sábado, 30 de mayo de 2026

Kank australis, un nuevo dinosaurio depredador del cretácico de Santa Cruz.

 



Su descubrimiento amplía el registro fósil de los dinosaurios unenlaginos en el hemisferio sur, tendiendo un puente geográfico entre los ejemplares hallados en la Patagonia y otras partes del mundo.

Un hallazgo paleontológico de gran relevancia internacional tuvo lugar en la provincia de Santa Cruz, donde un equipo de investigadores de Argentina y Japón identificó una nueva especie de dinosaurio raptor en las cercanías de El Calafate. La especie fue denominada Kank australis, y su descubrimiento amplía el registro fósil de los dinosaurios unenlágidos en el hemisferio sur, tendiendo un puente geográfico entre los ejemplares hallados en la Patagonia y otras partes del mundo.

La investigación fue publicada en la revista Journal of Vertebrate Paleontology y estuvo liderada por el paleontólogo Matías Motta, junto a un equipo integrado por Federico Agnolín, Alexis Aranciaga Rolando, Sebastián Rozadilla, Federico Brissón Egli, Gerardo Álvarez Herrera, Gastón Lo Coco, Takanobu Tsuihiji, Makoto Manabe, Diego Pol y el paleontólogo Nicolás Chimento, quien trabaja también con el Museo Padre Molina, además del resto de los integrantes que trabajan en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (MACN-CONICET), la Fundación de Historia Natural “Félix de Azara” y el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Japón.

El hallazgo se produjo en la Estancia La Anita, donde en 2019 se había recuperado un fragmento de garra que sugería la presencia de un raptor. En expediciones posteriores, particularmente en 2024, se encontraron vértebras cervicales y dientes que permitieron confirmar la identidad de una nueva especie. Los fósiles fueron analizados mediante tomografía computada y microscopía electrónica, técnicas que revelaron rasgos anatómicos únicos.

“Kank” proviene de la mitología del pueblo originario aonikenk o tehuelche, y hace referencia al “Gran Ñandú” creador de la constelación Choiols, conocida como la Cruz del Sur. “Australis” significa “del sur”, en alusión a la latitud extrema donde fueron hallados los restos. El animal habría tenido un tamaño mediano, similar al de un ñandú grande, con unos 27 kilos de masa corporal; caminaba sobre dos patas y portaba la característica garra curva en el segundo dedo del pie.

El doctor Matías Motta, primer autor del estudio, explicó: “La descripción de Kank australis es importante porque sumamos una nueva especie de la familia de los unenlágidos, una familia poco representada en el registro fósil ya que sus huesos son muy gráciles y difíciles de preservar”. Y agregó: “Este dinosaurio se diferencia claramente de los raptores del hemisferio norte, como Velociraptor, por sus dientes cónicos con pequeñas estrías y por las particularidades únicas de sus vértebras cervicales”.

El hallazgo refuerza la riqueza paleontológica de Santa Cruz, ya que es el primer raptor unenlágido de la provincia, donde ya se han encontrado fósiles de ranas, tortugas, peces, serpientes, mamíferos y otros dinosaurios como Maip macrothorax y Nullotitan glaciaris. Motta subrayó: “El dinosaurio fue hallado en rocas del Cretácico Superior y esto es importante porque expande el registro de los unenlágidos. Demuestra que ya estaban ampliamente distribuidos justo antes del impacto del meteorito hace 66 millones de años”.

El descubrimiento también tiene un fuerte componente institucional para la provincia. Los restos de Kank australis, actualmente en préstamo en el MACN, volverán a Santa Cruz para formar parte del repositorio del Museo Regional Provincial Padre Manuel Jesús Molina de Río Gallegos, dependiente de la Secretaría de Estado de Cultura. De esta manera, la provincia se consolida como un territorio clave para la paleontología mundial, con instituciones locales que acompañan y resguardan hallazgos de relevancia científica global.

El paleontólogo Fernando Novas, quien describió en 1997 la primera especie de unenlágidos, destacó que este nuevo registro es el más austral de la familia en Sudamérica y tiende un puente con los fósiles de la Antártida, donde se identificó al Imperobator antarcticus. “Cada nuevo hallazgo nos permite comprender mejor la distribución y evolución de estos depredadores bípedos emparentados con las aves actuales”, señaló.

La Secretaría de Estado de Cultura de Santa Cruz celebró este descubrimiento como un aporte fundamental al conocimiento científico y a la valorización del patrimonio natural de la provincia. La incorporación de los restos al Museo Molina permitirá que la comunidad santacruceña y los visitantes puedan acceder a un testimonio único de la historia de la vida en la Tierra, reforzando el rol de los museos como espacios de aprendizaje, conservación y difusión cultural.

Con Kank australis, Santa Cruz reafirma su lugar en el mapa paleontológico mundial, mostrando que su territorio no solo guarda paisajes de belleza incomparable, sino también secretos científicos que conectan continentes y enriquecen la memoria colectiva de la humanidad.

