En el hallazgo participaron Investigadores de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides documentaron los fósiles del Glaciar Tyndall.
El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo austral de Chile, dejó expuesto uno de los conjuntos de ictiosaurios más extraordinarios conocidos para el Cretácico temprano. Más de 90 esqueletos permiten reconstruir aspectos de la vida, alimentación y reproducción de estos reptiles marinos. Entre ellos apareció Fiona, una hembra embarazada con un feto en su interior.
El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo sur de Chile, dejó al descubierto más de 90 esqueletos de ictiosaurios, reptiles que dominaron los océanos durante la era de los dinosaurios, hace 131 millones de años. «Permiten reconstruir con un nivel de detalle inédito para el hemisferio sur cómo vivían, cazaban, se reproducían y morían los ictiosaurios», afirmó Jonatan Kaluza, técnico en paleontología de la Fundación Azara, la Universidad Maimónides y el Conicet.
El equipo que estudió los fósiles reúne a especialistas de la Argentina, Chile, Alemania y el Reino Unido. Kaluza fue el primer autor de la investigación, que publicó la revista «Desde la Patagonia, Difundiendo Saberes», volumen 23. Las campañas identificaron desde individuos recién nacidos hasta adultos y convirtieron al Tyndall en un sitio clave del Cretácico Temprano.
Hace 131 millones de años, mucho antes de que existieran los Andes tal como hoy los conocemos y cuando los dinosaurios dominaban los continentes, una parte de la actual Patagonia austral estaba cubierta por un mar. En aquellas aguas nadaban los ictiosaurios, reptiles marinos extraordinariamente adaptados a la vida en el océano. Tenían cuerpos hidrodinámicos, grandes ojos, aletas y una anatomía que, a primera vista, recuerda a la de los actuales delfines.
Pero aquellos animales no eran mamíferos ni tenían relación directa con ellos. Su semejanza es uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: organismos pertenecientes a linajes diferentes desarrollaron formas corporales similares al enfrentarse a condiciones ambientales semejantes.
Hoy, 131 millones de años después, el retroceso del glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, está dejando nuevamente al descubierto aquel antiguo océano.
En las proximidades del glaciar Tyndall se han localizado más de 90 esqueletos de ictiosaurios, muchos de ellos articulados y excepcionalmente preservados. El conjunto reúne ejemplares de diferentes edades, desde individuos juveniles hasta adultos. El descubrimiento comenzó mucho antes de que el lugar alcanzara notoriedad internacional.
En 1997, los guías Andre Labarca y Natalie Tabenski encontraron fragmentos fósiles en el área del Parque Nacional Torres del Paine. Algunos años más tarde, expediciones científicas confirmaron que la zona escondía un importante registro de reptiles marinos. Desde entonces, distintas campañas paleontológicas fueron ampliando progresivamente el número de ejemplares conocidos. Entre 2004 y 2006 se registraron 24 esqueletos y las expediciones posteriores elevaron considerablemente esa cifra, hasta superar actualmente los 90 individuos.
La mayoría de los restos se encuentran asociados y, en numerosos casos, conservan buena parte de la articulación original del esqueleto. Esto proporciona una oportunidad excepcional para estudiar no solamente qué especies habitaban aquel antiguo mar, sino también aspectos de su anatomía, crecimiento, alimentación y reproducción.
Después de morir, los cuerpos de los ictiosaurios quedaron depositados sobre el fondo. Corrientes cargadas de sedimentos pudieron cubrirlos rápidamente con barro y arena, mientras que las condiciones de escasez de oxígeno limitaron la actividad de organismos carroñeros.
En paleontología, encontrar un hueso aislado puede ser importante. Encontrar un esqueleto completo es mucho más excepcional. Pero encontrar numerosos individuos completos y articulados, pertenecientes además a diferentes etapas de crecimiento, puede transformar completamente la interpretación de un ecosistema desaparecido. El yacimiento del Tyndall permite precisamente eso: pasar de estudiar animales individuales a intentar reconstruir una comunidad marina completa.
Los estudios realizados sobre Fiona permitieron asignarla a la especie Myobradypterygius hauthali.
Esto tiene particular importancia para la paleontología argentina. La especie había sido reconocida originalmente a partir de restos fragmentarios procedentes de Argentina y descrita por el paleontólogo alemán Friedrich von Huene en la década de 1920. Durante décadas, la interpretación de estos restos fue revisada y discutida por diferentes investigadores.
Los trabajos más recientes permitieron recuperar la validez del género Myobradypterygius y establecer nuevas comparaciones entre los materiales argentinos y los ejemplares procedentes de la Patagonia chilena. Fiona proporciona, por lo tanto, una pieza fundamental para comprender un animal que hasta hace pocos años era conocido principalmente por restos incompletos.
Es un excelente ejemplo de cómo un nuevo descubrimiento puede modificar la interpretación de fósiles que fueron encontrados casi un siglo atrás.
Los ictiosaurios fueron algunos de los reptiles marinos más especializados del Mesozoico. Su cuerpo hidrodinámico les permitía desplazarse eficientemente por el agua. Poseían grandes ojos, adaptaciones para la natación y extremidades transformadas en aletas. Algunas especies alcanzaron tamaños considerables y ocuparon diferentes posiciones dentro de las cadenas alimentarias marinas.
El estudio de los fósiles de Tyndall también aporta información sobre las condiciones ambientales del antiguo océano. La presencia de peces y cefalópodos permite conocer parte de los recursos alimenticios disponibles. Algunos ejemplares muestran además evidencias relacionadas con lesiones o patologías, aportando información sobre la vida cotidiana de estos animales.
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