alcanzara notoriedad internacional.

En 1997, los guías Andre Labarca y Natalie Tabenski encontraron fragmentos fósiles en el área del Parque Nacional Torres del Paine. Algunos años más tarde, expediciones científicas confirmaron que la zona escondía un importante registro de reptiles marinos. Desde entonces, distintas campañas paleontológicas fueron ampliando progresivamente el número de ejemplares conocidos. Entre 2004 y 2006 se registraron 24 esqueletos y las expediciones posteriores elevaron considerablemente esa cifra, hasta superar actualmente los 90 individuos.

La mayoría de los restos se encuentran asociados y, en numerosos casos, conservan buena parte de la articulación original del esqueleto. Esto proporciona una oportunidad excepcional para estudiar no solamente qué especies habitaban aquel antiguo mar, sino también aspectos de su anatomía, crecimiento, alimentación y reproducción.

Después de morir, los cuerpos de los ictiosaurios quedaron depositados sobre el fondo. Corrientes cargadas de sedimentos pudieron cubrirlos rápidamente con barro y arena, mientras que las condiciones de escasez de oxígeno limitaron la actividad de organismos carroñeros.

En paleontología, encontrar un hueso aislado puede ser importante. Encontrar un esqueleto completo es mucho más excepcional. Pero encontrar numerosos individuos completos y articulados, pertenecientes además a diferentes etapas de crecimiento, puede transformar completamente la interpretación de un ecosistema desaparecido. El yacimiento del Tyndall permite precisamente eso: pasar de estudiar animales individuales a intentar reconstruir una comunidad marina completa.

Los estudios realizados sobre Fiona permitieron asignarla a la especie Myobradypterygius hauthali.

 

Esto tiene particular importancia para la paleontología argentina. La especie había sido reconocida originalmente a partir de restos fragmentarios procedentes de Argentina y descrita por el paleontólogo alemán Friedrich von Huene en la década de 1920. Durante décadas, la interpretación de estos restos fue revisada y discutida por diferentes investigadores.

Los trabajos más recientes permitieron recuperar la validez del género Myobradypterygius y establecer nuevas comparaciones entre los materiales argentinos y los ejemplares procedentes de la Patagonia chilena. Fiona proporciona, por lo tanto, una pieza fundamental para comprender un animal que hasta hace pocos años era conocido principalmente por restos incompletos.

Es un excelente ejemplo de cómo un nuevo descubrimiento puede modificar la interpretación de fósiles que fueron encontrados casi un siglo atrás.

Los ictiosaurios fueron algunos de los reptiles marinos más especializados del Mesozoico. Su cuerpo hidrodinámico les permitía desplazarse eficientemente por el agua. Poseían grandes ojos, adaptaciones para la natación y extremidades transformadas en aletas. Algunas especies alcanzaron tamaños considerables y ocuparon diferentes posiciones dentro de las cadenas alimentarias marinas.

El estudio de los fósiles de Tyndall también aporta información sobre las condiciones ambientales del antiguo océano. La presencia de peces y cefalópodos permite conocer parte de los recursos alimenticios disponibles. Algunos ejemplares muestran además evidencias relacionadas con lesiones o patologías, aportando información sobre la vida cotidiana de estos animales.

Ver más en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm