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sábado, 29 de agosto de 2026

Hallan unos 90 esqueletos de reptiles marinos en la Patagonia chilena con participación de investigadores argentinos.



En el hallazgo participaron Investigadores de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides documentaron los fósiles del Glaciar Tyndall.

El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo austral de Chile, dejó expuesto uno de los conjuntos de ictiosaurios más extraordinarios conocidos para el Cretácico temprano. Más de 90 esqueletos permiten reconstruir aspectos de la vida, alimentación y reproducción de estos reptiles marinos. Entre ellos apareció Fiona, una hembra embarazada con un feto en su interior.

El retroceso del glaciar Tyndall, en el extremo sur de Chile, dejó al descubierto más de 90 esqueletos de ictiosaurios, reptiles que dominaron los océanos durante la era de los dinosaurios, hace 131 millones de años. «Permiten reconstruir con un nivel de detalle inédito para el hemisferio sur cómo vivían, cazaban, se reproducían y morían los ictiosaurios», afirmó Jonatan Kaluza, técnico en paleontología de la Fundación Azara, la Universidad Maimónides y el Conicet.

El equipo que estudió los fósiles reúne a especialistas de la Argentina, Chile, Alemania y el Reino Unido. Kaluza fue el primer autor de la investigación, que publicó la revista «Desde la Patagonia, Difundiendo Saberes», volumen 23. Las campañas identificaron desde individuos recién nacidos hasta adultos y convirtieron al Tyndall en un sitio clave del Cretácico Temprano.

Hace 131 millones de años, mucho antes de que existieran los Andes tal como hoy los conocemos y cuando los dinosaurios dominaban los continentes, una parte de la actual Patagonia austral estaba cubierta por un mar. En aquellas aguas nadaban los ictiosaurios, reptiles marinos extraordinariamente adaptados a la vida en el océano. Tenían cuerpos hidrodinámicos, grandes ojos, aletas y una anatomía que, a primera vista, recuerda a la de los actuales delfines.

Pero aquellos animales no eran mamíferos ni tenían relación directa con ellos. Su semejanza es uno de los mejores ejemplos de evolución convergente: organismos pertenecientes a linajes diferentes desarrollaron formas corporales similares al enfrentarse a condiciones ambientales semejantes.

Hoy, 131 millones de años después, el retroceso del glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, está dejando nuevamente al descubierto aquel antiguo océano.

En las proximidades del glaciar Tyndall se han localizado más de 90 esqueletos de ictiosaurios, muchos de ellos articulados y excepcionalmente preservados. El conjunto reúne ejemplares de diferentes edades, desde individuos juveniles hasta adultos. El descubrimiento comenzó mucho antes de que el lugar alcanzara notoriedad internacional.

En 1997, los guías Andre Labarca y Natalie Tabenski encontraron fragmentos fósiles en el área del Parque Nacional Torres del Paine. Algunos años más tarde, expediciones científicas confirmaron que la zona escondía un importante registro de reptiles marinos. Desde entonces, distintas campañas paleontológicas fueron ampliando progresivamente el número de ejemplares conocidos. Entre 2004 y 2006 se registraron 24 esqueletos y las expediciones posteriores elevaron considerablemente esa cifra, hasta superar actualmente los 90 individuos.

La mayoría de los restos se encuentran asociados y, en numerosos casos, conservan buena parte de la articulación original del esqueleto. Esto proporciona una oportunidad excepcional para estudiar no solamente qué especies habitaban aquel antiguo mar, sino también aspectos de su anatomía, crecimiento, alimentación y reproducción.

Después de morir, los cuerpos de los ictiosaurios quedaron depositados sobre el fondo. Corrientes cargadas de sedimentos pudieron cubrirlos rápidamente con barro y arena, mientras que las condiciones de escasez de oxígeno limitaron la actividad de organismos carroñeros.

En paleontología, encontrar un hueso aislado puede ser importante. Encontrar un esqueleto completo es mucho más excepcional. Pero encontrar numerosos individuos completos y articulados, pertenecientes además a diferentes etapas de crecimiento, puede transformar completamente la interpretación de un ecosistema desaparecido. El yacimiento del Tyndall permite precisamente eso: pasar de estudiar animales individuales a intentar reconstruir una comunidad marina completa.

Los estudios realizados sobre Fiona permitieron asignarla a la especie Myobradypterygius hauthali.

 

Esto tiene particular importancia para la paleontología argentina. La especie había sido reconocida originalmente a partir de restos fragmentarios procedentes de Argentina y descrita por el paleontólogo alemán Friedrich von Huene en la década de 1920. Durante décadas, la interpretación de estos restos fue revisada y discutida por diferentes investigadores.

Los trabajos más recientes permitieron recuperar la validez del género Myobradypterygius y establecer nuevas comparaciones entre los materiales argentinos y los ejemplares procedentes de la Patagonia chilena. Fiona proporciona, por lo tanto, una pieza fundamental para comprender un animal que hasta hace pocos años era conocido principalmente por restos incompletos.

