jueves, 9 de julio de 2026

Chelonoidis gringorum, una tortuga del Mioceno de Patagonia.


 

En el Mioceno Inferior de Patagonia fue hallada una tortuga de gran tamaño, llamada Chelonoidis gringorum probablemente precursora de Chelonoidis chilensis, también fósil en los depósitos pleistocénicos de Córdoba. Otros dos taxa, muy cercanos a Chelonoidis chilensisChelonoidis donosobarrosi y  Chelonoidis petersi (vivientes). 

Rasgo sobresaliente del orden Testudines, es la presencia de una envoltura externa de consistencia variable, vulgarmente conocida como caparazón o concha, en íntimo contacto con el eje vertebral del esqueleto y constituida por una porción ósea profunda recubierta por láminas o placas córneas dérmicas. Integran el caparazón, dorsalmente el denominado carapax, ventralmente el plastrón, unidos lateralmente por una conexión, o puente, y ambos formados por huesos aplanados, articulados entre ellos mediante suturas apareciendo proyectados hacia el exterior los marginales, como aleros de un tejado. Resulta así asegurada la notoria solidez estructural del caparazón. 

Estas tortugas marcan su permanente presencia en áreas relativamente boscosas, cerca de algarrobos, grandes cactus, etc, determinando restringidos espacios de abrigo casi libre de vegetación. La alimentación estária constituida por frutos y hojas de cactáceas, cucurbitáceas, leguminosas, gramineas, etc. Fósiles de Chelonoidis gringorum provienen de afloramientos Terciarios de la Formación Sarmiento expuestos en la ribera sur del valle del río Chubut, entre Gaiman y Dolavon (Provincia de Chubut, Argentina). Estos ejemplares que se encuentran aquí, pertenecen al MEF.  Otras tortugas del Mioceno tuvieron amplia dispersión, con formas de robustas dimensiones como Geochelone (Chelonoidis) gallardoi en Catamarca.

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domingo, 5 de julio de 2026

Paleontología en el Continente Antártico.


Los estudios geológicos y paleontológicos demuestran que la Antártida no siempre fue un continente cubierto por hielo. Hace más de 100 millones de años, estaba rodeada por mares cálidos y presentaba un clima tropical que permitía el desarrollo de una abundante flora y fauna. Con el paso del tiempo, los cambios en la posición de los continentes, las corrientes oceánicas y el clima global provocaron un progresivo enfriamiento, hasta que la Antártida quedó cubierta por extensas capas de hielo, adquiriendo el aspecto congelado que conocemos en la actualidad. Esta transformación forma parte de más de 100 millones de años de historia natural del continente.

La Antártida o Antartica, cuarto continente más grande del mundo, situado casi en su totalidad al sur de los 66°30’ latitud S (el círculo polar antártico), que rodea al polo sur. En general, su forma es circular con un largo brazo —la península Antártica—, que se prolonga hacia América del Sur, y dos grandes escotaduras, los mares de Ross y Weddell y sus plataformas de hielo. Su extensión total es de aproximadamente 14,2 millones de km2 en verano. Durante el invierno, la Antártida dobla su tamaño a causa de la gran cantidad de hielo marino que se forma en su periferia. El verdadero límite de la Antártida no es el litoral del continente en sí mismo, sino la Convergencia Antártica, que es una zona claramente definida en el extremo sur de los océanos Atlántico, Índico y Pacífico, entre los 48° y los 60° latitud S. En este punto, las corrientes frías que fluyen hacia el Norte desde la Antártida se mezclan con corrientes más cálidas en dirección Sur. La Convergencia Antártica marca una clara diferencia física en los océanos. Por estas razones el agua que rodea al continente antártico se considera un océano en sí mismo, a menudo llamado océano Glacial Antártico o Meridional.

Hasta los años 80, Australia había producido pocos dinosaurios, y no había venido ninguno de Nueva Zelanda o Antártida. Había varias explicaciones para que las rocas portadoras de fósiles fueran difíciles de encontrar. Las llanuras y las erosiones destruyen muchos fósiles mesozoicos en Australia, las rocas volcánicas ocupan gran parte de Nueva Zelanda, y una inmensa placa de hielo cubre la Antártida. Todavía no sabemos cómo los dinosaurios habitaron estas tres partes de Pangea, teniendo en cuenta que el continente estaba dividido en once partes.

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domingo, 28 de junio de 2026

Neolicaphrium recens, uno de los últimos proteroterios en el Pleistoceno.

 


Se trata de un mamífero de pequeño tamaño, superficialmente similar a los caballos actuales pero sin parentesco alguno, perteneciente a la familia de los proteroteríidos, un linaje muy primitivo originado en América del Sur. Durante cerca de 50 millones de años de relativo aislamiento, los mamíferos sudamericano-antárticos evolucionaron en un verdadero continente-isla, dando lugar a formas únicas como Neolicaphrium recens, el último representante conocido de los proteroteríidos. La expansión de las planicies abiertas en gran parte del continente sudamericano favoreció la evolución de animales corredores de estructura liviana; los primeros proteroterios presentaban un dedo central muy desarrollado en cada pie y dos laterales reducidos que apenas tocaban el suelo, una condición comparable a la observada en las patas traseras de los jabalíes actuales. Estos pequeños “falsos caballos” eran gráciles, de dorso relativamente corto y extremidades alargadas con pezuñas; el cráneo mostraba un rostro no particularmente alargado y ojos grandes, recordando más a gacelas u otros herbívoros pequeños o medianos que a los caballos modernos. Las proporciones de sus miembros sugieren que habitaban ambientes más boscosos, lo que permite realizar inferencias paleoambientales y paleoclimáticas. Recientemente se dio a conocer la presencia del género Neolicaphrium en sedimentos del Pleistoceno de Termas de Río Hondo, en la provincia de Santiago del Estero, donde previamente ya se había registrado parte de un esqueleto de otro proteroterio en niveles Mio-pliocenos; además, se conocen escasos restos de Neolicaphrium procedentes del Pleistoceno de Corrientes, Córdoba, Santa Fe y Uruguay.

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viernes, 26 de junio de 2026

El cerebro del Megaraptor revela nuevos secretos sobre uno de los grandes depredadores de la Patagonia.

 



Durante millones de años, el cerebro del Megaraptor permaneció oculto para la ciencia. Aunque sus restos fósiles han permitido conocer gran parte de su anatomía, recién en la actualidad las técnicas de reconstrucción digital hicieron posible revelar cómo eran algunas de las estructuras responsables del equilibrio, la coordinación, la audición y la orientación de este formidable cazador de la Patagonia cretácica.

Un estudio liderado por la Dra. Ariana Paulina-Carabajal, del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA, CONICET-Universidad Nacional del Comahue), y el Dr. Juan Porfiri, del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional del Comahue, en colaboración con el Museo Paleontológico Bariloche, el Museo del Desierto Patagónico de Añelo y el Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IITCI, CONICET-UNCo), logró reconstruir digitalmente el interior del cráneo de Megaraptor, revelando detalles inéditos sobre sus capacidades sensoriales y su comportamiento como depredador.

Megaraptor fue un dinosaurio carnívoro que habitó la Patagonia hace aproximadamente 90 millones de años, durante el Cretácico Superior. Alcanzaba entre 7 y 8 metros de longitud y poseía un cráneo largo y bajo, de unos 80 centímetros, armado con dientes comprimidos y curvados hacia atrás, ideales para sujetar y desgarrar a sus presas. Sin embargo, su rasgo más distintivo eran las enormes garras de las manos, que superaban los 40 centímetros de longitud y constituían sus principales armas de caza. Integraba la familia Megaraptoridae, junto a otros dinosaurios patagónicos como Murusraptor, Tratayenia, Joaquinraptor, Maip, Aerosteon y Orkoraptor.

Para desarrollar esta investigación, los científicos emplearon microtomografías computadas de alta resolución, que permitieron obtener imágenes del interior del cráneo sin dañar los fósiles. Mediante estas reconstrucciones tridimensionales pudieron analizar la cavidad endocraneana y el oído interno, estructuras que permanecieron inaccesibles durante casi noventa millones de años.

Los resultados revelaron que Megaraptor combinaba características anatómicas primitivas con otras altamente especializadas. Si bien presentaba hemisferios cerebrales relativamente pequeños y bulbos olfatorios poco desarrollados, poseía un cerebelo voluminoso y un oído interno muy desarrollado, rasgos asociados con una excelente coordinación motora, un preciso control del equilibrio y una gran estabilidad durante movimientos rápidos. Estas características sugieren que era un depredador ágil, con capacidades auditivas comparables a las de otros terópodos cazadores, como Velociraptor.

El estudio también aporta nueva información sobre la posición evolutiva de los megaraptóridos. La compleja red de cavidades neumáticas presentes en el cráneo refuerza la hipótesis de que este grupo estaba más estrechamente relacionado con los celurosaurios que con los grandes carcharodontosaurios o alosauroideos, una cuestión que durante décadas fue objeto de intenso debate entre los paleontólogos.

Esta investigación no solo permite reconstruir con mayor precisión la anatomía de uno de los grandes depredadores del Cretácico sudamericano, sino que también ofrece una valiosa ventana a la evolución del sistema nervioso y de los sentidos en los dinosaurios. Gracias al trabajo conjunto de instituciones científicas argentinas y al empleo de tecnologías de última generación, hoy sabemos que Megaraptor fue mucho más que un gigantesco carnívoro armado con enormes garras: fue un cazador dotado de un sofisticado sistema sensorial, perfectamente adaptado para dominar los ecosistemas patagónicos de hace 90 millones de años.

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jueves, 25 de junio de 2026

Hallan el cráneo de Kawanectes lafquenianus, un reptil que vivió en la Patagonia durante el final del Cretácico.

 




Un investigador del CONICET La Plata participó del hallazgo y posterior estudio de los restos del animal, que convivió y se extinguió junto a los dinosaurios. El descubrimiento aporta, además, nuevas pistas sobre los sitios de origen de ciertas especies

Aparecieron en febrero de 2024 en la formación geológica La Colonia, en Chubut, durante una salida de campo organizada por el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) ubicado en Trelew, y financiada por la revista National Geographic. Aunque no eran los primeros restos de esta especie extinta de reptil marino aparecidos en esa área, sí tenían una característica excepcional: el cráneo estaba prácticamente completo. El hallazgo y descripción de este nuevo ejemplar de Kawanectes lafquenianus, junto a datos que no se conocían sobre su historia evolutiva y el ambiente que habitaba se publican hoy en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology.

Kawanectes lafquenianus, es una especie de plesiosaurio, un grupo de reptiles marinos que llegaron a dominar todos los mares del planeta. Aunque no eran dinosaurios, convivieron con ellos entre comienzos del período Jurásico y finales del Cretácico, es decir entre 200 y 66 millones de años atrás. En este caso, los restos fósiles encontrados corresponden a un individuo que vivió en la última parte de ese lapso, ya que allí lo ubican los análisis de datación realizados, muy cerca temporalmente del momento en que ocurrió la extinción masiva de los gigantes prehistóricos.

El cráneo preservado –que se encuentra en la colección del MEF– mide 22,5 centímetros y se estima que el animal habría alcanzado unos cuatro metros de longitud total, pequeño comparado con otros de su tipo. “Se trata de un plesiosaurio enano adaptado a la vida en los estuarios y mares restringidos de Patagonia durante el Cretácico Tardío. Estos reptiles nadaban con cuatro grandes aletas y podían tener cuellos extraordinariamente largos”, cuenta José O’Gorman, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) y primer autor del trabajo.

Concretamente, Kawanectes lafquenianus, pertenece a la familia Elasmosauridae, los plesiosaurios de cuello más largo y, dentro de ella, al grupo Weddellonectia, que habitaron los mares del sur y que al momento de su extinción ya se habían extendido hasta zonas tan lejanas como la actual California. “Estudiar estos animales permite reconstruir cómo eran los ambientes marinos del pasado, de qué manera respondieron sus ecosistemas a los grandes cambios climáticos y geológicos de la época, y qué rutas siguieron las especies para dispersarse por el planeta”, señala Franco Aspromonte, becario del CONICET en la FCNyM y también autor de la publicación.

Entre 100 y 66 millones de años atrás, el mundo era muy diferente a como es hoy: el sur de Sudamérica, la Antártida occidental y Nueva Zelanda formaban una región climática y biogeográfica conocida como la Provincia Weddelliana. “El Atlántico Sur era mucho más angosto y con aguas más cálidas. Además, al no estar la Antártida completamente aislada, las corrientes marinas conectaban estos lugares entre sí”, describe O’Gorman, al tiempo que Aspromonte añade: “Kawanectes lafquenianus, y su pariente más cercano, Vegasaurus molyi, hallado en la isla Vega, localizada en las costas dela península antártica, son un ejemplo perfecto de esa conexión: dos especies cercanas en el árbol evolutivo que coexisten, pero en diferentes continentes”.

Este vínculo paleontológico entre Patagonia y la Antártida –afirma el trabajo–, no es casual, sino todo lo contrario: refleja que ambas regiones comparten una historia biogeográfica común. “La biodiversidad fósil del continente blanco y la del sur de la Argentina son parte del mismo capítulo de la historia de la vida, y el análisis de este nuevo espécimen refuerza la importancia de los registros de ambos sitios para entender la evolución de los plesiosaurios del hemisferio sur, al tiempo que subraya la continuidad geológica e histórica entre ambos territorios”, añade O’Gorman.

Además del hallazgo en sí mismo, la investigación también arroja información novedosa acerca del centro de origen de la especie estudiada. “Para reconstruir el surgimiento y los modos y lugares de dispersión de los grupos de animales, utilizamos modelos estadísticos de biogeografía histórica que analizan la distribución de los fósiles en el árbol evolutivo”, explica el investigador, y comenta que los resultados obtenidos apuntan a que la familia Elasmosauridae habría tenido su origen en el Mar Interior Occidental, un antiguo cuerpo de agua que dividía Norteamérica de norte a sur durante el Cretácico, desde donde luego los distintos linajes se moverían hacia otras diversas regiones.

Según este análisis, el grupo al que pertenece Kawanectes, los Weddellonectia, habría surgido en el sur de Sudamérica, con lo cual esta parte del mundo no habría sido solo su hogar, sino el centro de origen de varios de los linajes más representativos de la época. “Este hecho convierte a la Patagonia en una pieza clave para entender la historia evolutiva y biogeográfica de los grandes reptiles marinos en la última etapa antes de la gran extinción, evidenciado que fue cuna de una fauna extraordinariamente diversa: donde los plesiosaurios convivieron con tortugas, serpientes, dinosaurios no avianos, aves primitivas y mamíferos tempranos. Se trata de una ventana única hacia el ecosistema patagónico justo antes del gran cataclismo”, concluyen los expertos.

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miércoles, 24 de junio de 2026

Pindocarpon chichinalensis, una nueva especie de palmera del Mioceno de la Patagonia Argentina.




Un estudio realizado por especialistas del CONICET describe un nuevo género y especie de palmera a partir de fósiles encontrados en Río Negro. La abundancia de frutos y semillas preservados sugiere la existencia de extensos palmares en la región hace unos 20 millones de años.

Las palmeras pueden desarrollar una amplia variedad de formas y tamaños de frutos. Entre ellas, las especies de la tribu Cocoseae, poseen características diagnósticas evidentes: la presencia de tres "ojos" o poros de germinación en la base del fruto, probablemente mejor conocida por la especie monotípica actual, Cocos nucifera, de amplio uso y distribución. Según los especialistas, existe poco consenso sobre la historia biogeográfica de las palmeras Cocoseae, ya que hay pocos registros fósiles previos a nivel mundial.

El sector conocido como Valle de la Luna Amarillo, en el Área Natural Protegida Paso Córdoba en la provincia de Río Negro, atesora una diversidad de plantas, mamíferos y aves fósiles en estratos del Mioceno Inferior (con una edad de alrededor de 20 millones de años), que forman parte de la sección basal de la Formación Chichinales. Es precisamente en estos niveles que se han hallado notables acumulaciones de frutos y semillas petrificados de palmeras en excelente estado de preservación. Allí, especialistas del IIPG (CONICET-UNRN) y del INIBIOMA (CONICET-UNCo), presentaron un nuevo registro fósil de frutos de palmera basado en estudios anatómicos de más de 30 especímenes. Estos resultados fueron publicados en la revista especializada American Journal of Botany.

“El interés de estos nuevos hallazgos fósiles reside, por un lado, en el hecho de sumar valiosa información para comprender la historia evolutiva de las palmeras en particular y de las paleocomunidades vegetales sudamericanas y el contexto paleoclimático en que se desarrollaron durante el Cenozoico. Y por otro lado, en el hecho de expandir el conocimiento de un área de interés turístico y patrimonial como es el Área Natural Protegida Paso Córdoba”, expresa Luciana Muci del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG, CONICET-UNRN), y primera autora de la publicación. De este estudio también participaron los investigadores Mauro Passalia y Ari Iglesias (INIBIOMA, CONICET-UNCo).

Los detalles anatómicos de estos frutos fósiles fueron estudiados mediante cortes delgados observados al microscopio óptico y de epifluorescencia, además de microtomografías de rayos X. A partir de estas observaciones, y su comparación con frutos de palmeras actuales, los frutos petrificados fueron asignados a un nuevo género y especie (Pindocarpon chichinalensis) dentro de la subtribu Attaleinae (tribu Cocoseae, subfamilia Arecoideae). Además, la presencia de una característica inusual en la pared del fruto fósil sugiere una estrecha relación anatómica con la palmera actual sudamericana Syagrus romanzoffiana (conocida como palmera pindó).

Muci explica que el nuevo taxón descripto se destaca de otros registros previos “por ser uno de los frutos fósiles mejor conservados de palmeras de la tribu Cocoseae a nivel mundial y constituir el primer registro fósil inequívoco de la subtribu Attaleinae en el sur de Sudamérica”. Y añade: “Además, representa el registro más austral para esta subtribu en Sudamérica, sugiriendo que condiciones climáticas subtropicales se extendieron hasta el norte de la Patagonia al menos hasta el Mioceno temprano”.

De acuerdo al equipo de investigación, Muci, Passalia e Iglesias, la altísima concentración (de cientos a miles) de estos frutos y semillas en estratos de la sección basal de la Formación Chichinales y su amplia distribución en el área de estudio permiten interpretar la presencia de una comunidad de palmerales (palmar). Por otro lado, el hallazgo previo de grandes aves corredoras extintas (fororrácidos) en la paleocomunidad de Chichinales sugiere el desarrollo de una vegetación relativamente abierta, en donde la comunidad arbórea, dominada por palmeras, constituyó parches boscosos, como en las sabanas actuales. Fuente: Conicet.

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lunes, 22 de junio de 2026

Río Negro protege un nuevo hallazgo de bosques petrificados del Eoceno.


Tras la identificación de tres nuevos sitios paleontológicos con restos de bosques petrificados en un área rural cercana a Pilcaniyeu, la Secretaría de Cultura de Río Negro, a través de la Dirección de Patrimonio y Museos, llevó adelante un procedimiento de verificación, documentación y resguardo patrimonial para garantizar la preservación de los hallazgos y avanzar en su estudio científico.

La intervención se enmarca en el Plan Provincial de Conservación, Investigación del Patrimonio Cultural y Natural, una política impulsada por la Secretaría de Cultura orientada a fortalecer la identificación, protección y puesta en valor del patrimonio arqueológico, paleontológico e histórico presente en el territorio rionegrino.

En este marco, la Dirección de Patrimonio y Museos actúa como autoridad de aplicación y órgano de control en materia patrimonial, conforme a la legislación vigente, interviniendo en los procedimientos vinculados a hallazgos, protección, resguardo e investigación de bienes patrimoniales en toda la provincia.

