domingo, 1 de noviembre de 2026

Extincion de la Megafauna del Pleistoceno.

Hacia el final del Pleistoceno, hace aproximadamente entre 50 y 11 mil años, la Tierra atravesó uno de los períodos de transformación ambiental más significativos de su historia reciente.

En ese contexto se produjo una serie de extinciones masivas y regionales que afectaron a una gran diversidad de organismos, en especial a los grandes mamíferos terrestres. Estas desapariciones no respondieron a una única causa, sino a un conjunto de procesos ecológicos, climáticos y antrópicos que actuaron de manera simultánea o sucesiva.

Desde el punto de vista conceptual, las extinciones pueden clasificarse en distintos tipos según su alcance, ritmo y causas predominantes.

En primer lugar, se reconocen las extinciones naturales o climáticas, vinculadas a los cambios ambientales ocurridos al finalizar la última glaciación. Las variaciones de temperatura, la retracción de los hielos, las modificaciones en los patrones de humedad y vegetación, y la consecuente alteración de los ecosistemas afectaron directamente la disponibilidad de hábitats y recursos. Muchas especies no lograron adaptarse a las nuevas condiciones ecológicas, lo que condujo a su desaparición paulatina.

Un segundo tipo corresponde a las extinciones biológicas o ecológicas, producidas por desequilibrios en las relaciones entre especies. La reducción de presas, la competencia por recursos o la pérdida de nichos ecológicos específicos desencadenaron procesos de colapso poblacional. En este tipo de extinción, la desaparición de una especie puede provocar, de manera encadenada, la desaparición de otras especies dependientes de ella dentro del ecosistema.

Otro proceso clave fue la extinción por causas antrópicas, asociada a la expansión y las actividades de las primeras poblaciones humanas en distintos continentes. La caza, el uso del fuego, la modificación del paisaje y la ocupación de nuevos ambientes contribuyeron, directa o indirectamente, al descenso de las poblaciones animales. En muchos casos, la presión humana actuó como un factor acelerador sobre especies ya afectadas por las transformaciones climáticas.

Por último, se identifican las extinciones sincrónicas o multifactoriales, aquellas en las que confluyeron diversas causas simultáneamente. Este modelo, considerado el más realista para explicar las extinciones del final del Pleistoceno, reconoce que los fenómenos naturales y las acciones humanas actuaron de manera combinada.

Las extinciones de fines del Pleistoceno no fueron un evento único ni abrupto, sino el resultado de procesos complejos y entrelazados.

Comprender sus distintos tipos y mecanismos permite interpretar mejor cómo interactúan los factores ambientales y biológicos en la historia de la vida, y ofrece una valiosa perspectiva para analizar las dinámicas de pérdida de biodiversidad que afectan actualmente al planeta. Ningún animal mayor a 300 kilos sobrevivió a la gran extinción del Pleistoceno.

Fuente: Magnussen, M. (2025) Animales Prehistóricos del Partido de General Alvarado. Colecciones de la Naturaleza. Paleo Editorial. >>>>Descarga gratis el libro desde Aquí.

 

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sábado, 31 de octubre de 2026

El Origen de los Mamíferos Sudamericanos.

 


Autores: Eduardo Tonni y Ricardo Pasquali Facultad de Ciencias Naturales y Museo, Departamento Científico de Paleontología de Vertebrados. Universidad Nacional de La Plata. Investigador de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires. Universidad CAECE – Departamento de Biología. Extraído de la revista "Educación de Ciencias". Volumen 2, N° 4. (Fragmento del articulo original).

La actual fauna de mamíferos terrestres sudamericanos se originó a partir de antepasados provenientes de otras masas continentales. El ingreso de estos inmigrantes ancestrales se realizó en oleadas, separadas entre sí por lapsos que se miden en millones de años, y estuvo regido principalmente por los lentos cambios geográficos debidos a la deriva de los continentes.

Hace unos 250 millones de años, a comienzos de la Era Mesozoica, existía en el planeta un solo continente, llamado Pangea, que estaba formado por la unión de todas las masas continentales. Durante el período Jurásico, unos 180 millones de años atrás, Pangea comenzó a fragmentarse y 40 millones de años después quedaba dividida en dos grandes continentes: Laurasia al norte, incluyendo a América del Norte y Eurasia, y Gondwana al sur. La separación de estos dos supercontinentes había originado lo que se conoce como Mar de Tethys.

De esta manera, la futura América del Sur formaba parte de Gondwana. Al norte estaba conectada con lo que más tarde sería África, y por el sur con lo que serían Antártida, Australia, Nueva Zelanda y las islas adyacentes.

La separación del continente sudamericano se inició hace por lo menos 130 millones de años, cuando quedó definido el Atlántico Sur como consecuencia de su lento alejamiento de África.

En el lapso comprendido entre 85 a algo menos de 65 millones de años atrás, a fines de la Era Mesozoica y principios de la Cenozoica, la aparición de cadenas de islas transitorias en el norte permitieron intercambios faunísticos ocasionales con América del Norte, por medio de los cuales ingresaron a Sudamérica los antepasados de los marsupiales actuales. Posiblemente en esta época llegaron los ancestros de los armadillos, provenientes de algún sitio de Gondwana.

Entre unos 40 a 8 millones de años antes del presente se produjo el más severo aislamiento de Sudamérica, que quedó convertida en un continente isla. Este largo aislamiento se vio parcialmente interrumpido hace unos 35 millones de años, o algo menos, por el ingreso a Sudamérica de los roedores y primates, quizá a través de balsas naturales, provenientes de las costas africanas.

Más tarde, durante el Mioceno tardío, unos 8 millones de años atrás, un sistema de islas en el Caribe y la deriva de los continentes permitió el intercambio faunístico entre Sudamérica y América del Norte. Finalmente, hace unos 3 a 2,5 millones de años se estableció una firme conexión interamericana a través del istmo de Panamá, dando origen al llamado Gran Intercambio Faunístico Americano, cuyos registros fósiles más antiguos datan de unos tres millones de años atrás.

El Gran Intercambio Faunístico Americano

A fines del Plioceno temprano Sudamérica deja de ser un continente isla. A partir de esa época los ocasionales intercambios faunísticos con América del Norte por medio de rutas de azar -por el agua en forma pasiva- son reemplazados por migraciones masivas, pero parcialmente selectivas, por tierra firme a través del istmo de Panamá.

En este intercambio a través del puente panameño ingresaron a Sudamérica miembros de las familias de los mustélidos -zorrinos-, tayasuidos -pecaríes-, cánidos -perros y zorros-, félidos –gatos silvestres y pumas-, úrsidos -osos-, camélidos -guanacos y vicuñas-, cérvidos -ciervos-, équidos -caballos-, tapíridos -tapires-, gomfotéridos -mastodontes-, heterómidos -ratas canguro-, esciúridos -ardillas-, sorícidos -musarañas-, lepóridos -liebres- y el hombre.

De Sudamérica emigraron hasta hoy hacia América del Norte integrantes de las familias de los dasipódidos -armadillos-, gliptodóntidos -gliptodontes-, mirmecofágidos -osos hormigueros-, hidrocoéridos -carpinchos-, eretizóntidos -puercoespines-, didélfidos -comadrejas-, megatéridos -perezosos terrestres-, toxodóntidos -toxodontes-, calitrícidos -monos tití-, cébidos -monos sudamericanos-, bradipódidos -perezosos arborícolas-, ciclópidos -ositos meleros-, dasipróctidos -agutíes- y equímidos -ratas espinosas-.

Marsupiales

Los marsupiales se caracterizan por poseer crías que nacen en un estado muy inmaduro. El desarrollo embrionario lo completan fuera del útero materno, en una bolsa o marsupio que rodea la zona mamaria. Debido a que el embrión no desarrolla una placenta, o ésta es sólo incipiente, los marsupiales forman parte del grupo de mamíferos no placentarios.

Se cree que los marsupiales pasaron de América del Norte a Sudamérica a través de una cadena transitoria de islas en el Caribe a fines del Cretácico. A través de la Antártida, los marsupiales habrían llegado a Australia donde adquirieron una extraordinaria diversidad. Para fines del Cretácico, en Sudamérica había varias familias de estos viejos inmigrantes, que quedaron registrados principalmente en yacimientos paleontológicos de Argentina, Perú y Bolivia.

Entre los primeros marsupiales que colonizaron Sudamérica había representantes de dos familias actuales: los didélfidos, en la que se encuentran las comadrejas, y los microbiotéridos, que incluyen a los monitos del monte. Una tercera familia, los protodidélfidos, habría dado origen a la familia de los cenoléstidos, representada actualmente por los ratones runchos.

La presencia en Sudamérica de los didélfidos y los microbiotéridos es continua desde fines del Cretácico. Estos dos grupos están entre las familias de mamíferos que poseen más larga existencia.

Para fines del Mioceno, los marsupiales didélfidos muestran una rápida expansión y una gran diversidad. Esto se atribuye a la ocupación de zonas dejadas vacantes por marsupiales carnívoros pequeños y medianos, de hábitos terrestres o semiarborícolas.

Armadillos, osos hormigueros y perezosos

Los armadillos, osos hormigueros y perezosos actuales pertenecen al grupo de los xenartros. La palabra xenartro, que significa articulación extraña, hace referencia a una articulación suplementaria que existe entre las vértebras de estos mamíferos. A su vez el nombre de edentados, como se denomina también a este grupo, tiene su origen en la reducción del número de dientes, que llega a ser total en el oso hormiguero. También se caracterizan por la falta de esmalte en sus dientes, con excepción de algunas formas primitivas.

Los xenartros o edentados se subdividen en cingulados, pilosos y vermilinguos.

Los cingulados o loricados están provistos de una armadura dérmica externa. Se subdividen en las superfamilias de los dasipodoideos, que incluye a los armadillos fósiles y vivientes, y de los gliptodontoideos. El caparazón de los dasipodoideos está formado por dos escudos, escapular -en la parte anterior- y lumbar -en la posterior-, que están separados por un cierto número de bandas transversales. Los gliptodontoideos, exclusivamente fósiles, se caracterizan por su caparazón formado por una sola pieza.

Los xenartros pilosos o tardígrados se caracterizan por poseer el cuerpo cubierto de un espeso pelo, sin una armadura como en los cingulados, aunque en algunas formas fósiles había un escudo óseo entre la piel.

Los vermilinguos presentan adaptaciones muy marcadas para alimentarse de hormigas, como ausencia total de dientes, cráneo cilíndrico y alargado con un largo hocico, mandíbula reducida a un par de varillas, capacidad de los miembros anteriores para excavar, lengua delgada, larga, pegajosa y retráctil. Al igual que los xenartros pilosos tienen el cuerpo cubierto de pelos. Hay especies de vida arborícola y otras que son terrestres.

Los armadillos

Posiblemente los armadillos fueron los primeros edentados que ingresaron a la actual Sudamérica desde algún sitio de Gondwana. Los armadillos más antiguos se hallaron en sedimentos del Paleoceno. En el Eoceno temprano alcanzan una diversificación considerable, registrándose catorce especies en Patagonia y el noroeste argentino.

A partir del Plioceno tardío se registran por primera vez géneros vivientes de armadillos, como Tolypeutes –quirquincho bola-, Chaetophractus –peludos- y Zaedyus –piches-.

Durante el Pleistoceno, este grupo de edentados cingulados estaba representado por las subfamilias de los eufractinos, dasipodinos, clamiforinos, priodontinos, eutatinos y pampaterinos.

La subfamilia de los eufractinos posee de seis a once bandas en el caparazón. Tanto el caparazón como la región inferior del cuerpo están cubiertos de abundantes cerdas. Esta subfamilia comprende a los géneros actuales Euphractus, Chaetophractus y Zaedyus. Al género Euphractus pertenecen los armadillos de seis bandas, mientras que Chaetophractus incluye al peludo -Chaetophractus villosus- y Zaedyus al pichi de Patagonia.

El género tipo de la subfamilia de los dasipodinos es Dasypus, al cual pertenece la mulita -Dasypus hybridus-. Si bien las formas actuales de esta subfamilia son relativamente pequeñas, en el Pleistoceno hubo dasipodinos de gran tamaño, como Propraopus grandis, que medía 1,20 metros en total.

Las subfamilias de los priodontinos, eutatinos y pampaterinos, junto con algunos representantes de los dasipodinos, incluyen a los armadillos más grandes del Pleistoceno. El mayor armadillo actual, el tatú carreta -Priodontes maximus-, pertenece a la subfamilia de los priodontinos. Este animal llega a medir 1,60 metros de largo total, de los cuales unos 0,50 metros corresponden a la cola. El caparazón del tatú carreta está desprovisto de pelos y posee una dentadura formada por 50 pequeños dientes.

Los eutatinos no tienen representantes vivientes. Estos enormes armadillos tenían el caparazón poco abombado y el escudo escapular no estaba bien diferenciado. El nombre de esta familia se debe al género Eutatus, que vivió entre el Plioceno tardío y el Holoceno temprano.

Ver mas en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/notas01.htm

 

viernes, 30 de octubre de 2026

Descubren fósil de la pata de una corzuela fósil en el Pleistoceno de San Pedro.

 



El descubrimiento de un conjunto de huesos fósiles en el yacimiento paleontológico de Bajo del Tala, en el partido bonaerense de San Pedro, aporta información de gran interés sobre los pequeños ciervos que habitaron la región pampeana durante el Pleistoceno tardío. Se trata de restos de una antigua corzuela que vivió hace aproximadamente 30.000 años y que fueron recuperados en excelente estado de conservación por integrantes del Museo Paleontológico de San Pedro.

El material representa un hallazgo particularmente significativo, ya que hasta el momento no se contaba con registros de extremidades fósiles articuladas de estos pequeños ciervos sudamericanos. Por esa razón, la recuperación de un conjunto de elementos óseos asociados constituye una oportunidad importante para profundizar el conocimiento sobre su anatomía y características físicas.

Entre los huesos recuperados se encuentran un omóplato, un húmero, un cúbito y un radio, además de elementos correspondientes al tarso y metatarso. La conservación de estas piezas permitirá realizar estudios comparativos y obtener nuevos datos sobre la estructura de las extremidades de estos mamíferos extintos.

El descubrimiento se produjo durante una recorrida de rutina en el yacimiento de Bajo del Tala, ubicado dentro del predio de la empresa arenera Spósito S.A. Allí, los colaboradores del Museo Paleontológico de San Pedro, José Luis Aguilar, Walter Parra y Alexis Celié, identificaron los restos y llevaron adelante las tareas de recuperación.

Una vez extraído el material, el equipo del museo contó con la participación del doctor Germán Gasparini, investigador del CONICET, docente de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo (FCNyM) y curador asociado de la División Paleontología de Vertebrados del Museo de La Plata, quien colaboró en el análisis del conjunto fósil.

El contexto temporal del hallazgo remite a unos 30.000 años atrás, durante el Pleistoceno tardío, una etapa en la que los paisajes de la región pampeana estaban habitados por una fauna de mamíferos muy diferente de la actual. En aquellos ambientes convivían numerosos herbívoros y grandes representantes de la megafauna sudamericana, junto con especies de menor tamaño, como estos ciervos.

Las corzuelas son ciervos de dimensiones relativamente pequeñas, pertenecientes a la fauna sudamericana. Sus representantes actuales habitan distintos ambientes del continente, principalmente áreas boscosas y selváticas. El registro fósil permite reconocer que este grupo y otros ciervos sudamericanos también formaron parte de las comunidades de mamíferos que ocuparon diferentes regiones durante el pasado geológico.

En este contexto, el material recuperado en San Pedro adquiere especial relevancia. A diferencia de los hallazgos aislados de huesos, contar con varios elementos de una misma extremidad permite estudiar aspectos anatómicos que difícilmente pueden conocerse a partir de piezas sueltas. Además, la ausencia de registros previos de extremidades fósiles articuladas de estos pequeños ciervos convierte al descubrimiento en un aporte significativo para la paleontología de los mamíferos sudamericanos.

El nuevo hallazgo vuelve a poner de manifiesto la importancia de los yacimientos del norte bonaerense para reconstruir la historia natural de la región pampeana. Sus sedimentos continúan proporcionando evidencias de animales que habitaron estos territorios durante el Pleistoceno y que, a través de sus restos fósiles, permiten comprender mejor la diversidad de mamíferos que existió en Sudamérica hace miles de años.

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Rinconraptor pipoae, el dinosaurio de siete metros que mantiene vivo el legado de una joven investigadora.


 


En las rocas del norte de la Patagonia, donde hace millones de años caminaban algunos de los grandes depredadores del Cretácico, los fósiles todavía tienen historias por revelar. Una de ellas es la de Rinconraptor pipoae, un dinosaurio carnívoro de aproximadamente siete metros de longitud que acaba de incorporarse al registro científico y que lleva un nombre muy especial: el de María Laura Pipo, una joven paleobotánica que participó en la campaña en la que se recuperaron sus restos y que falleció en 2020, a los 30 años.

El homenaje une dos historias que transcurrieron en el ámbito de la investigación científica. Por un lado, la de un depredador prehistórico que habitó el actual territorio neuquino durante el Cretácico Superior. Por otro, la de una investigadora que dedicó su trabajo a estudiar las plantas del pasado y que, a través de su participación en una campaña paleontológica, contribuyó a reunir los materiales que permitieron reconocer una nueva especie.

La denominación científica, publicada en la revista internacional Palaeontologia Electronica, reconoce así la participación de Laura Pipo en el trabajo de campo y la huella que dejó entre sus compañeros. El nombre del género, Rinconraptor, hace referencia a Rincón de los Sauces, localidad cercana al lugar del hallazgo, mientras que pipoae constituye el homenaje a la científica.

Los primeros restos de este dinosaurio fueron encontrados en 2016 por integrantes del Museo Municipal Argentino Urquiza, de Rincón de los Sauces, durante una prospección en el área de Cerro Overo–La Invernada. Lo que comenzó como una búsqueda de otros fósiles terminó incorporando nuevos materiales al conocimiento de los dinosaurios carnívoros de la región. En campañas posteriores, un equipo interdisciplinario encabezado por el paleontólogo Leonardo Filippi avanzó en la recuperación de los restos y en su preparación para el estudio.

La historia de Laura se cruzó con la de este dinosaurio en noviembre de 2019, cuando participó de una de esas campañas. Para entonces, la científica desarrollaba su doctorado en el Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA-CONICET), en Bariloche, y trabajaba en una tesis dedicada a las plantas del Cretácico de la Antártida. Era egresada de la Universidad Nacional de La Plata y se había especializado en paleobotánica, la disciplina que estudia los vegetales fósiles y permite reconstruir la historia de la vegetación y de los ambientes antiguos. Su incorporación al proyecto no fue casual. Los equipos que investigaban los dinosaurios del norte neuquino también encontraban troncos y raíces fósiles en los mismos niveles geológicos que los huesos. Para comprender mejor aquellos ecosistemas, resultaba necesario estudiar las plantas que habían crecido en el lugar y reconstruir las condiciones ambientales en las que vivían los animales. En particular, conocer la vegetación podía aportar información relevante para investigar los recursos alimenticios disponibles para los dinosaurios herbívoros.

La experiencia de Laura en el estudio de las plantas fósiles ofrecía una perspectiva complementaria a la de los especialistas dedicados a los vertebrados. Su participación permitió integrar distintas líneas de investigación que, aunque se concentran en organismos diferentes, buscan responder una misma pregunta: cómo eran los ecosistemas de la Patagonia durante el Cretácico y qué relaciones existían entre sus habitantes.  Antes de trabajar en Neuquén, Laura había compartido salidas de campo con Ariana Paulina-Carabajal, investigadora del CONICET y directora del Museo Paleontológico Bariloche. Juntas habían participado en investigaciones en un yacimiento cercano a Bariloche, de unos 50 millones de años de antigüedad, donde se recuperaron fósiles de renacuajos con piel preservada, insectos y hojas. Algunos de esos materiales forman parte de las colecciones que pueden conocerse en el museo barilochense.

Paulina-Carabajal recordó a su compañera no solamente por su dedicación científica, sino también por su personalidad y los pequeños gestos de la vida cotidiana que compartían en el instituto. Trabajaban en la misma oficina y conservaba la imagen de Laura acercándole un mate desde su silla, acompañando el gesto con una sonrisa. Para quienes la conocieron, su ausencia dejó una marca profunda.

La preparación de los fósiles de Rinconraptor pipoae atravesó una interrupción durante la pandemia de COVID-19, entre 2020 y parte de 2021. Cuando el equipo pudo retomar el estudio de los materiales, el análisis de los huesos preservados y la comparación con otros dinosaurios emparentados permitieron estimar el tamaño del animal y reconocer sus características anatómicas.

Los restos identificados incluyen vértebras de la cola, partes de un brazo y de una pierna. Aunque el esqueleto recuperado es incompleto, esos elementos aportaron información suficiente para describir la nueva especie. Entre sus rasgos se destacan las grandes garras curvas y los huesos livianos, provistos de cavidades neumáticas, una característica presente en diversos dinosaurios terópodos. Rinconraptor pipoae pertenecía al grupo de los megaraptóridos, dinosaurios terópodos carnívoros conocidos principalmente por sus extremidades anteriores desarrolladas y sus grandes garras. El nuevo ejemplar permite ampliar el conocimiento sobre la diversidad de estos depredadores en el norte de la Patagonia y aporta datos para estudiar cómo estaba organizada la fauna del Cretácico Superior.

La importancia del hallazgo va más allá de las dimensiones del animal. En Cerro Overo–La Invernada también se encontraron evidencias de abelisáuridos, otro grupo de dinosaurios carnívoros que compartió el territorio con los megaraptóridos. La presencia de ambos grupos en un mismo ambiente plantea interrogantes sobre la competencia por los recursos y las posibles diferencias en sus hábitos de alimentación.

Los investigadores consideran que esos depredadores pudieron aprovechar distintos recursos dentro del ecosistema, aunque los fósiles disponibles todavía no permiten determinar con certeza cómo se distribuían el alimento ni cuáles eran las interacciones concretas entre ellos. Cada nuevo material estudiado contribuye a precisar ese panorama y a reconstruir una comunidad animal mucho más compleja de lo que puede sugerir el hallazgo aislado de un esqueleto.

En ese escenario prehistórico, los restos de Rinconraptor pipoae representan una nueva pieza para comprender la evolución de los dinosaurios carnívoros sudamericanos. Pero el nombre de la especie agrega una dimensión humana a la investigación: recuerda que detrás de cada descubrimiento hay equipos de personas que trabajan durante años, recorren los yacimientos, extraen los fósiles, los preparan y estudian pacientemente sus características. María Laura Pipo falleció el 29 de mayo de 2020, después de atravesar una enfermedad que avanzó rápidamente y sorprendió a sus compañeros. No llegó a conocer la publicación científica que formalizó la nueva especie, pero había participado en una de las campañas fundamentales para recuperar sus fósiles. Su aporte quedó incorporado al proceso que permitió reconstruir una parte de la vida prehistórica de Neuquén.

Millones de años separan al dinosaurio de la científica que lleva su nombre. Sin embargo, ambos quedaron unidos por el trabajo de campo y por una investigación que necesitó de distintas especialidades para avanzar. Hoy, Rinconraptor pipoae no solo amplía el conocimiento sobre los depredadores del Cretácico patagónico: también mantiene presente la memoria de una investigadora que contribuyó a descubrirlos y que dejó una huella duradera entre quienes compartieron con ella la pasión por comprender la historia de la vida. Fuente: ANBariloche

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm