jueves, 10 de septiembre de 2026

La primera huella de un mamífero terrestre en el Eoceno de la Antártida.


Un equipo de paleontólogos de Argentina y Chile identificó en la Antártida la primera huella conocida de un mamífero terrestre depredador. El hallazgo, publicado en agosto de 2026 en la revista científica Polar Biology, corresponde a una huella parcial hallada en la isla Rey Jorge, en las islas Shetland del Sur.

El rastro se conservó como molde natural en sedimento volcánico de grano fino, dentro de la Formación Fossil Hill. Los investigadores argentinos calculan que tiene unos 55 millones de años, de comienzos del Eoceno, y que perteneció a un animal de apenas 1,3 kilos de peso.

El estudio lo firman Héctor Mansilla-Vera, del Instituto Antártico Chileno (INACH) y Javier Gelfo, de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y paleontólogo del CONICET, quien relató el hallazgo en un artículo publicado por la editorial científica Springer Nature.

También participaron Silvina de Valais, del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (CONICET-Universidad Nacional de Río Negro) y Francisco Goin de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

La pieza, catalogada como T-373, conserva de forma parcial la impronta de una pata y de una mano, señal de que el animal se desplazaba en cuatro patas. La huella, de apenas dos centímetros de largo y de ancho, corresponde a un pequeño metaterio (el grupo de mamíferos emparentado con los marsupiales actuales) del linaje de los esparasodontes, según los autores del estudio.

La identificación se apoya en la combinación de varias líneas de evidencia, ya que se trata de un icnofósil (un fósil de rastro) y no de restos óseos que confirmen la especie de forma directa. Aun así, el hallazgo podría representar el primer registro de un esparasodonte en el continente antártico, y la evidencia más antigua de un mamífero carnívoro en la región.

Hasta ahora, las reconstrucciones del ecosistema terrestre de la Antártida del Eoceno solo incluían a las aves del terror, los fororrácidos, como únicos depredadores documentados. La huella del esparasodonte cambia ese panorama y agrega un mamífero carnívoro a la cadena alimentaria del continente.

El nuevo registro apunta a una comunidad de depredadores más diversa y a una estructura trófica más compleja de lo que se pensaba, de acuerdo con los investigadores. Hasta este hallazgo, la presencia de mamíferos fósiles en la Antártida se conocía sobre todo por restos óseos hallados en la isla Seymour.

Los esparasodontes son un grupo extinto de mamíferos depredadores propio de Sudamérica, presente ya durante el Paleoceno y el Eoceno. En esa época, restos de conexiones terrestres entre Sudamérica y la Antártida, heredadas de la fragmentación del supercontinente Gondwana, habrían permitido la dispersión de especies terrestres entre ambas regiones.

La Formación Fossil Hill, en la isla Rey Jorge, conserva otros fósiles del Eoceno en excelente estado, entre ellos restos vegetales, plumas, huellas de aves e improntas de invertebrados. Ese registro confirma que la Antártida tuvo, antes de su aislamiento progresivo y el enfriamiento posterior, un clima más cálido y paisajes forestados.

Los investigadores llegaron a esta identificación tras una revisión exhaustiva del conjunto de fósiles de icnitas, huellas y rastros, de la zona donde apareció la pieza, declarada área antártica especialmente protegida para conservar su patrimonio fósil. El ejemplar, por su parte, se conserva en la Colección Paleontológica del Departamento de Geología de la Universidad de Chile, en Santiago.

Ma info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Una ventana al Cretácico quedó al descubierto en Mari Menuco, Neuquén.

 




Una bajante extraordinaria del lago Mari Menuco permitió descubrir un conjunto excepcional de huellas fósiles de aves y grandes dinosaurios. El hallazgo, realizado inicialmente por un niño que recorría la costa, permitió recuperar un registro de gran importancia para conocer cómo eran los antiguos ambientes de la Patagonia durante el Cretácico.

Una inusual bajante del nivel de las aguas del lago Mari Menuco, en la provincia de Neuquén, dejó al descubierto un sector del terreno que normalmente permanece sumergido. Lo que parecía ser simplemente una modificación temporal del paisaje terminó revelando un verdadero tesoro paleontológico: numerosas huellas impresas en las antiguas superficies sedimentarias, entre ellas rastros atribuidos a aves y a grandes dinosaurios saurópodos.

El descubrimiento tuvo un componente tan sencillo como extraordinario. Un niño que recorría la costa durante la bajante observó unas marcas particulares sobre las rocas y dio aviso. La curiosidad permitió detectar un registro que, de otro modo, probablemente habría continuado oculto bajo las aguas del embalse.

Las huellas fósiles, conocidas técnicamente como icnitas, no son restos del cuerpo del animal, sino evidencias de su actividad. Una pisada conservada puede aportar información que muchas veces no aparece en los huesos: permite conocer cómo se desplazaba un animal, qué tipo de superficie transitaba e incluso reconstruir aspectos del ambiente en el que vivió.

La conservación de una huella requiere una combinación de circunstancias poco frecuentes. El animal debe caminar sobre un sedimento suficientemente blando como para dejar su impresión, pero con la consistencia adecuada para que esta no desaparezca inmediatamente. Posteriormente, el sedimento tiene que secarse o endurecerse y quedar rápidamente protegido por nuevos depósitos.

Durante millones de años, esas capas pueden permanecer enterradas hasta que procesos naturales, obras humanas o cambios excepcionales en el paisaje vuelven a exponerlas.

En Mari Menuco ocurrió precisamente esto. La bajante extraordinaria del embalse permitió acceder temporalmente a una superficie que durante buena parte del tiempo permanece cubierta por el agua.

La presencia conjunta de huellas de aves y de grandes saurópodos resulta especialmente interesante porque permite aproximarse a la composición de aquellos antiguos ecosistemas patagónicos. Los saurópodos fueron dinosaurios herbívoros de enormes dimensiones, caracterizados por sus largos cuellos y colas, mientras que las pequeñas huellas de aves representan otro componente de la fauna que habitaba aquellos paisajes.

Luego de comunicarse el hallazgo, se activaron los mecanismos destinados a proteger y documentar el patrimonio paleontológico. El trabajo de campo fue encabezado por los paleontólogos Juan Porfiri y Domenica Santos, investigadores y docentes vinculados al Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional del Comahue.

El operativo contó además con la participación de la Dirección de Patrimonio de la provincia de Neuquén, representada por Mateo Gutiérrez, junto con el especialista Federico Poblete y la estudiante de Geología Mercedes Di Lorenzo.

La intervención no se limitó a retirar los materiales. En paleontología, la documentación del contexto es fundamental: conocer exactamente dónde apareció un fósil, cómo estaba dispuesto y qué relación tenía con las capas sedimentarias permite obtener información científica que se perdería si el material fuera extraído sin registro.

Una vez finalizadas las tareas de rescate, los materiales recuperados fueron trasladados al Museo del Desierto Patagónico de Añelo, institución que mantiene un convenio de trabajo con la Universidad Nacional del Comahue y que continúa incorporando materiales procedentes de distintos sectores de la región.

Los yacimientos de huellas tienen un valor particular dentro de la paleontología. Un esqueleto puede revelar cómo era anatómicamente un animal, pero una superficie con numerosas pisadas puede contar parte de su historia de vida.

La orientación de las huellas, la distancia entre unas y otras, su tamaño y profundidad pueden utilizarse para estudiar desplazamientos y comportamientos. Incluso la presencia simultánea de diferentes tipos de rastros permite reconstruir una parte de la comunidad animal que habitó un determinado ambiente.

Por eso, cada icnita constituye mucho más que una simple marca sobre una roca: es el registro de un instante ocurrido hace millones de años.

El hallazgo de Mari Menuco demuestra además la importancia de permanecer atentos a los cambios del paisaje. En este caso, una circunstancia excepcional —la bajante del embalse— permitió acceder a una superficie que normalmente permanece fuera del alcance de los investigadores.

Y detrás del descubrimiento científico hubo algo todavía más elemental: la mirada curiosa de un niño que supo reconocer que aquellas marcas no eran simples irregularidades de la roca.

Hoy, esas huellas permiten abrir una nueva ventana hacia la Patagonia del Cretácico y recuperar fragmentos de una historia natural que permaneció escrita en las piedras durante millones de años.

Más info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm


domingo, 6 de septiembre de 2026

Picún Leufú suma nuevos capítulos a su historia paleontológica con nuevos fósiles.



La Patagonia vuelve a demostrar que su pasado se encuentra mucho más vivo de lo que imaginamos. En las rocas de Picún Leufú, en la provincia de Neuquén, una reciente campaña paleontológica permitió recuperar restos fósiles de aproximadamente 100 millones de años, correspondientes a distintos organismos que habitaron esta región durante el Cretácico.

Pero el verdadero valor de este descubrimiento no se encuentra solamente en la antigüedad de los fósiles. Para la comunidad local existe además una razón especial para celebrarlo: por primera vez el museo de Picún Leufú incorpora restos de dinosaurios procedentes de su propio territorio. Entre los materiales recuperados se encuentran vértebras, dientes y otros huesos pertenecientes a grandes saurópodos, aquellos enormes dinosaurios herbívoros de cuello y cola largos. Los investigadores también hallaron restos de pequeñas tortugas, reptiles voladores y evidencias microscópicas de la vegetación que existía en aquel antiguo ambiente.

Cada uno de estos fósiles constituye una pieza de un enorme rompecabezas. Juntos permiten reconstruir cómo era este sector de la Patagonia hace unos 100 millones de años, cuando el paisaje, el clima y la fauna eran muy diferentes de los actuales.

Uno de los aspectos más interesantes de la investigación es el estudio del polen fósil. Aunque pueda parecer un hallazgo menor frente a los grandes huesos de dinosaurios, estos diminutos restos vegetales contienen una enorme cantidad de información. El análisis de los granos de polen permite conocer qué plantas formaban parte de aquel ecosistema y, a partir de ellas, aproximarse a las características ambientales de la época. La investigación se complementa además con el estudio del Bosque Petrificado de El Sauce, donde se conservaron troncos de antiguas coníferas relacionadas con las actuales araucarias.

Estos registros vegetales aportan una perspectiva diferente sobre la Patagonia del pasado. Lejos de tratarse simplemente de un territorio árido como el que conocemos actualmente en buena parte de la región, las evidencias estudiadas indican que durante aquel período existían condiciones ambientales diferentes, con precipitaciones abundantes y estaciones marcadas. Así, una vértebra, un diente, un tronco petrificado o un diminuto grano de polen pueden convertirse en piezas fundamentales para reconstruir un ecosistema desaparecido hace millones de años.

La campaña forma parte de un proyecto de cooperación científica entre investigadores argentinos e italianos, desarrollado junto con la Universidad Sapienza de Roma. La colaboración permitió combinar diferentes conocimientos y tecnologías. El equipo italiano aportó, entre otras herramientas, drones destinados al relevamiento de los yacimientos y a la elaboración de reconstrucciones tridimensionales. A su vez, los investigadores argentinos compartieron técnicas de excavación y recuperación de grandes restos fósiles.

Este intercambio muestra que la investigación paleontológica contemporánea es, cada vez más, un trabajo colectivo. La búsqueda de un fósil puede comenzar en un afloramiento rocoso, pero su estudio continúa en laboratorios, museos y universidades ubicados a miles de kilómetros de distancia.

Quizás uno de los aspectos más significativos de este descubrimiento sea el destino de los materiales. Los fósiles recuperados ya forman parte del patrimonio del museo de Picún Leufú, una institución que, por su juventud, hasta ahora no contaba con restos de dinosaurios de esta naturaleza. La llegada de estos materiales modifica de alguna manera la relación entre el museo y el territorio. Los fósiles dejan de ser solamente objetos científicos para convertirse también en parte de la historia y de la identidad de la comunidad.

El museo puede funcionar así como un espacio donde confluyen ciencia, patrimonio, educación e identidad local. Cada pieza conservada permite contar una historia que comenzó mucho antes de que existieran las ciudades, los caminos y las sociedades actuales. Y ese vínculo entre territorio y patrimonio resulta especialmente importante en regiones como la Patagonia, donde los afloramientos paleontológicos constituyen una parte fundamental de la riqueza natural y cultural.

Encontrar un fósil no significa que la investigación haya terminado. Por el contrario, muchas veces es apenas el comienzo. Los materiales deberán ser inventariados, preparados, estudiados y comparados con otros ejemplares. Algunos podrán aportar información sobre especies ya conocidas, mientras que otros podrían contribuir al conocimiento de formas que todavía no han sido identificadas con precisión.

La próxima etapa también contempla nuevas exploraciones en sectores donde todavía existen huellas y esqueletos esperando ser descubiertos. Cada campaña abre nuevas preguntas y, muchas veces, demuestra que el territorio todavía conserva una enorme cantidad de información sobre su pasado.

Para la paleontología, un descubrimiento puede significar la aparición de una nueva especie, la ampliación del conocimiento sobre un ecosistema o la modificación de una interpretación científica. Para una comunidad, puede significar algo todavía más cercano: descubrir que su propio territorio guarda una historia de millones de años. Los fósiles encontrados en Picún Leufú no solamente permiten conocer mejor la Patagonia cretácica. También comienzan a construir una nueva historia para su museo y para quienes viven allí.

Porque cada fósil que llega a una colección científica no es solamente un vestigio de un mundo desaparecido. Es también una oportunidad para que el presente vuelva a mirar hacia un pasado que todavía tiene mucho por contar. 

Mas info en http://www.grupopaleo.com.ar/paleoargentina/principal.htm