Es un excelente ejemplo de cómo un nuevo descubrimiento puede modificar la interpretación de fósiles que fueron encontrados casi un siglo atrás.

Los ictiosaurios fueron algunos de los reptiles marinos más especializados del Mesozoico. Su cuerpo hidrodinámico les permitía desplazarse eficientemente por el agua. Poseían grandes ojos, adaptaciones para la natación y extremidades transformadas en aletas. Algunas especies alcanzaron tamaños considerables y ocuparon diferentes posiciones dentro de las cadenas alimentarias marinas.

El estudio de los fósiles de Tyndall también aporta información sobre las condiciones ambientales del antiguo océano. La presencia de peces y cefalópodos permite conocer parte de los recursos alimenticios disponibles. Algunos ejemplares muestran además evidencias relacionadas con lesiones o patologías, aportando información sobre la vida cotidiana de estos animales.

Ver más en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

miércoles, 15 de julio de 2026

Opisoma romeroi, un molusco gigante que vivió en el Jurásico de la Patagonia.

 


Hace aproximadamente 185 millones de años, durante el período Jurásico, el territorio que hoy corresponde al centro de la provincia de Neuquén era muy diferente al paisaje árido que conocemos. En aquel entonces no existían ni Argentina ni Sudamérica con su configuración actual, la Cordillera de los Andes aún no se había elevado y esta porción del continente se encontraba ubicada mucho más cerca del Ecuador. Un cálido golfo de aguas subtropicales, conectado con el océano Pacífico y rodeado de arrecifes, albergaba una extraordinaria diversidad de organismos marinos.

Las condiciones climáticas eran notablemente más cálidas que las actuales y favorecían el desarrollo de ecosistemas muy ricos, cuyos vestigios permanecen preservados en las rocas jurásicas de la región. Gracias a estos fósiles, que en muchos casos afloran directamente sobre la superficie, los paleontólogos continúan reconstruyendo la historia de aquellos antiguos mares. A este conjunto de organismos se suma Opisoma romeroi, una nueva especie de bivalvo extinto descripta por investigadores del CONICET y de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, cuyos resultados fueron publicados en la revista Journal of Paleontology.

El ejemplar presenta características que lo convierten en una especie excepcional dentro de su género. Una de las más llamativas es el lugar donde fue hallado: hasta el momento, los registros más australes de organismos similares provenían de yacimientos ubicados en Chile, aproximadamente a la latitud de la provincia de Catamarca, varios cientos de kilómetros más al norte. Sin embargo, el rasgo más sorprendente es su enorme tamaño. Mientras que la mayoría de las especies conocidas del género apenas alcanzan entre dos y tres centímetros de longitud, Opisoma romeroi mide alrededor de 18 centímetros, una dimensión extraordinaria para este grupo.

Los bivalvos constituyen un grupo de moluscos marinos invertebrados que incluye a las actuales almejas, mejillones y ostras. Se caracterizan por poseer un cuerpo blando protegido por dos valvas calcáreas unidas mediante una bisagra natural, que se abren y cierran gracias a la acción de músculos y ligamentos elásticos.

La nueva especie posee una morfología muy particular. Su conchilla recuerda la forma de un corazón y presenta un notable espesor debido a la acumulación de carbonato de calcio en uno de sus lados, una adaptación que sugiere que el animal vivía parcialmente enterrado en el fondo marino. Además, determinadas estructuras sobresalientes de la valva, comparadas con especies actuales de características semejantes, indican que probablemente mantenía una relación simbiótica con organismos fotosintéticos.

Los investigadores interpretan que este antiguo molusco habría alojado microalgas en los tejidos de su manto. Las valvas, relativamente aplanadas, permitían exponer estas algas a la luz solar para que realizaran fotosíntesis, generando nutrientes que también beneficiaban al hospedador. De esta manera, Opisoma romeroi habría desarrollado una estrategia de fotosimbiosis semejante a la observada en algunos bivalvos modernos que habitan mares tropicales de aguas poco profundas y tranquilas. Esta evidencia aporta nueva información sobre las condiciones ambientales que caracterizaban al centro de Neuquén durante el Jurásico, confirmando la presencia de un clima cálido y subtropical.

El fósil fue descubierto en el sitio conocido como Cerro Granito por Francisco Romero, primer director del Museo Carmen Funes de Plaza Huincul, razón por la cual la especie lleva su apellido. Sin embargo, el material permaneció durante más de cuatro décadas resguardado en dos colecciones científicas: una parte en el Museo Provincial de Ciencias Naturales "Prof. Dr. Juan A. Olsacher" de Zapala y la otra en un repositorio institucional de la Universidad de Buenos Aires.

Aunque el reconocido paleontólogo Horacio Camacho había manifestado interés en estudiar estos ejemplares, el trabajo nunca llegó a concretarse y las piezas permanecieron sin analizar hasta la investigación actual. Para su estudio no solo se aplicaron los métodos paleontológicos tradicionales, sino también técnicas de tomografía computada de alta resolución, que permitieron examinar el interior de las valvas sin dañarlas y buscar estructuras relacionadas con posibles asociaciones fotosimbióticas.

