domingo, 13 de septiembre de 2026

Vestigios del antiguo mar: hallan fósiles de nueve millones de años en Paraná.

 


Una roca con restos de invertebrados marinos fue descubierta durante la nivelación de un terreno en el barrio Mosconi III. El material, atribuido a la Formación Paraná, será incorporado al Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas “Profesor Antonio Serrano”.

Una conchilla que llamó la atención de un vecino terminó revelando una pequeña ventana al pasado geológico de Entre Ríos. Durante tareas de nivelación de un terreno en el barrio Mosconi III de Paraná, José Luis encontró una roca que contenía numerosos restos de organismos marinos. El hallazgo fue posteriormente reconocido como material fósil correspondiente a la Formación Paraná, con una antigüedad estimada en unos nueve millones de años.

La pieza será entregada al Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas “Profesor Antonio Serrano”, donde podrá ser registrada, conservada y estudiada. Según explicó Graciela Ibargoyen, responsable del Registro Provincial de Yacimientos Paleontológicos, entre los restos visibles se distinguen bivalvos conocidos popularmente como “cucharitas de agua”, además de posibles ostras y ejemplares de la familia de los pectínidos.

Aunque hoy Paraná se encuentra lejos de la costa atlántica, su subsuelo conserva evidencias de una época en la que la región formaba parte de un extenso ambiente marino. Durante el Mioceno, una transgresión marina conocida como Mar Paranaense o Mar Entrerriense cubrió amplias áreas de la actual llanura Chaco-pampeana y alcanzó sectores de la Patagonia.

Los sedimentos depositados por aquel mar dieron origen a la denominada Formación Paraná, una unidad geológica que aflora en distintos puntos de Entre Ríos. Sus depósitos contienen restos de moluscos y otros organismos que permiten reconstruir las condiciones ambientales de una región muy diferente de la actual.

El hallazgo del barrio Mosconi III se suma así a una larga serie de descubrimientos que permiten reconocer la presencia de aquel antiguo mar. Sin embargo, la especialista aclaró que todavía no puede determinarse con certeza si la roca se encontraba originalmente en el terreno donde fue encontrada o si llegó allí junto con la tierra utilizada para la nivelación.

En paleontología, una pieza no adquiere valor únicamente por su aspecto o por la cantidad de fósiles que contiene. También resulta fundamental conocer dónde fue encontrada, en qué sedimento se hallaba y qué relación mantenía con otros restos.

Por ese motivo, la roca ingresará al museo acompañada de una etiqueta con el nombre de su colector, la fecha y la ubicación exacta del hallazgo. Esa información permitirá conservar parte del contexto original y facilitará futuras investigaciones.

La decisión del vecino de entregar el material a una institución científica constituye, en este sentido, un aporte al patrimonio paleontológico entrerriano. Los fósiles se encuentran protegidos por la legislación nacional y provincial, y su registro permite que los hallazgos puedan ser estudiados y conocidos por la comunidad.

El Museo Serrano conserva otros testimonios de la antigua historia marina de la región. Entre ellos se encuentran grandes ostras halladas en sectores del Parque Urquiza y una pieza recolectada por el propio Antonio Serrano en la zona de Puerto Viejo.

Estos materiales permiten acercar al público una historia que no siempre resulta visible en el paisaje cotidiano: la de un territorio que, millones de años atrás, estuvo ocupado por ambientes marinos y albergó una diversidad de organismos hoy desaparecidos de la región.

El nuevo hallazgo todavía deberá ser analizado para determinar con mayor precisión su composición y su procedencia. También permanece abierta la posibilidad de que existan otros restos en el sector de Mosconi III, aunque ello dependerá de establecer si la roca formaba parte del terreno original o si fue transportada junto con el material utilizado para la obra.

Desde el Registro Provincial de Yacimientos Paleontológicos recomendaron que, ante la aparición de un posible fósil, se tomen fotografías y se establezca contacto con el Museo Serrano. Si el material permanece enterrado o adherido firmemente a una roca, no debe intentarse su extracción, ya que esa tarea requiere personal especializado.

En cambio, si la pieza se encuentra suelta y corre riesgo de desaparecer o ser retirada, puede ser resguardada hasta recibir indicaciones. El objetivo es evitar daños y asegurar que el material conserve la mayor cantidad posible de información científica.

