sábado, 22 de agosto de 2026

Las plantas que sobrevivieron al tiempo: la paleobotánica reconstruye la historia de la vida en Argentina

 



Mucho antes de los bosques y paisajes que conocemos hoy, el territorio argentino estuvo cubierto por plantas muy diferentes. Hojas, troncos, semillas, polen y flores quedaron atrapados en las rocas y hoy permiten reconstruir millones de años de evolución, cambios climáticos y transformaciones de los continentes.

Cuando se habla de paleontología, la imagen que suele aparecer es la de un dinosaurio, un mamífero gigante o algún otro animal prehistórico. Sin embargo, existe otra parte fundamental del registro fósil que resulta mucho menos conocida: las plantas que vivieron en el pasado.

La paleobotánica es la disciplina que estudia los restos fósiles de los vegetales y utiliza esa información para reconstruir los antiguos ambientes, los cambios climáticos y la evolución de los ecosistemas. Su importancia es enorme: las plantas constituyen la base de las cadenas alimentarias terrestres y su presencia, distribución y diversidad permiten conocer cómo era un paisaje hace millones de años.

En Argentina, el registro paleobotánico ofrece una extraordinaria ventana hacia ese pasado. Desde organismos que vivieron hace cientos de millones de años hasta las antiguas floras de la Patagonia, los fósiles vegetales permiten descubrir que el territorio que hoy conocemos estuvo sometido a profundas transformaciones ambientales.

Las plantas no suelen fosilizarse de la misma manera que los animales. En muchos casos, lo que llega hasta nuestros días son impresiones de hojas, restos carbonizados, fragmentos de madera, semillas, frutos, polen o tejidos mineralizados.

Encontrar una planta completa es excepcional. Lo habitual es descubrir diferentes partes del organismo dispersas en las rocas, lo que convierte a la paleobotánica en una verdadera investigación detectivesca: los científicos deben determinar qué restos pertenecieron a una misma planta y qué características permiten identificarla y relacionarla con especies conocidas.

Entre los fósiles vegetales pueden encontrarse impresiones y compresiones, moldes y contramoldes, permineralizaciones, petrificaciones, restos carbonizados, ámbar y copal, además de polen y esporas. Una hoja puede revelar la forma de una planta; un tronco, su estructura; una semilla, sus estrategias reproductivas; y diminutos granos de polen pueden indicar qué vegetación crecía en un determinado ambiente.

El registro paleobotánico argentino permite recorrer una historia que se extiende durante cientos de millones de años. Entre los ejemplos mencionados por PaleoArgentina Web se encuentra Prototaxites, un organismo gigantesco del Silúrico y Devónico, que habría alcanzado varios metros de altura en un mundo donde las plantas terrestres todavía eran de dimensiones mucho menores.

Con el paso del tiempo aparecieron y se diversificaron nuevos grupos vegetales. Durante el Paleozoico se desarrollaron grandes plantas que formaron extensos ambientes boscosos, mientras que durante el Mesozoico las gimnospermas —entre ellas las coníferas, ginkgoales y cícadas— tuvieron una enorme importancia en los ecosistemas terrestres.

 

Los fósiles de géneros como Baiera, relacionados con las ginkgoales, constituyen otro testimonio de aquellas antiguas floras. En Argentina se han recuperado ejemplares en diferentes localidades de Mendoza y Neuquén. También existen registros extraordinarios del Jurásico. Entre ellos se encuentra Equisetum thermale, una planta que habitó ambientes geotermales de la actual provincia de Santa Cruz hace aproximadamente 150 millones de años.

Quizás uno de los mayores aportes de la paleobotánica argentina se encuentra en la Patagonia. Hoy gran parte de la región está asociada con estepas, ambientes áridos y bajas temperaturas. Pero el registro fósil demuestra que la Patagonia tuvo en el pasado paisajes radicalmente diferentes. Uno de los ejemplos más extraordinarios es Laguna del Hunco, en el noroeste de Chubut. Allí se preservó una excepcional asociación de plantas y animales del Eoceno, de aproximadamente 52 millones de años.

Los fósiles encontrados en este yacimiento muestran que aquella Patagonia presentaba condiciones mucho más cálidas y húmedas que las actuales. La diversidad vegetal registrada allí constituye una de las evidencias más importantes para comprender cómo eran los antiguos ecosistemas australes. Entre sus hallazgos aparecen plantas relacionadas con grupos que actualmente viven a miles de kilómetros de distancia, en regiones como Australia y el sudeste asiático.

Los fósiles vegetales ayudan a reconstruir la antigua distribución de los continentes y permiten comprender cómo los cambios geológicos y climáticos modificaron la distribución de las especies.

Algunos descubrimientos resultan especialmente sorprendentes. En los depósitos patagónicos se han encontrado fósiles relacionados con casuarinas, eucaliptos, fagáceas y otras plantas que hoy forman parte de ambientes muy diferentes.

El registro de Castanopsis en Laguna del Hunco, por ejemplo, aporta evidencias sobre antiguas conexiones biogeográficas entre Patagonia y Australasia. Durante el Eoceno, Sudamérica y la Antártida todavía mantenían una configuración continental muy diferente de la actual, y la Antártida podía funcionar como un puente para la dispersión de organismos. Otros hallazgos, como los de plantas de la familia de las Rhamnaceae o fósiles relacionados con las actuales casuarinas, permiten reconstruir con mayor precisión aquella vegetación perdida.

La paleobotánica también permite conocer la historia de las plantas con flores. Las angiospermas aparecieron durante el Cretácico y posteriormente experimentaron una importante diversificación. Durante el Cenozoico se convirtieron en uno de los principales componentes de los ecosistemas terrestres. En Argentina se han descubierto fósiles que ayudan a reconstruir esa historia. Entre ellos se encuentran flores, frutos, semillas, hojas y granos de polen preservados en diferentes formaciones geológicas.

Uno de los ejemplos destacados es el hallazgo de fósiles de aproximadamente 64 millones de años correspondientes a la familia de las Rhamnaceae, provenientes de la Formación Salamanca, en Chubut.

 

También se han estudiado fósiles de plantas relacionadas con las actuales familias de las solanáceas y cunoniáceas, aportando información sobre la evolución y distribución de grupos vegetales que continúan existiendo en la actualidad.

La presencia de determinadas especies, la estructura de sus hojas, la cantidad de polen encontrado en un sedimento o la asociación de diferentes grupos vegetales pueden proporcionar información sobre la temperatura, la humedad y las características de un antiguo ecosistema.

El análisis de las floras fósiles permite reconstruir antiguos bosques, humedales, estepas y ambientes costeros, pero también comprender cómo respondieron los organismos frente a grandes cambios climáticos y geológicos.

Durante el siglo XIX, naturalistas como Félix de Azara, Alcide d'Orbigny, Charles Darwin y Hermann Burmeister realizaron observaciones relacionadas con plantas fósiles. Más tarde, investigadores como Francisco P. Moreno, Ramón Lista y Jorge Fontana también contribuyeron al conocimiento del territorio argentino y sus fósiles. Durante el siglo XX adquirieron especial relevancia figuras como Federico Kurtz, Joaquín Frenguelli y Egidio Feruglio. Posteriormente, investigadores como Alberto Castellanos, Pedro Stipanicic, Carlos A. Menéndez, María Bonetti, Sergio Archangelsky y Juan Carlos Gamerro contribuyeron decisivamente al desarrollo de la paleobotánica argentina. A partir de ese proceso, la disciplina se consolidó y Argentina pasó a ocupar un lugar destacado en el estudio de las floras fósiles del hemisferio sur.

Una hoja fósil puede revelar la existencia de un antiguo bosque. Un grano de polen puede indicar qué plantas crecían en un determinado lugar. Un tronco mineralizado puede mostrar la estructura de un árbol desaparecido hace millones de años. Y una asociación de diferentes especies puede permitir reconstruir un ecosistema completo. La paleobotánica demuestra así que la historia de la Tierra no está escrita solamente en los huesos de los animales. También está escrita en las hojas, las semillas, los troncos, las flores y el polen que quedaron preservados durante millones de años.

Argentina posee una extraordinaria riqueza en este patrimonio. Desde los antiguos ambientes paleozoicos hasta las exuberantes floras de la Patagonia del Cenozoico, sus fósiles vegetales permiten viajar por cientos de millones de años y descubrir un país que, en muchos casos, resulta irreconocible frente al paisaje actual.

Conocer esa historia es también comprender cómo cambiaron los ecosistemas, el clima y la vida en nuestro planeta.

Para conocer el contenido completo y recorrer la colección de fósiles vegetales presentada por PaleoBotánica – PaleoArgentina Web; http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/paleobotanica.htm