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sábado, 14 de marzo de 2020

Hallan en la Antártida la piel petrificada de un pingüino que vivió en el Eoceno.




Pertenece a un animal que medía 1,8 metros de altura. Científicos del CONICET pudieron inferir la posición y densidad de las plumas.
El denominado continente blanco supo ser una región de clima templado a frío con mucha vegetación y bosques de tipo andino-patagónicos como los que hoy predominan en Tierra del Fuego. En ese ambiente de fauna diversa, los primeros pingüinos aparecieron hace unos 60 millones de años y paulatinamente se fueron convirtiendo en las aves costeras más numerosas, de ahí la enorme cantidad de fósiles que se han colectado en territorio antártico desde que comenzaron a hacerse allí exploraciones científicas.
Si bien todos los rastros hallados son valiosos y aportan información sobre la biología y ecología de tiempos remotos, de vez en cuando aparece algún material que destaca por sobre los demás y es considerado una verdadera joya paleontológica. En esta ocasión, ese lugar le corresponde al ala de un animal que no sólo conserva sus huesos y articulaciones intactas sino también, y he aquí la sorpresa, la piel.
“Único en el mundo”, enfatiza Carolina Acosta Hospitaleche, investigadora del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP), cuando habla del resto fósil que, con 43 millones de años de antigüedad, conserva la piel de un pingüino petrificada en ambos lados del ala envolviendo los huesos articulados en su posición original.
“Pertenece a una especie llamada Palaeeudyptes gunnari, animales de 1,8 metros de altura que habitaron el lugar durante una época llamada Eoceno. Es la primera vez que se encuentra un material con este grado de conservación correspondiente a un ejemplar primitivo de aves que todavía existen”, relata la científica, encargada junto a colegas del estudio del fragmento colectado 2014 en el marco de la campaña de verano del Instituto Antártico Argentino (IAA, DNA), y cuya descripción acaban de publicar en la revista científica Lethaia.
Desde su hallazgo, el ala estaba guardada en la colección de vertebrados fósiles del Museo de La Plata, que con alrededor de 16 mil piezas es una de las más completas del mundo. Fue ordenando y catalogando los materiales que Martín de los Reyes, técnico del IAA con lugar de trabajo en la FCNyM, se topó con ella. “Me llamó la atención porque estaba cubierta por una costra muy particular alrededor del hueso. Cuando se lo comenté a Carolina, arrancó la investigación que nos permitió probar nuestra sospecha: era la piel mineralizada”, relata. Los análisis consistieron en observaciones con lupas binoculares para compararla con el tejido de los pingüinos actuales; y el examen de la cobertura a través de un microscopio electrónico de barrido, donde verificaron que las fibras de la dermis también están preservadas.
En el estudio comparativo con las especies actuales, los expertos hicieron foco en la densidad de los folículos o “agujeritos” donde se insertaba el plumaje. “La piel está desnuda pero no es blanda como podría ser la de una momia, sino que está fosilizada, es decir, transformada en roca”, describe Acosta Hospitaleche. Las cavidades que habrían contenido a las plumas muestran un patrón y distribución similares a los pingüinos modernos, aunque en estos últimos la concentración es mucho mayor, teniendo en cuenta que viven en aguas heladas. “Lo que nos deja ver este rastro es la adquisición temprana de características ligadas a la adaptación al frío, modificaciones que ya desde ese momento  les permitieron a estos grupos primitivos tolerar temperaturas más bajas y por ende diversificarse y dispersarse por los mares del Hemisferio Sur, donde residen hasta el presente”, concluyen.
En paralelo al trabajo de los pingüinos se reportó otra novedad científica de la Antártida, esta vez en la revista Journal of South American Earth Sciences. Se trata de dos mandíbulas pertenecientes a pelagornítidos, una familia extinta de aves marinas caracterizadas por tener pseudo o falsos dientes y de la que este nuevo hallazgo deja ver que la diversidad de especies que la formaban era aún más amplia de lo que se creía. Con diez campañas antárticas en su haber, Acosta Hospitaleche también es autora de este estudio.
“Hablamos de pseudodientes o dentículos porque no eran como los nuestros, con esmalte, dentina e insertos en un alvéolo, sino que se trataba de prolongaciones del hueso del pico, que se extendía y formaba esas estructuras con la misma apariencia y función de los dientes, aunque más frágiles”, relata la investigadora. Las mandíbulas descriptas en el trabajo se suman a otras encontradas en campañas anteriores, como así también a fragmentos óseos del cráneo, curiosamente todos diferentes entre sí, lo cual confirma que en la Antártida no habitó una sola especie de pelagornítido sino que coexistieron muchas y de diversos tamaños: mientras que algunos medían cuatro metros con las alas extendidas, los más grandes alcanzaban los siete metros.
También los pseudodientes, se pudo observar, variaron su tamaño con el paso del tiempo: mientras que los más primitivos medían alrededor de 2 milímetros, a medida que evolucionaban fueron creciendo, y en las mandíbulas más recientes aparecen algunas piezas de más de 1 centímetro de altura. “En realidad, los pelagornítidos existieron en todo el mundo, con un rango de aparición temporal muy amplio: desde hace 60 millones de años hasta unos 5 millones”, explica Acosta Hospitaleche, y continúa: “Eran aves planeadoras de hábitos costeros que fueron muy exitosas hasta que aparecieron los albatros y petreles, dos especies con una morfología y modos de vida muy similares, y que al ocupar el mismo nicho ecológico, que es no sólo el lugar físico sino también la función en la comunidad, los fueron desplazando hasta hacerlos desaparecer”. Fuente Conicet.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Anthropornis grandis, un pingüino gigante fósil hallado en la Antártida.