El procedimiento se inició luego de que el propietario de un establecimiento rural informó sobre la presencia de posibles restos fósiles. En cumplimiento de las normativas provinciales de protección patrimonial, la Dirección de Patrimonio y Museos tomó intervención como autoridad competente, autorizando una prospección en el lugar para verificar el hallazgo y determinar su relevancia científica y patrimonial.

Las tareas se llevaron adelante de manera conjunta entre la Dirección de Patrimonio y Museos, la Patrulla Ambiental del Escuadrón 34 Bariloche de Gendarmería Nacional, personal del Centro Educativo de Perfeccionamiento Específico Bariloche y especialistas de la Asociación Paleontológica de Bariloche.

Durante la inspección se identificaron tres sitios paleontológicos distintos con presencia de más de trece ejemplares de árboles petrificados pertenecientes a especies de coníferas y angiospermas, con una antigüedad estimada en alrededor de 50 millones de años, correspondientes al período Eoceno.

El Director de Patrimonio y Museos, Pablo Chafrat, destacó que “este hallazgo representa una importante oportunidad para ampliar el conocimiento sobre la historia natural de Río Negro y pone en evidencia la enorme riqueza patrimonial que conserva nuestro territorio”.

Asimismo, señaló que “la protección de estos bienes es posible gracias al trabajo articulado entre organismos públicos, instituciones científicas y la comunidad, que cumple un rol fundamental al informar este tipo de descubrimientos para que puedan ser evaluados y preservados de acuerdo con la normativa vigente”.

Como parte del procedimiento, los profesionales intervinientes realizaron el levantamiento de muestras para su análisis científico aplicando los protocolos de conservación y traslado de restos fósiles. El material fue derivado al Museo Paleontológico de Bariloche, donde permanecerá bajo resguardo para su estudio y evaluación.

“Cada nuevo hallazgo fortalece el trabajo que venimos desarrollando para identificar, proteger y poner en valor el patrimonio cultural y natural de Río Negro. Nuestro objetivo es que estos bienes sean conservados, investigados y transmitidos a las futuras generaciones como parte de la identidad de la provincia y que sea un activo estratégico y un motor para el desarrollo económico”, concluyó Chafrat.

La actuación se desarrolló conforme a lo establecido por la Ley Provincial 3041 de Protección del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico.

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sábado, 20 de junio de 2026

Antusuchus rionegrinus, un nuevo cocodrilo en el Cretácico de Rio Negro.

 



Se realizó en La Buitrera, uno de los yacimientos paleontológicos más importantes de la Patagonia. La nueva especie, bautizada Antusuchus rionegrinus, aporta pistas sobre la evolución de antiguos depredadores que habitaron los desiertos del Cretácico.

Un equipo de investigadores argentinos identificó una nueva especie de cocodrilo fósil que habitó el norte de la Patagonia hace más de 100 millones de años. El hallazgo se produjo en el Área Paleontológica La Buitrera, en Río Negro, y fue publicado recientemente en la revista científica Historical Biology. El descubrimiento confirma a la Patagonia como uno de los sitios más relevantes del país para la paleontología, con proyección nacional e internacional.

La especie fue bautizada como Antusuchus rionegrinus y representa un nuevo integrante de los peirosáuridos, un grupo de cocodrilos terrestres depredadores que se distribuyó ampliamente por los continentes australes durante la era de los dinosaurios.

La investigación fue liderada por la doctora María Lucila Fernández Dumont, de la Fundación Azara, y se apoya en más de dos décadas de trabajos científicos desarrollados en La Buitrera por el equipo encabezado por el paleontólogo Sebastián Apesteguía (en la foto con una reconstrucción).

A diferencia de los cocodrilos actuales, asociados a ambientes acuáticos, Antusuchus rionegrinus estaba adaptado a la vida en tierra firme. Los investigadores estiman que tenía el tamaño aproximado de un perro mediano y que ocupaba el rol de depredador en un ecosistema dominado por dunas y condiciones áridas.

Hace unos 100 millones de años, el paisaje de la región era muy diferente al actual. Donde hoy se extienden Río Negro y Neuquén existía un enorme desierto de dunas móviles conocido como Desierto de Kokorkom, un ambiente cálido y seco en el que convivían algunos de los dinosaurios más grandes que habitaron la Tierra.

Los fósiles fueron hallados en cercanías de La Piedra Sola y corresponden a dos ejemplares. Para su estudio se utilizaron técnicas de preparación mecánica, tomografías computadas de alta resolución y microscopía electrónica, herramientas que permitieron analizar estructuras internas sin dañar el material.

La Buitrera continúa revelando especies desconocidas y consolidándose como uno de los sitios más relevantes del país para el estudio de la vida prehistórica. (Fundación Azara)

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lunes, 15 de junio de 2026

Hallan un curioso resto fósil de Lestodon armatus, en el Pleistoceno de San Pedro.

 



El Grupo Conservacionista de Fósiles de San Pedro logró recuperar una pieza ósea extremadamente rara perteneciente al sistema de sujeción de la lengua de un Lestodon armatus. Se trata del primer registro de estas características para la especie en Argentina y uno de los pocos antecedentes conocidos en Sudamérica.

Un equipo de especialistas del Museo Paleontológico “Fray Manuel de Torres”, de San Pedro, realizó un hallazgo inédito en la paleontología argentina: el primer hueso hioides fósil identificado de un perezoso gigante (Lestodon armatus) en el país.

Se trata de una pieza de aproximadamente 16 centímetros de longitud, correspondiente al aparato hioideo de un perezoso terrestre que habitó la región bonaerense hace cerca de 200 mil años. El material fue recuperado en un contexto geológico fluvial y presenta un estado de conservación excepcional.

La importancia del descubrimiento radica en la extrema rareza de este tipo de estructuras en el registro fósil. El hueso hioides suele desarticularse y deteriorarse con rapidez tras la muerte del animal debido a su fragilidad, lo que reduce notablemente sus posibilidades de fosilización.

En este caso, se trata de la primera vez que se registra una pieza de estas características atribuida a un ejemplar de Lestodon armatus en Argentina, lo que convierte al hallazgo en un aporte relevante para el estudio de la megafauna pleistocena.

El aparato hioideo está compuesto por pequeños huesos articulados entre sí y conectados con la base del cráneo. Su función principal es sostener la lengua y participar en procesos vinculados a la alimentación y la vocalización.

El ejemplar recuperado corresponde a un individuo adulto y se encuentra en condiciones de preservación que permiten su análisis detallado, algo poco frecuente en este tipo de restos.

El fósil fue hallado en Campo Spósito, un yacimiento de origen fluvial ubicado en la zona de San Pedro, provincia de Buenos Aires. Este sitio, identificado en 2001 por el equipo del museo, pertenece a tierras de una familia local que dio nombre al lugar.

Se estima que los sedimentos del área tienen una antigüedad cercana a los 200 mil años, lo que lo convierte en un espacio clave para el estudio de fauna extinta de la región.

Una vez finalizados los trabajos de análisis y conservación, el hueso hioides pasará a integrar la colección permanente del Museo Paleontológico “Fray Manuel de Torres”, donde quedará disponible para su exhibición y estudio científico.

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miércoles, 10 de junio de 2026

Shakajlura riojanensis, un antecesor de los cocodrilos del Triásico Tardío de Talampaya, La Rioja.




 

Argentina es un lugar espléndido para los descubrimientos paleontológicos y ello no constituye ninguna novedad. Lo que sí llama la atención, en este caso, es que el descubrimiento convoca a un pasado muy remoto, más que de costumbre.

Un equipo de científicos y científicas del Conicet halló, en La Rioja, al antecesor del cocodrilo, que se paseó por el noroeste del país hace 237 millones de años y se ubicó como uno de los depredadores más temibles. Antes de que los dinosaurios se parasen en la cima de la cadena alimenticia, especies como la descubierta se floreaban como los grandes cazadores del lugar. El hallazgo arroja nuevas pistas sobre cómo era la vida en aquel tiempo y ayuda a entender cómo un estudio del pasado puede contribuir a comprender los comportamientos de las especies del presente.

Precisamente, la especie habitó la actual región de Talampaya, específicamente en la Formación Chañares. Se estima que midió seis metros de largo y que su cráneo alcanzaba los 60 centímetros. Durante mucho tiempo se mantuvo esquivo a la observación y al trabajo de los paleontólogos. Lo bautizaron “Shakajlura riojanensis”, que quiere decir “lagarto bendito de La Rioja” y los detalles de su reporte fueron difundidos en la revista del rubro Papers in Palaeontology.

Julia Desojo, investigadora del Conicet en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, es una de las autoras del trabajo. En diálogo con Página 12, amplía: "Este reptil es la figurita difícil. Al ser un carnívoro que está al tope de la cadena alimenticia compone el elenco de los menos abundantes y de los más complicados de encontrar en el campo“.

Aunque el hallazgo se comunica en el presente porque los científicos aguardaron a la publicación del trabajo en una revista de interés, el proyecto en el que efectivamente sucedió el descubrimiento comenzó tiempo atrás. De hecho, el grupo interdisciplinario de investigadores trabaja en la zona desde 2011, y Shakajlura riojanensis fue identificado durante dos campañas sucesivas que se produjeron entre 2017 y 2018 en el Parque Nacional Talampaya.

En aquella ocasión, según refieren los investigadores del Conicet, pudieron dar con huesos del cráneo y con otros pertenecientes a su cintura. Sobre esto, la científica del Conicet detalla: “Somos un grupo de paleontólogos, geólogos y técnicos, que estamos por la zona desde 2011. En 2017 hallamos a la especie y luego fuimos nuevamente unos meses después para poder terminar de extraer el material del hallazgo”.

Dentro de los aspectos más destacables, Shakajlura se caracteriza por poca ornamentación maxilar (el hueso de la quijada que lleva los dientes) y por poseer un hueso de la mandíbula con una forma distintiva, de carácter prearticular y calibrada para la caza. Reviste de un valor particular poder conocer la arquitectura ornamental de estas bestias remotas porque ha sido tan hegemónico el estudio de los dinosaurios que es muy poco lo que se sabe de la vida en tiempos previos.

Desojo describe: “En la Formación Chañares conocíamos a este grupo de primos lejanos de los cocodrilos, gracias a una especie llamada Luperosuchus fractus, hallada por Alfred Romer, un científico estadounidense en 1960. En nuestro hallazgo, no solo encontramos elementos del cráneo, sino también del postcráneo”. Y continúa: “No tiene una nariz romana, esto quiere decir que sus nasales no están proyectados dorsalmente como una nariz. Los maxilares, que portan los dientes, no están ornamentados. Tiene características anatómicas del cráneo que se diferencian de lo previamente observado, por lo que para nosotros constituye una nueva especie“, refiere Desojo.

Hay que tener en cuenta que este reptil forma parte del grupo Paracrocodylomorpha, cuadrúpedos que podían llegar a medir 10 metros, y que poblaban la Tierra antes de que los grandes dinosaurios carnívoros realizaran su majestuosa aparición. De hecho, estos parientes lejanos de los cocodrilos no solo poblaban el planeta, sino que lo dominaban al ser depredadores eficaces. Y lo hicieron en una época de florecimiento, puntualmente en el Triásico, durante la Era Mesozoica, también conocida como la Edad de los reptiles, cuando todos los continentes formaban una enorme masa continental denominada Pangea.

La Rioja, y puntualmente Formación Chañares, congrega las miradas de la ciencia internacional porque, de manera reciente, ya se han identificado registros preciosos de mamíferos, cocodrilos y dinosaurios, así como de plantas y hongos. La especialista destaca: “Para el Triásico, La Rioja es un lugar súper reconocido y fructífero. El propio Romer que te comentaba antes se llevó un montón de fósiles de esa región; piezas que hoy están en Harvard. Con ayuda de la erosión que va socavando y gracias al ojo de los paleontólogos y de los equipos técnicos, continuamos de la mejor manera nuestro trabajo. Cada descubrimiento constituye una ventana a esta época del mundo“. Fuente: Pagina 12.

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