martes, 4 de agosto de 2026

Cuando los ornitorrincos vivían en la Patagonia: la extraordinaria historia de los monotremas sudamericanos.

 





Mariano Magnussen Saffer. Integrante del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (Macn- Conicet) y de la Fundación de Historia Natral Félix de Azara. marianomagnussen@yahoo.com.ar 

Si hoy alguien preguntara dónde viven los ornitorrincos, casi cualquier persona respondería sin dudar: en Australia. Allí, junto con los equidnas, sobreviven los únicos representantes de los monotremas, el grupo de mamíferos más antiguo que aún existe sobre la Tierra.

Sin embargo, durante gran parte del siglo XX los paleontólogos ignoraban que la historia evolutiva de estos animales era mucho más compleja y que uno de sus capítulos más fascinantes se había escrito miles de kilómetros al otro lado del planeta, en la Patagonia argentina.

A fines del siglo XVIII, en 1798, cuando los primeros exploradores británicos enviaron desde Nueva Gales del Sur,  Australia la piel y el cráneo de un extraño animal a Europa, la comunidad científica quedó completamente desconcertada. Aquel pequeño mamífero parecía desafiar todas las leyes de la naturaleza: tenía el pico de un pato, el pelaje de una nutria, la cola de un castor y patas palmeadas. Para muchos naturalistas de la época, semejante combinación solo podía ser obra de un bromista que había cosido partes de distintos animales. Algunos llegaron incluso a examinar cuidadosamente la piel en busca de costuras ocultas, convencidos de que se trataba de un engaño.

Con el tiempo se comprobó que aquel insólito ejemplar era absolutamente real. El ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus) no solo existía, sino que representaba uno de los mamíferos más extraordinarios conocidos por la ciencia. Como si su aspecto no fuera suficiente, pronto se descubrió que ponía huevos, producía leche para alimentar a sus crías, poseía un sofisticado sistema de electrorrecepción en el pico para detectar presas bajo el agua y, en el caso de los machos, espolones venenosos en las patas posteriores. Cada nuevo hallazgo parecía desafiar las ideas establecidas sobre cómo debía ser un mamífero.

Los monotremas constituyen un linaje muy particular dentro de los mamíferos. Aunque producen leche para alimentar a sus crías, ponen huevos, poseen una cloaca —una única abertura para los sistemas digestivo, urinario y reproductor— y conservan numerosas características anatómicas consideradas primitivas.

Estas peculiaridades hicieron que durante mucho tiempo fueran vistos como un "eslabón" entre reptiles y mamíferos, una interpretación hoy superada, ya que en realidad representan un linaje muy antiguo que evolucionó en paralelo con los marsupiales y los mamíferos placentarios desde hace más de 180 millones de años.

Hasta comienzos de la década de 1990 existía una idea prácticamente aceptada: los monotremas habían evolucionado exclusivamente en Australia. El registro fósil parecía respaldar esta hipótesis. Los únicos fósiles conocidos procedían de ese continente, donde géneros como Steropodon y Obdurodon demostraban una larga historia evolutiva que se remontaba al Cretácico Inferior. Todo indicaba que Australia había sido el único escenario donde este extraño grupo había surgido y permanecido aislado.

Esa visión comenzó a cambiar radicalmente en 1992, cuando un equipo encabezado por el paleontólogo argentino Rosendo Pascual describió un pequeño conjunto de dientes fósiles provenientes de la Formación Salamanca, en Punta Peligro, provincia del Chubut. Aquellos diminutos restos, recuperados en sedimentos de aproximadamente 62 millones de años de antigüedad, pertenecían a un animal completamente inesperado, un monotrema. El hallazgo fue realzado por los investigadores pertenecían al Departamento Científico de Paleontología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (Museo de La Plata).

El nuevo fósil recibió el nombre de Monotrematum sudamericanum, un hallazgo que provocó una verdadera revolución en la paleontología mundial. Era la primera evidencia de un ornitorrinco fósil encontrado fuera de Australia y demostraba que los monotremas habían habitado también Sudamérica durante el Paleoceno temprano, pocos millones de años después de la extinción de los dinosaurios.

Aunque el material recuperado era escaso, principalmente molares aislados, estos dientes resultaban extraordinariamente informativos. Su morfología coincidía con la de los antiguos ornitorrincos australianos, pero presentaban dimensiones considerablemente mayores. Diversos estudios sugieren que Monotrematum pudo haber alcanzado entre 80 centímetros y un metro de longitud, siendo bastante más robusto que el ornitorrinco actual (Ornithorhynchus anatinus), que rara vez supera los 50 centímetros.

Como el ornitorrinco moderno, Monotrematum sudamericanum probablemente llevaba una vida semiacuática, habitando ríos, arroyos, lagunas y extensos humedales que caracterizaban la Patagonia de comienzos del Paleoceno, hace unos 63 millones de años. El clima era mucho más cálido y húmedo que el actual, y el paisaje estaba cubierto por exuberantes bosques de coníferas, helechos arborescentes y las primeras plantas con flores. En estos ambientes convivía con una variada fauna de mamíferos primitivos, como el gondwanaterio Peligrotherium tropicalis y el dryolestoideo Reigitherium bunodontum, además de tortugas, cocodrilos, peces de agua dulce, rayas, anfibios y numerosas aves primitivas. Estos ricos ecosistemas, que comenzaban a recuperarse tras la gran extinción del final del Cretácico, ofrecían un hábitat ideal para este antiguo ornitorrinco, que probablemente recorría las orillas y los fondos fangosos utilizando su sensible pico para localizar insectos, crustáceos y otros pequeños invertebrados.

La historia volvió a sorprender a los investigadores en 2023. En sedimentos todavía más antiguos, pertenecientes a la Formación Chorrillo de Santa Cruz, un equipo internacional describió una pequeña mandíbula con un molar excepcionalmente conservado. El nuevo fósil correspondía a Patagorhynchus pascuali, un monotrema que había vivido hace aproximadamente 70 millones de años, cuando los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas terrestres. Fue descubierto por un grupo de investigadores del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados, con sede en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia de Buenos Aires (Conicet) y de la Fundación Azara.

Su descubrimiento tuvo una enorme trascendencia científica porque retrasó varios millones de años la presencia conocida de los monotremas en Sudamérica. Más importante aún, demostraba que estos animales convivieron con los últimos dinosaurios no avianos, mucho antes de la extinción masiva del límite Cretácico-Paleógeno.

El nombre del género resume perfectamente su origen. "Patago" hace referencia a la Patagonia, mientras que "rhynchus" deriva del griego y significa "hocico" o "pico", una clara alusión a los ornitorrincos modernos. El epíteto específico, pascuali, homenajea justamente a Rosendo Pascual, pionero en el estudio de los mamíferos fósiles sudamericanos.

Aunque solamente se conoce un pequeño fragmento mandibular, la anatomía de su molar revela que se trataba de un monotrema primitivo, posiblemente similar en aspecto general a un pequeño ornitorrinco, aunque conservando dientes plenamente funcionales durante toda su vida, una condición que los ornitorrincos actuales pierden en la adultez al reemplazarlos por placas córneas. Estos descubrimientos reavivaron una antigua discusión sobre el origen geográfico de los monotremas. Durante décadas predominó la denominada hipótesis australiana, según la cual el grupo habría evolucionado exclusivamente en Australia para luego dispersarse hacia la Antártida y Sudamérica cuando estos continentes aún permanecían unidos dentro de Gondwana.

Sin embargo, la presencia de Patagorhynchus en el Cretácico Superior de Patagonia abrió nuevas posibilidades. Algunos investigadores consideran que los monotremas pudieron haber tenido una distribución mucho más amplia en Gondwana y que el registro fósil australiano representa apenas una parte de esa historia. Otros incluso sugieren que la Patagonia austral pudo haber desempeñado un papel importante durante las primeras etapas evolutivas del grupo, aunque por el momento no existen evidencias suficientes para afirmar que allí se originaron.

En realidad, el escenario más aceptado actualmente propone una evolución gondwánica. Hace aproximadamente 100 millones de años, Sudamérica, la Antártida y Australia todavía mantenían conexiones terrestres que permitían el intercambio de numerosas especies. Bosques templados se extendían desde la Patagonia hasta la actual Antártida, ofreciendo corredores biológicos que facilitaron la dispersión de numerosos grupos de vertebrados, incluidos los monotremas.

La separación progresiva de estos continentes aisló las distintas poblaciones. Mientras Australia conservó ambientes adecuados para su supervivencia, en Sudamérica los monotremas desaparecieron posiblemente durante el Eoceno, afectados por profundos cambios climáticos, modificaciones ambientales y la creciente competencia con marsupiales y, posteriormente, con mamíferos placentarios.

Hace unos 70 millones de años, Patagorhynchus pascuali habitaba los bosques, ríos y humedales de la Patagonia austral, en un mundo donde los dinosaurios aún dominaban los ecosistemas. Compartía su ambiente con enormes titanosaurios, como Nullotitan glaciaris, y con grandes depredadores, entre ellos el megaraptórido Maip macrothorax, además de pequeños dinosaurios herbívoros, preptiles voladores, tortugas, cocodrilos, peces de agua dulce, anfibios y diversos mamíferos primitivos.

En 2007, el paleontólogo australiano Tom Rich, (Curador Principal de Paleontología de Vertebrados) en el Melbourne Museum, institución que forma parte de Museums Victoria, y sus colaboradores describieron un pequeño molar procedente de la Formación Salamanca bajo el nombre de Sudamerica ameghinoi. Los autores interpretaron inicialmente que aquel diente pertenecía a un monotrema distinto de Monotrematum, lo que sugería una diversidad mayor de ornitorrincos fósiles en Patagonia.

Sin embargo, estudios posteriores, especialmente las revisiones detalladas de la morfología dental y los análisis filogenéticos más recientes, concluyeron que las diferencias observadas eran demasiado sutiles para justificar un nuevo género. Actualmente, la mayoría de los especialistas considera que Sudamerica ameghinoi representa un sinónimo más moderno de Monotrematum sudamericanum o, al menos, un material que no posee características diagnósticas suficientes para sostener un género independiente.

En otras palabras, hoy el nombre Sudamerica ameghinoi prácticamente ha caído en desuso dentro de la literatura científica, siendo Monotrematum sudamericanum el taxón ampliamente aceptado para los monotremas paleocenos de la Formación Salamanca, en la Patagonia argentina.

Cuando Patagorhynchus y Monotrematum habitaron la Patagonia, el mundo era muy diferente al actual. Durante el Cretácico tardío y el Paleoceno temprano, Sudamérica aún mantenía conexiones terrestres con la Antártida, y esta, a su vez, con Australia. Los tres continentes formaban parte del antiguo supercontinente Gondwana o conservaban puentes terrestres remanentes de su fragmentación. Estas conexiones permitieron el intercambio de numerosos animales y plantas, entre ellos los ancestros de los actuales ornitorrincos.

Lejos de las estepas áridas que hoy caracterizan gran parte de la Patagonia, hace entre 70 y 62 millones de años la región presentaba un clima templado a cálido, con abundantes precipitaciones. El paisaje estaba dominado por extensos bosques, ríos de aguas lentas, lagunas y amplios humedales. Coníferas, araucarias, helechos arborescentes y las primeras plantas con flores conformaban una vegetación exuberante que brindaba refugio a una gran diversidad de vertebrados.

La historia de los monotremas sudamericanos demuestra cómo unos pocos dientes fósiles pueden transformar nuestra comprensión de la evolución. Lo que comenzó con pequeños restos hallados en las costas patagónicas terminó modificando las hipótesis sobre la biogeografía de Gondwana y sobre el origen de uno de los grupos de mamíferos más singulares del planeta.

Hoy sabemos qué hace más de 70 millones de años, mientras enormes dinosaurios recorrían los bosques australes y poco después cuando estos gigantes desaparecieron, pequeños parientes de los ornitorrincos nadaban en ríos y lagunas patagónicas. Aquellos discretos mamíferos, preservados apenas en unos pocos dientes y fragmentos mandibulares, constituyen uno de los testimonios más sorprendentes de la extraordinaria historia natural de Argentina y recuerdan que la Patagonia fue mucho más que la tierra de los dinosaurios: también fue el hogar de algunos de los mamíferos más enigmáticos que haya producido la evolución.

 

Bibliografía

Archer, M., Murray, P., Hand, S., & Godthelp, H. (1993). Reconsideration of monotreme relationships based on the skull and dentition of the Miocene Obdurodon dicksoni. En F. S. Szalay, M. J. Novacek & M. C. McKenna (Eds.), Mammal Phylogeny (pp. 75–94). Springer.

Beck, R. M. D. (2017). The biogeographical history of non-marine mammaliaforms in the Sahul region. En M. C. Ebach (Ed.), Handbook of Australasian Biogeography (pp. 329–366). CRC Press.

Chimento, N. R., Agnolín, F. L., Manabe, M., Tsuihiji, T., Rich, T. H., Vickers-Rich, P., & Novas, F. E. (2023). First monotreme from the Late Cretaceous of South America. Communications Biology, 6, 146. https://doi.org/10.1038/s42003-023-04498-7

Flannery, T. F., McCurry, M. R., Rich, T. H., Vickers-Rich, P., Smith, E. T., & Helgen, K. M. (2022). A review of monotreme (Monotremata) evolution. Alcheringa, 46, 1–18.

Pascual, R., Archer, M., Jauregui, E., Prado, J. L., Godthelp, H., & Hand, S. J. (1992). First discovery of monotremes in South America. Nature, 356, 704–706.

Pascual, R., Goin, F. J., Balarino, M. L., & Udrizar Sauthier, D. E. (2002). New specimens of Monotrematum sudamericanum, and the convergent evolution of the triangulate molar. Acta Palaeontologica Polonica, 47(3), 487–492.

Rich, T. H., Flannery, T. F., Trusler, P., Kool, L., Van Klaveren, N., Vickers-Rich, P., et al. (2016). The mandible and dentition of the Early Cretaceous monotreme Teinolophos trusleri. Alcheringa, 40, 475–501.

Woodburne, M. O. (2003). Monotremes as pretribosphenic mammals. Journal of Mammalian Evolution, 10, 195–248.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

domingo, 2 de agosto de 2026

Arctotherium, el gran oso extintos de las pampas.

 



Fue un género extinto de mamíferos carnívoros de la familia Ursidae, conocidos comúnmente como osos sudamericanos u osos de cara corta, cuyos representantes arribaron a América del Sur durante el Gran Intercambio Biótico Americano, en un contexto en el que el continente carecía de carnívoros placentarios como félidos, cánidos o úrsidos, lo que favoreció una notable radiación adaptativa de estos inmigrantes holárticos y la aparición de nuevos géneros y especies.

En Argentina, y particularmente en la región pampeana, se reconocen cuatro especies del género Arctotherium, caracterizadas por su gran tamaño, con masas corporales estimadas entre aproximadamente 300 y 1.200 kilogramos según la especie y el sexo, siendo la forma del Ensenadense (Pleistoceno temprano–medio) la que alcanzó las mayores dimensiones, mientras que las especies del Bonaerense (Pleistoceno medio) y Lujanense (Pleistoceno tardío–Holoceno temprano) presentaron tamaños relativamente menores.

Aunque la dieta de cada especie no ha podido establecerse con total precisión, el análisis de la morfología dentaria sugiere que estos osos predaban activamente sobre la diversa megafauna herbívora pleistocénica, además de consumir carroña, como lo evidencian las lesiones observadas en sus dientes, y complementar su alimentación con recursos ricos en hidratos de carbono, como frutas y miel, indicados por la presencia de caries en numerosos restos fósiles.

En 2011, el investigador Leopoldo Soibelzon, del Museo de La Plata, presentó el ejemplar del mayor oso conocido que haya habitado la Tierra, Arctotherium angustidens, el cual, erguido, habría alcanzado unos tres metros de altura y superado la tonelada y media de peso; sus restos habían sido descubiertos durante la década de 1930, a 9,6 metros de profundidad, durante la construcción del Hospital San Juan de Dios de La Plata, y permanecieron durante décadas almacenados en el Museo de La Plata.

En Sudamérica, el registro fósil de Arctotherium se extiende por Venezuela, Bolivia, Brasil, Uruguay, Chile y Argentina, con una presencia documentada desde el Ensenadense (Pleistoceno inferior–medio, hace unos 1,7 millones de años) hasta el Lujanense superior (Pleistoceno tardío, hace aproximadamente 11.000 años). Esqueleto en el Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires. Cráneo completo en el Museo Paleontológico de San Pedro. 

Ver más en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/pleistoceno.htm