En las rocas del norte de la Patagonia, donde hace millones de años caminaban algunos de los grandes depredadores del Cretácico, los fósiles todavía tienen historias por revelar. Una de ellas es la de Rinconraptor pipoae, un dinosaurio carnívoro de aproximadamente siete metros de longitud que acaba de incorporarse al registro científico y que lleva un nombre muy especial: el de María Laura Pipo, una joven paleobotánica que participó en la campaña en la que se recuperaron sus restos y que falleció en 2020, a los 30 años.
El homenaje une dos historias que transcurrieron en el ámbito de la investigación científica. Por un lado, la de un depredador prehistórico que habitó el actual territorio neuquino durante el Cretácico Superior. Por otro, la de una investigadora que dedicó su trabajo a estudiar las plantas del pasado y que, a través de su participación en una campaña paleontológica, contribuyó a reunir los materiales que permitieron reconocer una nueva especie.
La denominación científica, publicada en la revista internacional Palaeontologia Electronica, reconoce así la participación de Laura Pipo en el trabajo de campo y la huella que dejó entre sus compañeros. El nombre del género, Rinconraptor, hace referencia a Rincón de los Sauces, localidad cercana al lugar del hallazgo, mientras que pipoae constituye el homenaje a la científica.
Los primeros restos de este dinosaurio fueron encontrados en 2016 por integrantes del Museo Municipal Argentino Urquiza, de Rincón de los Sauces, durante una prospección en el área de Cerro Overo–La Invernada. Lo que comenzó como una búsqueda de otros fósiles terminó incorporando nuevos materiales al conocimiento de los dinosaurios carnívoros de la región. En campañas posteriores, un equipo interdisciplinario encabezado por el paleontólogo Leonardo Filippi avanzó en la recuperación de los restos y en su preparación para el estudio.
La historia de Laura se cruzó con la de este dinosaurio en noviembre de 2019, cuando participó de una de esas campañas. Para entonces, la científica desarrollaba su doctorado en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA-CONICET), en Bariloche, y trabajaba en una tesis dedicada a las plantas del Cretácico de la Antártida. Era egresada de la Universidad Nacional de La Plata y se había especializado en paleobotánica, la disciplina que estudia los vegetales fósiles y permite reconstruir la historia de la vegetación y de los ambientes antiguos. Su incorporación al proyecto no fue casual. Los equipos que investigaban los dinosaurios del norte neuquino también encontraban troncos y raíces fósiles en los mismos niveles geológicos que los huesos. Para comprender mejor aquellos ecosistemas, resultaba necesario estudiar las plantas que habían crecido en el lugar y reconstruir las condiciones ambientales en las que vivían los animales. En particular, conocer la vegetación podía aportar información relevante para investigar los recursos alimenticios disponibles para los dinosaurios herbívoros.
La experiencia de Laura en el estudio de las plantas fósiles ofrecía una perspectiva complementaria a la de los especialistas dedicados a los vertebrados. Su participación permitió integrar distintas líneas de investigación que, aunque se concentran en organismos diferentes, buscan responder una misma pregunta: cómo eran los ecosistemas de la Patagonia durante el Cretácico y qué relaciones existían entre sus habitantes. Antes de trabajar en Neuquén, Laura había compartido salidas de campo con Ariana Paulina-Carabajal, investigadora del CONICET y directora del Museo Paleontológico Bariloche. Juntas habían participado en investigaciones en un yacimiento cercano a Bariloche, de unos 50 millones de años de antigüedad, donde se recuperaron fósiles de renacuajos con piel preservada, insectos y hojas. Algunos de esos materiales forman parte de las colecciones que pueden conocerse en el museo barilochense.
Paulina-Carabajal recordó a su compañera no solamente por su dedicación científica, sino también por su personalidad y los pequeños gestos de la vida cotidiana que compartían en el instituto. Trabajaban en la misma oficina y conservaba la imagen de Laura acercándole un mate desde su silla, acompañando el gesto con una sonrisa. Para quienes la conocieron, su ausencia dejó una marca profunda.
La preparación de los fósiles de Rinconraptor pipoae atravesó una interrupción durante la pandemia de COVID-19, entre 2020 y parte de 2021. Cuando el equipo pudo retomar el estudio de los materiales, el análisis de los huesos preservados y la comparación con otros dinosaurios emparentados permitieron estimar el tamaño del animal y reconocer sus características anatómicas.
Los restos identificados incluyen vértebras de la cola, partes de un brazo y de una pierna. Aunque el esqueleto recuperado es incompleto, esos elementos aportaron información suficiente para describir la nueva especie. Entre sus rasgos se destacan las grandes garras curvas y los huesos livianos, provistos de cavidades neumáticas, una característica presente en diversos dinosaurios terópodos. Rinconraptor pipoae pertenecía al grupo de los megaraptóridos, dinosaurios terópodos carnívoros conocidos principalmente por sus extremidades anteriores desarrolladas y sus grandes garras. El nuevo ejemplar permite ampliar el conocimiento sobre la diversidad de estos depredadores en el norte de la Patagonia y aporta datos para estudiar cómo estaba organizada la fauna del Cretácico Superior.
La importancia del hallazgo va más allá de las dimensiones del animal. En Cerro Overo–La Invernada también se encontraron evidencias de abelisáuridos, otro grupo de dinosaurios carnívoros que compartió el territorio con los megaraptóridos. La presencia de ambos grupos en un mismo ambiente plantea interrogantes sobre la competencia por los recursos y las posibles diferencias en sus hábitos de alimentación.
Los investigadores consideran que esos depredadores pudieron aprovechar distintos recursos dentro del ecosistema, aunque los fósiles disponibles todavía no permiten determinar con certeza cómo se distribuían el alimento ni cuáles eran las interacciones concretas entre ellos. Cada nuevo material estudiado contribuye a precisar ese panorama y a reconstruir una comunidad animal mucho más compleja de lo que puede sugerir el hallazgo aislado de un esqueleto.
En ese escenario prehistórico, los restos de Rinconraptor pipoae representan una nueva pieza para comprender la evolución de los dinosaurios carnívoros sudamericanos. Pero el nombre de la especie agrega una dimensión humana a la investigación: recuerda que detrás de cada descubrimiento hay equipos de personas que trabajan durante años, recorren los yacimientos, extraen los fósiles, los preparan y estudian pacientemente sus características. María Laura Pipo falleció el 29 de mayo de 2020, después de atravesar una enfermedad que avanzó rápidamente y sorprendió a sus compañeros. No llegó a conocer la publicación científica que formalizó la nueva especie, pero había participado en una de las campañas fundamentales para recuperar sus fósiles. Su aporte quedó incorporado al proceso que permitió reconstruir una parte de la vida prehistórica de Neuquén.
Millones de años separan al dinosaurio de la científica que lleva su nombre. Sin embargo, ambos quedaron unidos por el trabajo de campo y por una investigación que necesitó de distintas especialidades para avanzar. Hoy, Rinconraptor pipoae no solo amplía el conocimiento sobre los depredadores del Cretácico patagónico: también mantiene presente la memoria de una investigadora que contribuyó a descubrirlos y que dejó una huella duradera entre quienes compartieron con ella la pasión por comprender la historia de la vida. Fuente: ANBariloche
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