Más info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


sábado, 23 de mayo de 2026

Bicharracosaurus dionidei, un nuevo dinosaurio gigante del jurásico de Chubut.




 

La nueva especie, Bicharracosaurus dionidei, es un dinosaurio herbívoro de cuello largo que fue nombrada en honor a Dionide Mesa, el poblador rural que encontró sus restos y a su particular forma de referirse a ellos. El descubrimiento aporta claves sobre la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace unos 160 millones de años.

“Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda José Luis Carballido (CONICET–MEF), coautor del estudio. Los primeros restos que Dionide descubrió de Bicharracosaurus fueron los de un costillar, del que asomaban vértebras aún articuladas en el terreno.

El nombre del dinosaurio combina “bicharraco”, un término coloquial que Dionide utilizaba para referirse a sus hallazgos, con el término griego saurus (“lagarto”), mientras que dionidei hace referencia a su nombre. “El nombre no solo es un homenaje a él, sino también a todas las personas de campo que colaboran en estos descubrimientos”, agrega Carballido.

Los fósiles pertenecen a un solo individuo del que se preservaron parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. “Sabemos que Bicharracosaurus es un dinosaurio adulto que pudo haber alcanzado unos 15 metros de largo y cerca de 20 toneladas de peso”, explica Carballido. “Lo más distintivo son sus espinas neurales —las proyecciones óseas sobre las vértebras—. Mientras que en la mayoría de los saurópodos son más anchas que largas, en este dinosaurio están comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás”.

“Desde el punto de vista evolutivo, Bicharracosaurus pertenece a los Macronaria, un grupo de saurópodos con origen en el Jurásico y que luego dominaría los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico. Entre sus representantes más conocidos se encuentran dinosaurios gigantes como Brachiosaurus y Patagotitan. Su hallazgo es especialmente importante porque los registros jurásicos en el hemisferio sur de este grupo son muy escasos”, detalla.

El hallazgo proviene de yacimientos jurásicos al noroeste de la provincia del Chubut, en la Formación Cañadón Calcáreo de unos 160 millones de años. Esta unidad geológica, reconocida a nivel internacional, es una verdadera ventana al Jurásico en Gondwana. “Es una edad de la que tenemos muy pocos registros de dinosaurios en el hemisferio sur, por lo que cada descubrimiento nos aporta información clave”, señala Carballido.

Desde hace más de dos décadas, paleontólogos del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) realizan trabajos de campo en esta región junto a investigadores de otras instituciones, con el apoyo de la Fundación Alemana de Investigación (DFG). Gracias a estos trabajos se han descubierto varios dinosaurios, entre ellos el saurópodo Tehuelchesaurus benitezii, Brachytrachelopan mesai —con un cuello inusualmente corto— y restos que sugieren la presencia de otros grandes saurópodos e incluso de un estegosaurio. En ese contexto, Bicharracosaurus dionidei se suma a la lista de especies que permiten reconstruir la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace millones de años.

Este nuevo dinosaurio no solo amplía el conocimiento sobre los herbívoros del Jurásico patagónico, sino que también aporta pistas sobre la evolución temprana de los saurópodos que, millones de años después, darían lugar a gigantes como el Patagotitan. Mef.org

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martes, 19 de mayo de 2026

¿Cuál es el proceso de fosilización de un animal?


 

Una pregunta muy frecuente entre la gente curiosa. El proceso de fosilización, te la explicamos de forma simple, a partir de la historia de un tigre dientes de sable.

A través de un lento y complejo proceso natural, la muerte de un animal se convierte en un testimonio perdurable del pasado, un puente entre la vida antigua y la ciencia moderna que la revela. Para explicar cómo se fosiliza un animal, utilizaremos como ejemplo un Esmilodonte.

Hace miles de años, en las llanuras del actual territorio bonaerense, un tigre dientes de sable (Smilodon populator) anciano y enfermo, deambula lentamente en busca de alimento. Sus músculos, antes poderosos, se han debilitado con el paso del tiempo; sus colmillos, símbolo de fuerza y dominio, ya no le permiten cazar con la misma eficacia. El desgaste natural y algunas posibles enfermedades terminan por debilitarlo hasta que, finalmente, el gran depredador muere, cerrando así su ciclo vital, como todo ser viviente.

Su cuerpo queda tendido a la intemperie, expuesto a los elementos y a la acción de diversos organismos. En poco tiempo, bacterias, insectos y carroñeros comienzan a descomponer los tejidos blandos. Las aves carroñeras picotean los restos, otros mamíferos también intentan de alimentarse de sus restos, los insectos aceleran la descomposición y el viento y la lluvia dispersan parte del esqueleto. Sin embargo, algunos huesos, especialmente los más resistentes permanecen en el lugar.

Para que estos restos se conviertan en fósiles, deben ser rápidamente cubiertos por sedimentos, como barro, arena o cenizas volcánicas. Este recubrimiento es muy importante: protege los huesos de la destrucción causada por la intemperie, el pisoteo de otros animales o la acción de microorganismos. Con el paso del tiempo, nuevas capas de sedimentos se acumulan sobre ellos, ejerciendo presión y aislándolos del ambiente………………………

Para conocer más, te invitamos a descargar de forma gratuita “Animales Prehistóricos del Partido de General Alvarado”. También puedes encontrar mas info en PaleoArgentina Web

miércoles, 6 de mayo de 2026

Ocnotherium giganteum, un perezoso gigante que convivió con humanos, fue estudiado por científicos del Conicet.

 



Un equipo liderado por el Conicet logró reconstruir casi por completo a un perezoso gigante que vivió junto a los primeros humanos en Sudamérica.

El Ocnotherium giganteum es un megamamífero extinto: una especie de oso perezoso terrestre gigante que vivió en Sudamérica hace decenas de miles de años, durante el Pleistoceno, después de los dinosaurios. Recientemente se produjo el descubrimiento de un nuevo ejemplar de Ocnotherium giganteum que no solo impacta por su tamaño, sino por lo que revela.

Durante casi 200 años, esta especie fue un verdadero enigma para la ciencia. Apenas se conocían tres dientes aislados, lo que generó confusiones sobre su identidad y clasificación. Hoy, gracias a un equipo internacional liderado por investigadores del Conicet, ese misterio empezó a resolverse con un nivel de detalle pocas veces visto en paleontología.

Este perezoso gigante formó parte de la megafauna sudamericana, un conjunto de animales enormes que convivieron con los primeros humanos que llegaron al continente. El estudio permitió reconstruir casi el 90% del esqueleto de este animal y entender cómo vivía en los últimos momentos del Pleistoceno.

El trabajo que permitió reconstruir al Ocnotherium giganteum no es uno más dentro de la paleontología. Según explicó el investigador François Pujos a MDZ, se trata de un caso poco común incluso para especialistas con décadas de trayectoria.

“Es el tipo de investigación que yo voy a hacer cinco veces en mi vida, así que vale la pena su difusión”, aseguró el paleontólogo franco-argentino, quien lideró el estudio. Su frase refleja la magnitud del hallazgo: un animal de hasta dos toneladas que hasta ahora era prácticamente desconocido.

La clave estuvo en una colección única reunida durante décadas por el paleontólogo Cástor Cartelle en Brasil. “Él tiene una colección gigantesca… más de 20.000 especímenes inéditos”, contó Pujos a MDZ, destacando el valor de ese material acumulado y poco estudiado.

A diferencia de otros descubrimientos, este no surgió de un hallazgo puntual sino de años de trabajo acumulado. Cartelle exploró cientos de grutas en Brasil y en solo unas pocas encontró restos de este animal, lo que marca su rareza.

“Él visitó como 100 grutas en toda su vida y este animal lo encontró en dos nada más”, explicó Pujos a MDZ. Esa distribución limitada refuerza la idea de que se trataba de una especie muy localizada y difícil de encontrar.

Esa misma rareza hace que el hallazgo sea aún más valioso. “No se va a encontrar otro, sería muy casual”, agregó el investigador, dejando en claro que este tipo de descubrimientos no suelen repetirse.

El Ocnotherium giganteum no tenía mucho que ver con los perezosos actuales. Aunque pertenecen al mismo grupo, su forma de vida era completamente distinta.

“Los perezosos actuales… no tienen nada que ver”, explicó Pujos. “Estos podían pesar dos o tres toneladas, no subían a los árboles y caminaban”, detalló, comparando su comportamiento más cercano al de un gran mamífero terrestre.

El estudio confirmó que se desplazaba principalmente en cuatro patas, con un cuerpo robusto y adaptado al suelo. También tenía características únicas, como una dentición distinta y una estructura ósea que lo diferenciaba de otros perezosos gigantes.

Uno de los puntos más llamativos del trabajo fue el uso de tomografías para analizar el interior del cráneo. Esto permitió reconstruir partes que no se conservan directamente en los fósiles.

“Es como un tomógrafo médico… pero aplicado a los huesos”, explicó Pujos a MDZ. Gracias a esa tecnología, los investigadores pudieron ver estructuras internas como el cerebro, los nervios y el oído.

“Reconstruimos el cerebro… y eso permite saber cómo vivía el animal”, agregó. Por ejemplo, detectaron que tenía un olfato muy desarrollado, clave para su supervivencia.

El estudio también aporta información sobre la relación entre estos gigantes y los primeros habitantes de América. Algunos restos presentan marcas que indican intervención humana.

Esto sugiere que el Ocnotherium giganteum formó parte de la dieta de los primeros grupos humanos, aunque no se sabe si era cazado o carroñeado. Ese dato lo ubica en un momento clave de la historia, cuando la megafauna comenzó a desaparecer en un contexto de cambios climáticos y expansión humana. Fuente; mdzol.com

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