Los análisis descartaron la presencia de perforaciones o ventanas en la conchilla, como las que poseen algunas almejas actuales del género Corculum, utilizadas para facilitar el ingreso de la luz hacia las algas simbiontes. Esta ausencia llevó a los investigadores a proponer que Opisoma romeroi habría desarrollado una estrategia diferente para optimizar la captación de radiación solar, comparable a la observada en las gigantescas almejas del género Tridacna, habitantes de los arrecifes del océano Indo-Pacífico.

Estas almejas modernas permanecen fijas al sustrato y albergan millones de microalgas en los tejidos del manto, el cual despliegan ampliamente durante el día para maximizar la exposición a la luz. Aunque no se trata de organismos estrechamente emparentados, ambos grupos comparten adaptaciones similares vinculadas al gran tamaño corporal, la vida en ambientes marinos cálidos y poco profundos y el aprovechamiento de asociaciones fotosintéticas.

El descubrimiento de Opisoma romeroi no solo amplía el conocimiento sobre la biodiversidad marina del Jurásico argentino, sino que también modifica la distribución conocida del género, demostrando que estos bivalvos alcanzaron latitudes considerablemente más australes de lo que se suponía. Este hallazgo abre nuevas perspectivas para comprender la evolución de la fauna marina jurásica y plantea la posibilidad de que otros integrantes del grupo de los grandes bivalvos conocidos como Lithiotis también hayan habitado regiones más australes antes de desaparecer durante la primera parte del Jurásico. Fuente: Conicet.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


sábado, 23 de mayo de 2026

Bicharracosaurus dionidei, un nuevo dinosaurio gigante del jurásico de Chubut.




 

La nueva especie, Bicharracosaurus dionidei, es un dinosaurio herbívoro de cuello largo que fue nombrada en honor a Dionide Mesa, el poblador rural que encontró sus restos y a su particular forma de referirse a ellos. El descubrimiento aporta claves sobre la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace unos 160 millones de años.

“Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda José Luis Carballido (CONICET–MEF), coautor del estudio. Los primeros restos que Dionide descubrió de Bicharracosaurus fueron los de un costillar, del que asomaban vértebras aún articuladas en el terreno.

El nombre del dinosaurio combina “bicharraco”, un término coloquial que Dionide utilizaba para referirse a sus hallazgos, con el término griego saurus (“lagarto”), mientras que dionidei hace referencia a su nombre. “El nombre no solo es un homenaje a él, sino también a todas las personas de campo que colaboran en estos descubrimientos”, agrega Carballido.

Los fósiles pertenecen a un solo individuo del que se preservaron parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. “Sabemos que Bicharracosaurus es un dinosaurio adulto que pudo haber alcanzado unos 15 metros de largo y cerca de 20 toneladas de peso”, explica Carballido. “Lo más distintivo son sus espinas neurales —las proyecciones óseas sobre las vértebras—. Mientras que en la mayoría de los saurópodos son más anchas que largas, en este dinosaurio están comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás”.

“Desde el punto de vista evolutivo, Bicharracosaurus pertenece a los Macronaria, un grupo de saurópodos con origen en el Jurásico y que luego dominaría los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico. Entre sus representantes más conocidos se encuentran dinosaurios gigantes como Brachiosaurus y Patagotitan. Su hallazgo es especialmente importante porque los registros jurásicos en el hemisferio sur de este grupo son muy escasos”, detalla.

El hallazgo proviene de yacimientos jurásicos al noroeste de la provincia del Chubut, en la Formación Cañadón Calcáreo de unos 160 millones de años. Esta unidad geológica, reconocida a nivel internacional, es una verdadera ventana al Jurásico en Gondwana. “Es una edad de la que tenemos muy pocos registros de dinosaurios en el hemisferio sur, por lo que cada descubrimiento nos aporta información clave”, señala Carballido.

Desde hace más de dos décadas, paleontólogos del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) realizan trabajos de campo en esta región junto a investigadores de otras instituciones, con el apoyo de la Fundación Alemana de Investigación (DFG). Gracias a estos trabajos se han descubierto varios dinosaurios, entre ellos el saurópodo Tehuelchesaurus benitezii, Brachytrachelopan mesai —con un cuello inusualmente corto— y restos que sugieren la presencia de otros grandes saurópodos e incluso de un estegosaurio. En ese contexto, Bicharracosaurus dionidei se suma a la lista de especies que permiten reconstruir la diversidad de dinosaurios que habitaron la Patagonia hace millones de años.

Este nuevo dinosaurio no solo amplía el conocimiento sobre los herbívoros del Jurásico patagónico, sino que también aporta pistas sobre la evolución temprana de los saurópodos que, millones de años después, darían lugar a gigantes como el Patagotitan. Mef.org

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm