viernes, 15 de febrero de 2019

Barrosasuchus neuquenianus, un cocodrilo de 70 millones de años en Neuquén.



La especie, denominada Barrosasuchus neuquenianus, fue hallada en Neuquén por el investigador del CONICET Rodolfo Coria.

Un grupo de investigadores argentinos y extranjeros liderados por el paleontólogo del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) Rodolfo Coria presentaron el esqueleto de Barrosasuchus neuquenianus, un cocodrilo de la familia de los peirosáuridos, que en vida llegó a tener dos metros de longitud y habitó hace 70 millones de años la zona de Sierra Barrosa, a treinta kilómetros de Plaza Huincul, en Neuquén. Si bien este tipo de cocodrilos fósiles se conocen desde hace más de sesenta años, la particularidad de este hallazgo es que, por primera vez, se encontró un esqueleto prácticamente completo -la única pieza que falta es la cola-. El trabajo fue recientemente publicado en la revista Cretaceous Research.

“Barrosasuchus es un aluvión de información peirosáurica”, indicó Coria, al reparar que el hallazgo incluyó el cráneo, el postcráneo, las mandíbulas, las patas, las manos, las costillas y las vértebras del cocodrilo peirosáurido. “Está absolutamente todo: lo único que no tenemos es la cola”, señaló el científico. “Encontrar ejemplares tan completos y tan bien preservados es muy extraño, especialmente de cocodrilos”.

El primer peirosaurio fue hallado sesenta años atrás en la localidad de Peirópolis, en el centro de Brasil. Más adelante, los científicos de la época notaron que ese ejemplar representaba a una familia de cocodrilos diferente a otras, y los denominaron peirosáuridos, por ser Peirosaurus el primer género reconocido de la familia. Estos cocodrilos, que habitaron en la era Cretácica, son abundantes y frecuentes en toda América del Sur, especialmente en la Patagonia, pero la mayoría de esos ejemplares se habían registrado de un modo muy fragmentario. “Hasta ahora se habían hallado trozos de mandíbula, de hocicos, cráneos incompletos, sin mandíbula –advirtió el paleontólogo del CONICET-. Si bien es frecuente encontrar restos de estos animales, y a veces los restos han permitido proponer especies nuevas, el hecho de encontrar esqueletos completos como Barrosasuchus es excepcional y totalmente único”.

El puntapié del hallazgo de este cocodrilo sucedió en febrero de 2001, cuando en una expedición conjunta del Museo Carmen Funes de Plaza Huincul, Neuquén y el Museo Royal Tyrrell de Paleontología de Canadá, a la localidad de Sierra Barrosa, ubicada a treinta kilómetros de Plaza Huincul, se colectaron numerosas piezas para estudiar en los años subsiguientes. “Allí encontramos huesos de dinosaurios carnívoros, herbívoros, mamíferos, pero nos llevó muchos años poder clasificar y registrar todo lo hallado en aquellas campañas de principio de este siglo. Por eso recién ahora logramos estudiar el ejemplar completo del cocodrilo y presentamos a Barrosasuchus”, advirtió Coria.

La etimología del nombre Barrosasuchus neuquenianus, el nombre con el que bautizaron este hallazgo, deviene de “Barrosa”, en alusión a la Sierra Barrosa, donde se encontró el espécimen, y “souchos”, del griego, en referencia a la divinidad egipcia con cabeza de cocodrilo y que es de uso normal en nombres científicos para especies de cocodrilos. Por otro lado, el nombre de la especie, “neuquenianus”, se eligió en referencia a la provincia de Neuquén.

Para Coria, “este ejemplar nos permite apreciar las maravillas que tenemos en la naturaleza y la fantástica fortuna que tenemos de que exista el proceso de fosilización, que nos permite atestiguar y observar restos de formas de vida extinguidas hace 70 millones de años en un estado tan bueno de preservación”.

La pieza más celebrada de las halladas fue el postcráneo: “Lo único que se conocía eran cráneos o fragmentos de cráneo. Barrosasuchus nos permite conocer muchísimo de la anatomía del resto de estos animales -las proporciones de las patas, el tipo de anatomía de las manos y de los pies, si las costillas eran rectas o curvas-, es decir, nos abre un ventanal de información que había permanecido cerrado a los científicos por muchos años, al menos sesenta años, desde que se describió el primer peirosáurido en Brasil”.


miércoles, 13 de febrero de 2019

Restos de un Gliptodonte en San Pedro.


Martín Barrionuevo es un vecino de San Pedro que hace un tiempo observó dos fragmentos de un objeto al que rápidamente asoció con los fósiles que periódicamente recupera el Museo Paleontológico.
 
Los dos trozos poseían dientes planos, largos y curiosos. Enseguida pensó que "aquello" debía acercarse al museo para su identificación y resguardo.
 
El Grupo Conservacionista recibió el material acercado por Barrionuevo y pronto se lograron conocer datos de aquel hallazgo. Una pasada por el taller del museo posibilitó su restauración y acondicionamiento permitiendo unir los fragmentos hasta lograr determinar que se trataba de la rama mandibular izquierda de un gran mamífero acorazado de la especie Glyptodon munizi
 
Aquellos animales, del grupo de los gliptodontes o armadillos gigantes, llegaron a pesar más de 1.200 kilogramos y su cuerpo estaba cubierto por una gruesa "armadura" o coraza que tenía unos 5 centímetros de espesor en los ejemplares adultos.
Eran herbívoros y recorrían la llanura en busca de pastos a los que trituraban con sus dientes planos adaptados para machacar vegetales. Las evidencias recabadas en nuestra zona permiten inferir que eran animales gregarios, es decir, que se mantenían en grupos o manadas.
 
La mandíbula fosilizada recuperada por Martín Barrionuevo proviene de la zona de barrio La Tosquera, un sector de nuestro partido donde el grupo del Museo Paleontológico viene observando y recuperando evidencias de la presencia de un antiguo y extenso pantano donde quedaron atrapados numerosos representantes de la fauna que habitó el norte de Buenos Aires hace unos 700.000 años, durante la etapa final de la edad Ensenadense. 
 
La pieza acercada por Barrionuevo, de unos 35 centímetros de longitud y muy completa, contribuye a sumar datos, ejemplares y materiales de estudio para continuar la reconstrucción de aquel momento en la prehistoria de la región.

lunes, 11 de febrero de 2019

Glossotherium robustum, un gran perezoso del Pleistoceno.



Fue un género extinto de perezosos gigantes de América del Sur de la familia Mylodontidae. Poseían gran tamaño y hábitos terrestres, corpulento, con cabeza grande y una cola larga y pesada.
Los pies largos y con garras envueltas hacia adentro al igual que los otros Pilosa descriptos, por lo tanto caminaba apoyando sus nudillos. Es probable que pudiera ponerse en dos patas y mantener el equilibrio con la cola, utilizando sus garras para llevarse el alimento a la boca.
Tenía 3.5 metros de largo y 1,7 de alto. Su masa estimada fue de una tonelada y su extinción ocurrió durante el Holoceno medio, hace 8 mil años antes del presente. Su cuerpo estaba cubierto por una espesa y densa pelambre y embebidos en la piel se encontraba un gran número de huesillos (osteodermos), en forma y tamaño variables, generalmente superiores a un centímetro de diámetro.
Los restos completos rescatados en la Argentina son muy escasos. Su habito alimenticio era variado, constituido de hojas de graminias, arbustos y árboles. Sus primeros registros corresponden a la Formacion Vorohue. Su extinguieron el clima cambiante, junto con la posible caza humana fue reduciendo el número de individuos hasta su desaparición.
El último registro de un animal con vida es de 8000 años de antigüedad, a unos 160 km de Buenos Aires, Argentina, donde ha sido descubierto el fósil más reciente. Foto de esqueleto de adulto y juvenil en el Museo de La Plata, cráneo en el Museo Paleontológico de San Pedro y aspecto en vida.

viernes, 8 de febrero de 2019

Chlamydotherium paranense, un armadillo de gran tamaño en el Plioceno.


Fue un enorme dasipodido Pampatheriidae, pero algo mayor que Pampatherium del Pleistoceno. Presenta un caparazón con escudete escapular y pelviano diferenciados, corto el anterior y prolongado el posterior, divididos por unas pocas bandas móviles.
Compuesto por placas grandes, con una amplia figura central como en la mayoría de los representantes de la familia. Tenía un cráneo proporcionalmente más robusto que el Pampatherium, con 36 dientes en sus mandíbulas. Patas largas a comparación con otros dasipodidos, pero igualmente anchas y fuertes.
Cola con placas y escamas óseas y corneas. Alimentación muy variada, constituida principalmente desde plantas hasta cadáveres en buen estado de descomposición. Entre las ciudades de Miramar y Mar del Plata se pueden observar una variedad increíble de paleocuevas atribuidas a este género o alguna especie morfológicamente similar.
Desde el siglo pasado hasta nuestros días, los investigadores han discutido y planteado distintas teorías sobre si estos pampateridos están más relacionados con los gliptodontes que con los dasipodidos. Otras especies relacionadas; Holmesina paulacoutoi, Kraglievichia paranensis, Scirrotherium, Vassallia y Plaina. Imanes de internet.

martes, 5 de febrero de 2019

Bajadasaurus pronuspinax, una nueva especie de dinosaurio saurópodo de Neuquén.



Fue bautizada con el nombre de Bajadasaurus pronuspinax. Investigadores del CONICET fueron responsables del hallazgo.
Los saurópodos son un grupo de dinosaurios herbívoros y cuadrúpedos que vivieron entre el Triásico Tardío y el final del Cretácico Superior  -cuando se produjo la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno- caracterizados por su gran tamaño y el largo de su cuello y cola.

Recientemente, un equipo de paleontólogos del CONICET del Área de Paleontología de la Fundación Félix de Azara (Universidad Maimónides) y del Museo Paleontológico “Ernesto Bachmann” (Villa El Chocón, Neuquén) encontró en el norte patagónico, más precisamente en la formación geológica conocida como Bajada Colorada, una nueve especie de saurópodo a la que nombraron Bajadasaurus pronuspinax, en simultánea alusión a la localidad en la que fue hallado y a las largas espinas inclinadas hacia delante que caracterizan su cuello. Los resultados de su estudio fueron publicados hoy en Scientific Reports.

La nueva especie pertenece a la familia de los dicreosáuridos, distinguida por largas espinas que cubren su cuello y espalda como continuación de sus vértebras, y vivió a comienzos del Cretácico Inferior hace alrededor de 140 millones de años. A este grupo de saurópodos pertenece también Amargasaurus cazaui, especie que habitó el continente sudamericano unos 15 millones de años después que Bajadasaurus y que fue hallada en Neuquén en la década del ´80 por el paleontólogo argentino José Bonaparte.

“La funcionalidad de las largas espinas en los dicreosáuridos es aun motivo de controversias entre los paleontólogos. Con el hallazgo de Bajadasaurus creemos que se puede arrojar claridad sobre algunas cuestiones”, afirma Pablo Gallina, investigador adjunto del CONICET en la Fundación Félix de Azara y primer autor del trabajo.

Algunas de las hipótesis formuladas indican que estas espinas servían de soporte de una especie de vela que regulaba la temperatura corporal de los dinosaurios o que conformaban una cresta de exhibición que les otorgaba mayor atractivo sexual. También se especuló, por ejemplo, que estas especies podrían haber tenido una joroba carnosa entre las espinas que servía para almacenar reservas.

Otra presunción es que las espinas estaban cubiertas con fundas de cuerno que cumplían una función defensiva frente a potenciales ataques.

“Nosotros creemos que las largas y puntiagudas espinas -extremadamente largas y finas- en el cuello y la espalda de Bajadasaurus y Amargasaurus  debían servir para disuadir a posibles predadores. Sin embargo, pensamos que si sólo hubieran sido estructuras de hueso desnudas o forradas únicamente de piel podrían haber sufrido roturas o fracturas fácilmente con un golpe o al ser atacados por otros animales. Esto nos lleva a sugerir que estas espinas debieron estar protegidas por una funda córnea de queratina similar a lo que sucede en los cuernos de muchos mamíferos”, explica Gallina.

El estudio del cráneo, el mejor preservado mundialmente para un dinosaurio dicreosáurido, sugirió a los investigadores que estos animales pasaban gran parte del tiempo alimentándose de plantas del suelo mientras las cuencas de sus ojos, cercanas al techo del cráneo, les permitían controlar lo que sucedía en su entorno.

“La importancia de este estudio radica, entre otras cosas, en que nos permite conocer un poco más sobre los dinosaurios que habitaron la zona de Patagonia Norte mucho antes del reinado que ejercieron durante el Cretácico Superior grupos de dinosaurios como los saurópodos titanosaurios o los terópodos abelisaurios sobre los que sabemos mucho más.

Es con este objetivo que desde 2010 venimos explorando la zona de Bajada Colorada donde encontramos rocas de 140 millones de años atrás”, concluye el investigador. Ilustración del paleoartista Jorge A. González. Fuente Conicet.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

sábado, 2 de febrero de 2019

Las gigantescas serpientes de la antigua Patagonia.


Los boidos o boas son una familia de serpientes constrictoras, es decir que matan a sus presas por constricción, encerrándolas en sus anillos. A diferencia de sus cercanas parientes, las pitones (Pythonidae), son ovovivíparas. A ambos lados de la cloaca presentan espolones, que son vestigios de las patas posteriores locomotoras.
Entre las boas se encuentran algunas de las especies de serpientes más grandes. Pero en el actual desierto patagónico, hace unos 15 millones de años existía una exuberante selva, semejante a la amazónica, con grandes lagartos, perezosos, monos y mucho más.
Hace algunos años atrás, un Paleontólogo del Museo Argentino de Ciencias Naturales de Buenos Aires se encontraba revisando las colecciones de dicha institución, hallo el fragmento de una enorme vértebra que, en un principio, fue atribuida a restos de un Dinosaurio.

Al consultar los registros del inventario del Departamento de Paleontología de Vertebrados "Florentino Ameghino" del Museo, se dieron cuenta los investigadores de que se trataba de un enorme vertebrado que vivió durante el Terciario, mucho después de la desaparición de los grandes reptiles de la Era Mesozoica.

La pieza en cuestión fue hallada por el Geólogo Roberto Ferello en el año 1953, en sedimentos de origen continental de la zona comprendida entre los lagos Musters y Colhue Huapi, al sur de la Provincia de Chubut. Hoy sabemos que esta vértebra pertenece al Ofidio (Serpientes y víboras) más grande de todos los tiempos. Calculamos después de hacer varias comparaciones con especies vivientes y extinguidas, este enorme animal midió unos 20 metros de largo.

Su cráneo tuve que medir unos 70 centímetros, con lo que la abertura bucal le permitía engullir presas de más de un metro de circunferencia, como los Astrapotherios y otros Notoungulados de la época.
Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/mioceno.htm