El caso de Paraná demuestra que los descubrimientos paleontológicos no siempre ocurren durante grandes excavaciones o expediciones. A veces, una observación cotidiana puede revelar un fragmento de una historia de millones de años. La diferencia está en reconocer su valor, preservar su contexto y permitir que ese patrimonio vuelva a formar parte del conocimiento colectivo.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


jueves, 10 de septiembre de 2026

La primera huella de un mamífero terrestre en el Eoceno de la Antártida.


Un equipo de paleontólogos de Argentina y Chile identificó en la Antártida la primera huella conocida de un mamífero terrestre depredador. El hallazgo, publicado en agosto de 2026 en la revista científica Polar Biology, corresponde a una huella parcial hallada en la isla Rey Jorge, en las islas Shetland del Sur.

El rastro se conservó como molde natural en sedimento volcánico de grano fino, dentro de la Formación Fossil Hill. Los investigadores argentinos calculan que tiene unos 55 millones de años, de comienzos del Eoceno, y que perteneció a un animal de apenas 1,3 kilos de peso.

El estudio lo firman Héctor Mansilla-Vera, del Instituto Antártico Chileno (INACH) y Javier Gelfo, de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y paleontólogo del CONICET, quien relató el hallazgo en un artículo publicado por la editorial científica Springer Nature.

También participaron Silvina de Valais, del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (CONICET-Universidad Nacional de Río Negro) y Francisco Goin de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

La pieza, catalogada como T-373, conserva de forma parcial la impronta de una pata y de una mano, señal de que el animal se desplazaba en cuatro patas. La huella, de apenas dos centímetros de largo y de ancho, corresponde a un pequeño metaterio (el grupo de mamíferos emparentado con los marsupiales actuales) del linaje de los esparasodontes, según los autores del estudio.

La identificación se apoya en la combinación de varias líneas de evidencia, ya que se trata de un icnofósil (un fósil de rastro) y no de restos óseos que confirmen la especie de forma directa. Aun así, el hallazgo podría representar el primer registro de un esparasodonte en el continente antártico, y la evidencia más antigua de un mamífero carnívoro en la región.

Hasta ahora, las reconstrucciones del ecosistema terrestre de la Antártida del Eoceno solo incluían a las aves del terror, los fororrácidos, como únicos depredadores documentados. La huella del esparasodonte cambia ese panorama y agrega un mamífero carnívoro a la cadena alimentaria del continente.

El nuevo registro apunta a una comunidad de depredadores más diversa y a una estructura trófica más compleja de lo que se pensaba, de acuerdo con los investigadores. Hasta este hallazgo, la presencia de mamíferos fósiles en la Antártida se conocía sobre todo por restos óseos hallados en la isla Seymour.

Los esparasodontes son un grupo extinto de mamíferos depredadores propio de Sudamérica, presente ya durante el Paleoceno y el Eoceno. En esa época, restos de conexiones terrestres entre Sudamérica y la Antártida, heredadas de la fragmentación del supercontinente Gondwana, habrían permitido la dispersión de especies terrestres entre ambas regiones.

La Formación Fossil Hill, en la isla Rey Jorge, conserva otros fósiles del Eoceno en excelente estado, entre ellos restos vegetales, plumas, huellas de aves e improntas de invertebrados. Ese registro confirma que la Antártida tuvo, antes de su aislamiento progresivo y el enfriamiento posterior, un clima más cálido y paisajes forestados.

Los investigadores llegaron a esta identificación tras una revisión exhaustiva del conjunto de fósiles de icnitas, huellas y rastros, de la zona donde apareció la pieza, declarada área antártica especialmente protegida para conservar su patrimonio fósil. El ejemplar, por su parte, se conserva en la Colección Paleontológica del Departamento de Geología de la Universidad de Chile, en Santiago.

Ma info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Una ventana al Cretácico quedó al descubierto en Mari Menuco, Neuquén.

 




Una bajante extraordinaria del lago Mari Menuco permitió descubrir un conjunto excepcional de huellas fósiles de aves y grandes dinosaurios. El hallazgo, realizado inicialmente por un niño que recorría la costa, permitió recuperar un registro de gran importancia para conocer cómo eran los antiguos ambientes de la Patagonia durante el Cretácico.

Una inusual bajante del nivel de las aguas del lago Mari Menuco, en la provincia de Neuquén, dejó al descubierto un sector del terreno que normalmente permanece sumergido. Lo que parecía ser simplemente una modificación temporal del paisaje terminó revelando un verdadero tesoro paleontológico: numerosas huellas impresas en las antiguas superficies sedimentarias, entre ellas rastros atribuidos a aves y a grandes dinosaurios saurópodos.

El descubrimiento tuvo un componente tan sencillo como extraordinario. Un niño que recorría la costa durante la bajante observó unas marcas particulares sobre las rocas y dio aviso. La curiosidad permitió detectar un registro que, de otro modo, probablemente habría continuado oculto bajo las aguas del embalse.

Las huellas fósiles, conocidas técnicamente como icnitas, no son restos del cuerpo del animal, sino evidencias de su actividad. Una pisada conservada puede aportar información que muchas veces no aparece en los huesos: permite conocer cómo se desplazaba un animal, qué tipo de superficie transitaba e incluso reconstruir aspectos del ambiente en el que vivió.

La conservación de una huella requiere una combinación de circunstancias poco frecuentes. El animal debe caminar sobre un sedimento suficientemente blando como para dejar su impresión, pero con la consistencia adecuada para que esta no desaparezca inmediatamente. Posteriormente, el sedimento tiene que secarse o endurecerse y quedar rápidamente protegido por nuevos depósitos.

Durante millones de años, esas capas pueden permanecer enterradas hasta que procesos naturales, obras humanas o cambios excepcionales en el paisaje vuelven a exponerlas.

En Mari Menuco ocurrió precisamente esto. La bajante extraordinaria del embalse permitió acceder temporalmente a una superficie que durante buena parte del tiempo permanece cubierta por el agua.

La presencia conjunta de huellas de aves y de grandes saurópodos resulta especialmente interesante porque permite aproximarse a la composición de aquellos antiguos ecosistemas patagónicos. Los saurópodos fueron dinosaurios herbívoros de enormes dimensiones, caracterizados por sus largos cuellos y colas, mientras que las pequeñas huellas de aves representan otro componente de la fauna que habitaba aquellos paisajes.

Luego de comunicarse el hallazgo, se activaron los mecanismos destinados a proteger y documentar el patrimonio paleontológico. El trabajo de campo fue encabezado por los paleontólogos Juan Porfiri y Domenica Santos, investigadores y docentes vinculados al Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional del Comahue.

El operativo contó además con la participación de la Dirección de Patrimonio de la provincia de Neuquén, representada por Mateo Gutiérrez, junto con el especialista Federico Poblete y la estudiante de Geología Mercedes Di Lorenzo.

La intervención no se limitó a retirar los materiales. En paleontología, la documentación del contexto es fundamental: conocer exactamente dónde apareció un fósil, cómo estaba dispuesto y qué relación tenía con las capas sedimentarias permite obtener información científica que se perdería si el material fuera extraído sin registro.

Una vez finalizadas las tareas de rescate, los materiales recuperados fueron trasladados al Museo del Desierto Patagónico de Añelo, institución que mantiene un convenio de trabajo con la Universidad Nacional del Comahue y que continúa incorporando materiales procedentes de distintos sectores de la región.

Los yacimientos de huellas tienen un valor particular dentro de la paleontología. Un esqueleto puede revelar cómo era anatómicamente un animal, pero una superficie con numerosas pisadas puede contar parte de su historia de vida.

La orientación de las huellas, la distancia entre unas y otras, su tamaño y profundidad pueden utilizarse para estudiar desplazamientos y comportamientos. Incluso la presencia simultánea de diferentes tipos de rastros permite reconstruir una parte de la comunidad animal que habitó un determinado ambiente.

Por eso, cada icnita constituye mucho más que una simple marca sobre una roca: es el registro de un instante ocurrido hace millones de años.

El hallazgo de Mari Menuco demuestra además la importancia de permanecer atentos a los cambios del paisaje. En este caso, una circunstancia excepcional —la bajante del embalse— permitió acceder a una superficie que normalmente permanece fuera del alcance de los investigadores.

Y detrás del descubrimiento científico hubo algo todavía más elemental: la mirada curiosa de un niño que supo reconocer que aquellas marcas no eran simples irregularidades de la roca.

Hoy, esas huellas permiten abrir una nueva ventana hacia la Patagonia del Cretácico y recuperar fragmentos de una historia natural que permaneció escrita en las piedras durante millones de años.

Más info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm