Estudio a cargo de investigadores del CONICET, Universidad
Maimonides y la Fundación Azara; la Facultad de La Plata y el Museo Argentino
de Ciencias Naturales.
Dientes más, dientes menos, todos conocemos a los cocodrilos
y a sus primos los yacarés. Todos comparten el ser grandes reptiles con dientes
afilados que viven en ríos o pantanos de todos los lugares calurosos del mundo
(zonas tropicales de América, África, Asia y Oceanía). Sin embargo, en el
pasado, la cosa era distinta. Para empezar, los primeros cocodrilos se
originaron como animales terrestres en ambientes desérticos y, con el tiempo,
fueron ocupando otros espacios. Para mediados del período Cretácico (unos 100
millones de años atrás), los cocodrilos ocupaban muchos de los modos de vida
que hoy ocupan los mamíferos, como los cocodrilos-orca (Dakosaurus) con aletas,
en los mares neuquinos, hasta los cocodrilos-armadillo, herbívoros excavadores
de Brasil. Por cierto, ¡quedaría en ridículo quien dijera que se mantuvieron
iguales desde la época de los dinosaurios!
Hace 100 millones de años había un desierto entre Neuquén y
Río Negro, y sus arenas quedaron preservadas en el Área Paleontológica de La
Buitrera, en la Provincia de Río Negro, parte del Área Protegida Valle
Cretácico. Hoy podemos encontrar los fósiles de muchos de los animales pequeños
y medianos que morían en las arenas del desierto, pues quedaban rápidamente
cubiertos (y protegidos) por la arena. Entre ellos se encuentra un grupo
particular de cocodrilos: los araripesuquios (formalmente pertenecen a la
familia Uruguaysuchidae), de no más de un metro de largo y 40 cm de alto.
A diferencia de los cocodrilos modernos, que tienen las
fosas nasales y los ojos bien arriba en el cráneo (lo que les permite respirar
con el cuerpo sumergido), los araripesuquios tenían un hocico angosto con las
fosas nasales al frente, ubicadas del mismo modo que las de un perro o un
zorro. Sus ojos se hallaban a los costados de la cabeza y los brazos y piernas,
en lugar de salir hacia los costados, se ubicaban bien debajo del cuerpo,
llevando su panza lejos del suelo y permitiéndoles ser animales ágiles que
recorrían al trote el desierto buscando comida animal o vegetal, de un modo más
parecido al de los zorros actuales que al de otros cocodrilos. Por eso los
conocemos como cocodrilos-zorro.
Dado que no hacía mucho que el océano Atlántico se había
formado, dejando de un lado a Sudamérica y del otro a África, todavía existían especies
similares a ambos lados del océano. Por eso, de las 6 especies conocidas de
Araripesuchus, tres son de África y tres de Sudamérica.
En Argentina se conocen hasta el momento dos especies, de la
misma época, A. patagonicus, de Neuquén y A. buitreraensis, de Río Negro.
Araripesuchus buitreraensis fue publicada por Diego Pol y Sebastián Apesteguía,
investigador de Fundación Azara y UMAI, en el año 2005 y fue descubierto en la
localidad de La Buitrera, cerca de Cerro Policía.
En esta ocasión presentamos a una tercera especie,
encontrada en la misma zona: Araripesuchus manzanensis, descrita por
investigadores del CONICET (Argentina), trabajando en distintas instituciones:
la Dra. María Lucila Fernández Dumont y el Dr. Sebastián Apesteguía, el Dr.
Diego Pol del Museo Argentino de Ciencias Naturales y la Dra. Paula Bona, del
Museo de La Plata.
Esta nueva especie se diferencia de las anteriores por sus
dientes posteriores menos puntiagudos, más redondeados. Esos dientes, que
llamamos molariformes, tienen una corona bulbosa con pequeños abultamientos en
el borde de una de las superficies de oclusión, mucho más planas que las de los
animales carnívoros. Este tipo de dientes recuerda a los que podríamos ver en
algunos mamíferos que comen animales pequeños de caparazón duro, como caracoles
e insectos. A esta dieta se la conoce como durófaga.
El nuevo material fue hallado en La Buitrera, una localidad
fosilífera situada cerca de Cerro Policía, en el noroeste de Río Negro, a unos
1.300 kilómetros de Buenos Aires. A lo largo de 25 años desde su
descubrimiento, La Buitrera ha aportado a la ciencia una impresionante lista de
hallazgos completamente nuevos como dinosaurios carnívoros pequeños
(Buitreraptor, Alnashetri), herbívoros acorazados (Jakapil), reptiles
esfenodontes herbívoros (Priosphenodon) y carnívoros (Tika), lagartijas,
serpientes con patas (Najash), pequeños mamíferos de hocico largo (Cronopio),
tortugas de agua (Prochelidella) y peces pulmonados.
El trabajo fue publicado en la revista científica Journal of
Systematic Palaeontology con el título en inglés «A new species of
Araripesuchus with durophagous dentition increases the ecological disparity
among uruguaysuchid crocodyliforms». El estudio realizado cuenta con una
descripción detallada enfocada en dos cráneos casi completos (de no más de 10
cm de largo) además de una mandíbula con la porción anterior del cráneo. Se
realizaron tomografías computadas para una mejor descripción de los huesos que
se encontraban cubiertos de sedimento, una fuerte arenisca anaranjada, y que no
podían limpiarse debido a la fragilidad del material. Además, se tomaron
fotografías detalladas de los dientes con un microscopio electrónico de
barrido. Por último, se realizó un análisis filogenético (de parentesco) para
comprobar cómo estos cocodrilos se relacionaban con el resto, tanto actuales
como extintos.
El nombre de la especie fue elegido para honrar a «El
Manzano», un establecimiento rural, conocido en la década de 1920 como «Rancho
de Ávila», donde las familias Pincheira y Zúñiga han brindado desde 1999 con
enorme amabilidad su lugar y cuidados para que el equipo de trabajo pudiera
acampar y guarecerse de las condiciones más hostiles de campo adentro en las
numerosas campañas paleontológicas a La Buitrera.
Ahora, una vez colectados, limpiados, ordenados y
estudiados, los materiales fósiles originales han retornado al Museo Provincial
Carlos Ameghino de la ciudad de Cipolletti, Río Negro, donde se encuentran
depositados.
El más importante de los especímenes fue descubierto en MED
3, uno de los sitios dentro de la localidad de La Buitrera, donde afloran los
niveles superiores de la Formación Candeleros, de hace entre 93 y 100 millones
de años. Mientras que en Neuquén esta unidad geológica fue depositada por ríos
que bajaban desde la serranía de la Dorsal de Huincul hasta desaguar en una
gran laguna poco profunda, en Río Negro, en cambio, los ríos estacionarios no
llegaban a la laguna y se secaban entre las arenas de un vasto desierto, el
Kokorkom, o desierto de los huesos, donde grandes dunas se formaban y
deformaban a merced de los vientos que venían del oeste. Las arenas
depositadas, endurecidas, compactadas y petrificadas, se conocerían luego como
Formación Candeleros.
Un detallado estudio desarrollado por los geólogos Gonzalo
Veiga, Joaquín Pérez Mayoral y Sabrina Lizzoli, del CIG (La Plata), María Lidia
Sánchez, Estefanía Asurmendi, David Candia Halupczoc y Soledad Gualde (U.N. de
Río Cuarto), nos permitieron conocer los detalles ambientales donde, con sus
etapas áridas y húmedas, se contraían y expandían los márgenes del viejo
desierto Kokorkom permitiendo la increíble preservación de los fósiles del Área
Paleontológica de La Buitrera, que es hoy conocida como un ‘lagerstätten’, uno
de los sitios de preservación fosilífera excepcional a nivel mundial.
Aunque el equipo lleva 25 años estudiando la misma zona, la
naturaleza no tiene prisa en desenterrar sus tesoros, y sólo el trabajo
extendido y sistemático fue capaz de mostrar que había otras especies en una
zona que ya se pensaba bien conocida. De hecho, la dentición durófaga de
Araripesuchus manzanensis indica que hubo diferencias dietarias entre ellos,
una variación en la alimentación entre cocodrilos de la misma localidad y del
mismo género, aumentando con ellos la complejidad del ecosistema, así como la
diversidad taxonómica y ecológica de este grupo de cocodrilos terrestres del
desierto, un sitio donde la provisión diaria de agua y alimentos determina con
dureza la supervivencia de los individuos. Así, los huesos de estos nuevos
materiales fósiles aumentan nuestro conocimiento acerca de los distintos
cocodrilos terrestres que recorrían nuestro territorio a mediados del período
Cretácico en los restos del ya fragmentado continente de Gondwana. Ilustracion
de Gabriel Díaz Yantén (@paleogdy).
Fuente; maimonides.edu
Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm