Una bajante extraordinaria del lago Mari Menuco permitió descubrir un conjunto excepcional de huellas fósiles de aves y grandes dinosaurios. El hallazgo, realizado inicialmente por un niño que recorría la costa, permitió recuperar un registro de gran importancia para conocer cómo eran los antiguos ambientes de la Patagonia durante el Cretácico.
Una inusual bajante del nivel de las aguas del lago Mari Menuco, en la provincia de Neuquén, dejó al descubierto un sector del terreno que normalmente permanece sumergido. Lo que parecía ser simplemente una modificación temporal del paisaje terminó revelando un verdadero tesoro paleontológico: numerosas huellas impresas en las antiguas superficies sedimentarias, entre ellas rastros atribuidos a aves y a grandes dinosaurios saurópodos.
El descubrimiento tuvo un componente tan sencillo como extraordinario. Un niño que recorría la costa durante la bajante observó unas marcas particulares sobre las rocas y dio aviso. La curiosidad permitió detectar un registro que, de otro modo, probablemente habría continuado oculto bajo las aguas del embalse.
Las huellas fósiles, conocidas técnicamente como icnitas, no son restos del cuerpo del animal, sino evidencias de su actividad. Una pisada conservada puede aportar información que muchas veces no aparece en los huesos: permite conocer cómo se desplazaba un animal, qué tipo de superficie transitaba e incluso reconstruir aspectos del ambiente en el que vivió.
La conservación de una huella requiere una combinación de circunstancias poco frecuentes. El animal debe caminar sobre un sedimento suficientemente blando como para dejar su impresión, pero con la consistencia adecuada para que esta no desaparezca inmediatamente. Posteriormente, el sedimento tiene que secarse o endurecerse y quedar rápidamente protegido por nuevos depósitos.
Durante millones de años, esas capas pueden permanecer enterradas hasta que procesos naturales, obras humanas o cambios excepcionales en el paisaje vuelven a exponerlas.
En Mari Menuco ocurrió precisamente esto. La bajante extraordinaria del embalse permitió acceder temporalmente a una superficie que durante buena parte del tiempo permanece cubierta por el agua.
La presencia conjunta de huellas de aves y de grandes saurópodos resulta especialmente interesante porque permite aproximarse a la composición de aquellos antiguos ecosistemas patagónicos. Los saurópodos fueron dinosaurios herbívoros de enormes dimensiones, caracterizados por sus largos cuellos y colas, mientras que las pequeñas huellas de aves representan otro componente de la fauna que habitaba aquellos paisajes.
Luego de comunicarse el hallazgo, se activaron los mecanismos destinados a proteger y documentar el patrimonio paleontológico. El trabajo de campo fue encabezado por los paleontólogos Juan Porfiri y Domenica Santos, investigadores y docentes vinculados al Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional del Comahue.
El operativo contó además con la participación de la Dirección de Patrimonio de la provincia de Neuquén, representada por Mateo Gutiérrez, junto con el especialista Federico Poblete y la estudiante de Geología Mercedes Di Lorenzo.
La intervención no se limitó a retirar los materiales. En paleontología, la documentación del contexto es fundamental: conocer exactamente dónde apareció un fósil, cómo estaba dispuesto y qué relación tenía con las capas sedimentarias permite obtener información científica que se perdería si el material fuera extraído sin registro.
Una vez finalizadas las tareas de rescate, los materiales recuperados fueron trasladados al Museo del Desierto Patagónico de Añelo, institución que mantiene un convenio de trabajo con la Universidad Nacional del Comahue y que continúa incorporando materiales procedentes de distintos sectores de la región.
Los yacimientos de huellas tienen un valor particular dentro de la paleontología. Un esqueleto puede revelar cómo era anatómicamente un animal, pero una superficie con numerosas pisadas puede contar parte de su historia de vida.
La orientación de las huellas, la distancia entre unas y otras, su tamaño y profundidad pueden utilizarse para estudiar desplazamientos y comportamientos. Incluso la presencia simultánea de diferentes tipos de rastros permite reconstruir una parte de la comunidad animal que habitó un determinado ambiente.
Por eso, cada icnita constituye mucho más que una simple marca sobre una roca: es el registro de un instante ocurrido hace millones de años.
El hallazgo de Mari Menuco demuestra además la importancia de permanecer atentos a los cambios del paisaje. En este caso, una circunstancia excepcional —la bajante del embalse— permitió acceder a una superficie que normalmente permanece fuera del alcance de los investigadores.
Y detrás del descubrimiento científico hubo algo todavía más elemental: la mirada curiosa de un niño que supo reconocer que aquellas marcas no eran simples irregularidades de la roca.
Hoy, esas huellas permiten abrir una nueva ventana hacia la Patagonia del Cretácico y recuperar fragmentos de una historia natural que permaneció escrita en las piedras durante millones de años.
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