Hace aproximadamente 185 millones de años, durante el período Jurásico, el territorio que hoy corresponde al centro de la provincia de Neuquén era muy diferente al paisaje árido que conocemos. En aquel entonces no existían ni Argentina ni Sudamérica con su configuración actual, la Cordillera de los Andes aún no se había elevado y esta porción del continente se encontraba ubicada mucho más cerca del Ecuador. Un cálido golfo de aguas subtropicales, conectado con el océano Pacífico y rodeado de arrecifes, albergaba una extraordinaria diversidad de organismos marinos.
Las condiciones climáticas eran notablemente más cálidas que las actuales y favorecían el desarrollo de ecosistemas muy ricos, cuyos vestigios permanecen preservados en las rocas jurásicas de la región. Gracias a estos fósiles, que en muchos casos afloran directamente sobre la superficie, los paleontólogos continúan reconstruyendo la historia de aquellos antiguos mares. A este conjunto de organismos se suma Opisoma romeroi, una nueva especie de bivalvo extinto descripta por investigadores del CONICET y de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, cuyos resultados fueron publicados en la revista Journal of Paleontology.
El ejemplar presenta características que lo convierten en una especie excepcional dentro de su género. Una de las más llamativas es el lugar donde fue hallado: hasta el momento, los registros más australes de organismos similares provenían de yacimientos ubicados en Chile, aproximadamente a la latitud de la provincia de Catamarca, varios cientos de kilómetros más al norte. Sin embargo, el rasgo más sorprendente es su enorme tamaño. Mientras que la mayoría de las especies conocidas del género apenas alcanzan entre dos y tres centímetros de longitud, Opisoma romeroi mide alrededor de 18 centímetros, una dimensión extraordinaria para este grupo.
Los bivalvos constituyen un grupo de moluscos marinos invertebrados que incluye a las actuales almejas, mejillones y ostras. Se caracterizan por poseer un cuerpo blando protegido por dos valvas calcáreas unidas mediante una bisagra natural, que se abren y cierran gracias a la acción de músculos y ligamentos elásticos.
La nueva especie posee una morfología muy particular. Su conchilla recuerda la forma de un corazón y presenta un notable espesor debido a la acumulación de carbonato de calcio en uno de sus lados, una adaptación que sugiere que el animal vivía parcialmente enterrado en el fondo marino. Además, determinadas estructuras sobresalientes de la valva, comparadas con especies actuales de características semejantes, indican que probablemente mantenía una relación simbiótica con organismos fotosintéticos.
Los investigadores interpretan que este antiguo molusco habría alojado microalgas en los tejidos de su manto. Las valvas, relativamente aplanadas, permitían exponer estas algas a la luz solar para que realizaran fotosíntesis, generando nutrientes que también beneficiaban al hospedador. De esta manera, Opisoma romeroi habría desarrollado una estrategia de fotosimbiosis semejante a la observada en algunos bivalvos modernos que habitan mares tropicales de aguas poco profundas y tranquilas. Esta evidencia aporta nueva información sobre las condiciones ambientales que caracterizaban al centro de Neuquén durante el Jurásico, confirmando la presencia de un clima cálido y subtropical.
El fósil fue descubierto en el sitio conocido como Cerro Granito por Francisco Romero, primer director del Museo Carmen Funes de Plaza Huincul, razón por la cual la especie lleva su apellido. Sin embargo, el material permaneció durante más de cuatro décadas resguardado en dos colecciones científicas: una parte en el Museo Provincial de Ciencias Naturales "Prof. Dr. Juan A. Olsacher" de Zapala y la otra en un repositorio institucional de la Universidad de Buenos Aires.
Aunque el reconocido paleontólogo Horacio Camacho había manifestado interés en estudiar estos ejemplares, el trabajo nunca llegó a concretarse y las piezas permanecieron sin analizar hasta la investigación actual. Para su estudio no solo se aplicaron los métodos paleontológicos tradicionales, sino también técnicas de tomografía computada de alta resolución, que permitieron examinar el interior de las valvas sin dañarlas y buscar estructuras relacionadas con posibles asociaciones fotosimbióticas.
Los análisis descartaron la presencia de perforaciones o ventanas en la conchilla, como las que poseen algunas almejas actuales del género Corculum, utilizadas para facilitar el ingreso de la luz hacia las algas simbiontes. Esta ausencia llevó a los investigadores a proponer que Opisoma romeroi habría desarrollado una estrategia diferente para optimizar la captación de radiación solar, comparable a la observada en las gigantescas almejas del género Tridacna, habitantes de los arrecifes del océano Indo-Pacífico.
Estas almejas modernas permanecen fijas al sustrato y albergan millones de microalgas en los tejidos del manto, el cual despliegan ampliamente durante el día para maximizar la exposición a la luz. Aunque no se trata de organismos estrechamente emparentados, ambos grupos comparten adaptaciones similares vinculadas al gran tamaño corporal, la vida en ambientes marinos cálidos y poco profundos y el aprovechamiento de asociaciones fotosintéticas.
El descubrimiento de Opisoma romeroi no solo amplía el conocimiento sobre la biodiversidad marina del Jurásico argentino, sino que también modifica la distribución conocida del género, demostrando que estos bivalvos alcanzaron latitudes considerablemente más australes de lo que se suponía. Este hallazgo abre nuevas perspectivas para comprender la evolución de la fauna marina jurásica y plantea la posibilidad de que otros integrantes del grupo de los grandes bivalvos conocidos como Lithiotis también hayan habitado regiones más australes antes de desaparecer durante la primera parte del Jurásico. Fuente: Conicet.
Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm







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