Se encontró el cráneo casi completo, parte de la mandíbula y otros restos fósiles de un pingüino gigante de 35 millones de años de antigüedad. Con este nuevo hallazgo en la Antártida, se pudo estudiar cómo era su musculatura y los movimientos que podía realizar para cazar.
La doctora Carolina Acosta Hospitaleche, investigadora del Museo de La Plata y del CONICET, comentó a la Agencia CTyS-UNLaM que “es la primera vez que conocemos el cráneo y la mandíbula del Anthropornis grandis y, además, es la primera vez que se puede asignar un cráneo hallado en la Antártida a una especie determinada”.
El nombre de esta bestia gigante significa hombre-pájaro: “La especie fue nominada en 1905 y, si bien en aquel entonces solo se conocían restos muy aislados, ya veían que sus huesos eran mucho más grandes que los pingüinos actuales y que podían tener un tamaño semejante a una persona”, relató la autora principal del estudio publicado recientemente en la revista científica Comptes Rendus Palevol.
Más de un siglo después, con la identificación del primer cráneo de estos pingüinos que alcanzaban los 1.70 metros de estatura, se inició un estudio muy detallado. “A partir del análisis de sus inserciones musculares y de los movimientos que podría haber hecho, se estima que este animal habría usado su largo pico para arponear a sus presas, atravesándolas”, contó Acosta Hospitaleche.
El largo del pico sería indicativo de que este pingüino gigante se alimentaba de peces, los cuales habrían sido las principales víctimas de sus arponazos.
Previamente, se habían encontrado cráneos aislados de pingüinos gigantes en la Antártida, pero nunca se los había podido asignar a una especie. En esta ocasión, se pudo reconocer que dicho cráneo y mandíbula pertenecían a un Anthropornis por las características del tarso y metatarso de su pata izquierda.
“Es la primera vez que se logra identificar un cráneo a una especie en la Antártida, por lo que es un punto de partida y nos da un parámetro comparativo para los demás materiales”, aseveró la especialista en el estudio de pingüinos fósiles.
La doctora Acosta Hospitaleche precisó: “No solo describimos los restos encontrados, sino que también realizamos estudios paleoneurológicos para ver qué áreas del cerebro de este animal tenían un mayor desarrollo proporcional y, por lo tanto, qué habilidades habría tenido más desarrolladas”.
“Analizamos las inserciones musculares, ya que de esa manera se puede estudiar la biomecánica, los tipos de movimientos que podía realizar, como así también la fuerza con la que podían efectuarlos”, agregó.
Este hallazgo se produjo durante la campaña antártica de 2014. El doctor Marcelo Reguero del Instituto Antártico Argentino mencionó a la Agencia CTyS-UNLaM que “el Instituto Antártico Argentino convoca anualmente a investigadores argentinos de otras instituciones a participar en proyectos incluidos en el Plan Anual Antártico”.
“Paleontólogos participan en las campañas de verano y acampan en diferentes islas del noreste de la Península Antártica”, indicó Reguero. Y añadió: “En este marco, se produjo el descubrimiento de los restos de este ejemplar de Anthropornis en la Isla Marambio”.
Del estudio del primer cráneo identificado de este “hombre-pájaro”, también participaron las doctoras Nadia Haidr de la Unidad Ejecutora Lillo (FML-CONICET) y Ariana Paulina-Carabajal del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA-CONICET).
La especialista Acosta Hospitaleche afirmó que, para lograr una mayor precisión en el análisis, también se han hecho estudios de retrodeformación: “Escaneamos tridimensionalmente los fósiles en el Museo de La Plata, para posteriormente revertir la deformación que han sufrido estos materiales desde que falleció el espécimen hace 35 millones de años”.
De esa manera, al revertir la deformación, se pudo tener una idea mucho más ajustada de la anatomía craneana del animal y, por consiguiente, de su anatomía cerebral y de sus inserciones musculares.
A comienzos del siglo XX y durante muchos años, los científicos consideraron que los Anthropornis eran los pingüinos más grandes de la historia evolutiva. Pero, posteriormente, se descubrió otro género que superaba ampliamente la estatura humana promedio, los Palaeeudyptes, los cuales medían más de dos metros de altura.
El ejemplar más grande del que se tiene registro en el mundo hasta la actualidad, justamente, fue dado a conocer por Acosta Hospitaleche en 2010. Se estima que esa bestia colosal de la Antártida medía alrededor de 2,30 y que habrá sido una especie de rey entre la gran diversidad de pingüinos que habitaban la costa este de la Isla Marambio durante el Eoceno medio.
En aquel entonces, no solo había pingüinos gigantescos, sino también otros muy pequeños, incluso más chicos que los que habitan el Planeta en la actualidad. Tal es el caso de la especie Aprosdokitos mikrotero (inesperado minúsculo), también dada a conocer por la investigadora del MLP y del CONICET.
Aprosdokitos era el liliputiense entre los pingüinos. Apenas alcanzaba los 35 centímetros en posición erguida, pero ello no le impedía convivir con gigantes de más de dos metros y con los temerarios “hombres-pájaros” que se destacaban por la robustez de sus cuerpos y por ser capaces de atravesar a los peces con su pico como si fuese un arpón.

jueves, 15 de agosto de 2019

Crossvallia waiparensis, un pinguino del Paleoceno de Nueva Zelanda.



Huesos fosilizados de un pingüino, casi del tamaño de un humano adulto han sido desenterrados en el yacimiento de Waipara Greensand ( Nueva Zelanda ).
La nueva especie, que ha sido denominada como Crossvallia waiparensis, vivió hace entre 66 y 56 millones de años, casi después de la era de los dinosaurios en el periodo Paleoceno, pesaba unos 80 kilos y media aproximadamente 1,60 metro de altura, uno de los pingüinos mas grandes jamas descubiertos.
Expeeto del Museo de Canterbury ( Nueva Zelanda ), junto a Gerald Mayr del Museo de Historia Natural Senckenberg en Frankfurt ( Alemania ), analizaron los huesos. Mayr dijo que el descubrimiento hizo que la comprensión de la evolución de los pingüinos fuera mucho mas clara.
" También hay mas por venir, mas fósiles que creemos que representan nuevas especies aun pendientes de descripción ". declaro Mayr, citado por la radio publica neozelandesa, RNZ.
El analisis de las patas del pingüino sugirió que las usaban para nadar, mucho mas que sus parientes modernos y posiblemente aun no se habían adaptado para darles la postura erguida que tienen actualmente.
El pariente mas cercano y conocido del ave es probablemente el Crossavilla unienwillia, de cual hay un esqueleto fosilizado parcial del cual se encontró en el Cross Valley de la Refrigeracion Antartida en el año 2000.
Cuando estos pingüinos extintos vivían, La Antártida tenia un clima muy diferente y probablemente estaba cubierta de bosques y selvas.

domingo, 7 de octubre de 2018

Paraptenodytes antarcticus, un pingüino de gran tamaño del Eoceno de Patagonia.



El género Paraptenodytes fue acuñado por Florentino Ameghino en 1891 para designar a los especímenes fósiles originalmente descritos por François Moreno y Alcide Mercerat como Palaeospheniscus antarcticus.
La especie tipo del género corresponde a Paraptenodytes antarcticus, cuyo holotipo se encuentra depositado en el Museo de La Plata, proceden de la Formación Monte León. En 1946, George Gaylord Simpson describió un nuevo espécimen de la especie tipo, el cual incluía parte del cráneo y postcráneo asociados.
Este hallazgo fue durante años el esqueleto de pingüino fósil más completo conocido y en el único con cráneo asociado hasta la descripción de Marplesiornis en 1960.  Paraptenodytes era un verdadero genero de pingüino prehistórico de hábitos acuáticos como los actuales, pero algunas de sus especies tenían un gran tamaño, ya que oscilaban desde 0,20 a 1,90 metros de alto.
Durante este mismo Periodo, vivió en la Patagonia otro género de pingüino también desaparecido, cuyo tamaño era similar a sus parientes actuales, llamado Apterodytes, caracterizándose por tener unas alas ridículamente pequeñas. Su comportamiento no era muy distinto a sus descendientes, ya que anidaban en las costas marinas, donde cavaban su propio nido o aprovechaban aquellos abandonados por otros animales, como marsupiales y reptiles.
Su alimentación estaba constituida principalmente de peces de tamaño variante y de numerosos invertebrados, los cuales se hallan normalmente asociados a estos vertebrados emplumados. El enigma de estas aves desaparecidas es si para este periodo había desarrollada la glándula uropigia, la cual se encargaría de distribuir aceite natural por su cuerpo, permitiendo la impermeabilización de las plumas y evitando que estas presenten hipotermia en aguas frías.
Recordemos que en este Periodo Patagonia era una selva Sub-tropical con temperaturas constantes de unos 20° centígrados durante gran parte del año. Los principales restos de Paraptenodytes proceden de la Formación Sarmiento y Gaiman.

lunes, 16 de abril de 2018

Aprosdokitos mikrotero, un pingüino enano del Eoceno de la Antartida.



Un pingüino enano de 34 millones de años de antigüedad fue hallado en la Antártida por investigadores del Museo de La Plata y del Instituto Antártico Argentino. De menos de 35 centímetros de estatura, se encontraba al oeste de la Península Antártica.
El rescate de los fósiles se produjo en el año 2012, en los niveles conocidos como Submeseta III de la Isla Marambio. Desde ese momento, se inició el estudio hasta la reciente confirmación y presentación de la nueva especie.

La doctora Carolina Acosta Hospitaleche, investigadora del Museo de La Plata y del CONICET, comentó que por el tamaño diminuto de su húmero, dudamos de si este animal habría tenido alguna patología que afectase su crecimiento, pero lo comparamos con huesos patológicos y comprobamos que era un pingüino adulto sano”.
Bautizado como Aprosdokitos mikrotero (inesperado minúsculo), consideraron que es “sorprendente” saber que “convivió con pingüinos gigantes que lo quintuplicaban en estatura”, destacó la autora principal del estudio, publicado en la revista científica alemana Neues Jahrbuch für Geologie und Paläontologie.

Hace 34 millones de años, los pingüinos reinaban en la Isla Marambio, con ejemplares diminutos, más pequeños que el pingüinito azul que existe actualmente en Nueva Zelanda, que ronda los 40 centímetros de altura, hasta ejemplares descomunales de la especie Palaeeudyptes klekowskii que podían alcanzar los 2,20 metros, mucho más que los 1,20 metros que puede medir el pingüino emperador que hoy habita en algunas regiones de la Antártida.
Las especies gigantes se alimentaban de peces de gran tamaño, por tener picos más poderosos, en tanto que esta especie diminuta, posiblemente, no se alimentaba de peces, sino de crustáceos. “Es posible que buscaran su alimento en distintos nichos del ecosistema”, consideró la especialista.

Para este nuevo estudio, compararon a los fósiles del Aprosdokitos mikrotero con más de 400 húmeros de pingüinos disponibles en el área de Paleontología de Vertebrados del Museo de La Plata, que se han recolectado durante más de 30 años de expediciones impulsadas por el Instituto Antártico Argentino.
“Existe el consenso de que solo un pequeño grupo de los pingüinos del Eoceno logró evitar su extinción, al emigrar a Sudamérica y, a partir de ellos, es que existen pingüinos en la actualidad”, explicaron. Todos los linajes que se quedaron en la Antártida terminaron desapareciendo.

En tanto, en la campaña de 2017, la doctora Hospitaleche encontró un nuevo fósil de pingüino enano, en un sitio mucho más antiguo, de aproximadamente 50 millones de años. Fuente: Agencia CTyS-UNLaM.